La realización en la ciudad de Cali de la 16º Conferencia de las Partes del Convenio sobre Diversidad Biológica, popularmente conocida como COP 16, será recordada, sin lugar a dudas, como un acontecimiento de especial importancia para Colombia y el mundo. Esta nota se escribe cuando apenas lleva dos días la Cumbre. Desde que comenzaron sus preparativos, hace apenas solo un año, se percibió que se haría a lo grande, rompiendo con las frías y acartonadas ediciones anteriores. El gobierno colombiano proyectó una cumbre llena de colores, sonidos y sabores, para que desde todos los mares y montañas se mirara maravillado que se realizaba en el “Corazón del mundo”, como lo afirmara el presidente Gustavo Petro en el discurso inaugural, evocando la caracterización que del país hacen los mamos y sacerdotes indígenas Arhuacos que habitan en las míticas alturas de la Sierra Nevada de Santa Marta.
El gobierno colombiano enlaza dialécticamente el discurso científico con los saberes ancestrales. Una semana antes del inicio de la COP 16, el presidente firmó el decreto que le otorga competencias ambientales a las autoridades indígenas, reconociendo que son poseedoras de una sabiduría milenaria necesaria para construir el equilibrio vital entre los seres humanos y la naturaleza.
Pero además de estas consideraciones, la COP16 fue organizada como un gran movimiento de masas, con una amplia y extensa participación de las comunidades, los territorios, los movimientos sociales, sindicales y populares; junto a las y los artistas, el mundo de la academia, las economías solidarias, y abierto a toda cuanta expresión social-popular quisiera expresarse. Las burocráticas delegaciones de los países y las instituciones estaban en la llamada “zona azul”, en sus elegantes salones, donde se desarrollaban las negociaciones multilaterales. En el centro de la ciudad estaba la “zona verde”, un inmenso revueltillo de grupos musicales y danzas autóctonas, mercadillos de las más variadas artesanías, productos ecológicos, ventas de libros, licores espirituosos, stands de víctimas y desplazados, tiendas de moda y otras ofertas de firmantes de paz, y variadas ofertas institucionales y de las organizaciones populares, empresariales y comerciales. Mientras tanto, en los barrios y universidades se celebraban simultáneamente todo tipo de foros y debates.
Cali, la capital de la resistencia en el estallido social de 2021, se entregó plena y totalmente a la cumbre.
Todo esto no fue gratuito ni espontáneo. Fue una concepción y una estrategia política.
De la misma manera que al llegar al gobierno un proyecto radicalmente transformador que sabía claramente que no tenía el poder, e incluso ni siquiera todo el gobierno, y que se requería como nunca de la movilización y la acción popular en las calles para empujar los cambios, se entendió, que los discursos rupturistas que reclaman medidas de verdad para combatir el desastre de la humanidad, debían de acompañarse del pueblo en las calles de Colombia y del mundo para romper el inmovilismo que hace que no avancen los grandes cambios necesarios para cumplir con las mismas metas que han venido aprobando las COPs.
El discurso colombiano en la COP16 puede haber parecido una quijotesca prédica en el desierto. Que no se equivoquen. Es un llamado, alegre y colorido para dar un nuevo aliento a la lucha contra la codicia del capital fósil, depredador y aniquilador de la vida y la esperanza.
La batalla será larga y urgente.
La victoria es posible.








