Derechos e igualdad de trato para la transformación social

Una propuesta alternativa para la inmigración

La base de un modelo alternativo debe huir del paternalismo y concebir a los migrantes como sujetos de derechos y deberes, como el conjunto de la ciudadanía
Refugiados en la frontera hungara 2015 | Mstyslav Chernov / CC BY-SA 4.0
Refugiados en la frontera hungara 2015 | Mstyslav Chernov / CC BY-SA 4.0

En un momento en el que la inmigración se ha convertido en el elemento central de la ofensiva cultural de la derecha en sus diferentes expresiones, al mismo tiempo que la brutal práctica política de los países capitalistas pone en evidencia su contradicción con los derechos humanos, de cuya retórica se habían servido tradicionalmente para legitimarse y de paso convertirla en arma de choque contra los proyectos de construcción de sociedades socialistas, vale la pena repensar la alternativa que debemos defender los comunistas, el conjunto de la izquierda y las organizaciones sociales en esta materia.

Algunos sectores de la izquierda, el más llamativo sin duda el encabezado por Sarah Wagenknecht en Alemania, han adoptado un discurso reacio a lo que consideran una política de puertas abiertas que, a su juicio, no beneficiaría ni a las mayorías sociales de los países receptores ni a los propios inmigrantes o a sus países de origen. Se argumenta que la utilización de un exceso de oferta de mano de obra por los empresarios sirve para rebajar las condiciones laborales, que la descapitalización de profesionales o la simple pérdida de trabajadores jóvenes con mayor iniciativa conllevan un empobrecimiento en los países que más los necesitan, después de haber invertido en su formación, y la vacuidad del discurso buenista que ignora la realidad de la lucha de clases en el origen, el tránsito y el destino de las migraciones.

Estos planteamientos críticos no son novedosos ni ajenos al permanente debate que ha mantenido la izquierda desde el incremento de los flujos migratorios en la segunda mitad del siglo XX, lo que llama la atención son sus puntos de coincidencia con la ofensiva xenófoba de las derechas a escala planetaria. Por supuesto que no quiero hacer un paralelismo ni en las intenciones ni con la concepción racista de los fascistas. Es más, creo que hay que agradecer el revuelo levantado por la posición mantenida por Sarah Wagenknecht, porque, más allá de cuestiones que tienen que ver con la crisis de Die Linke y la situación específica de lo que fue la República Democrática Alemana (con el impacto del conflicto en Ucrania y el rechazo al alineamiento con las posiciones de la OTAN), ayudará a clarificar ideas y fortalecer un proyecto alternativo transformador.

La realidad de la inmigración

Lo fundamental que se puede reprochar a los planteamientos de la líder alemana es su carácter retórico, con un discurso que sitúa los términos del debate donde han querido situarlos los dirigentes de los países capitalistas. Construir un relato sobre los efectos de los desplazamientos de población como si fueran el resultado de una afluencia masiva descontrolada fruto del contenido de las legislaciones y las políticas públicas de los países de acogida, el famoso “efecto llamada” tantas veces utilizado, desvía la atención sobre las causas reales de la inmigración. Más allá de los planteamientos éticos y políticos que se mantengan, un análisis detenido de las tendencias a largo plazo demuestra que este enfoque es, sencillamente, falso. Las propias políticas de la Unión Europea han evidenciado que los progresivos endurecimientos de las políticas migratorias, la externalización de fronteras y el aumento de los controles no han disminuido la llegada del número de inmigrantes.

La inmigración contemporánea es un proceso imparable que está provocado por la desigualdad creciente que provoca el capitalismo globalizado

La inmigración contemporánea, al igual que el desplazamiento de la población del campo a la ciudad que analizó Marx en el siglo XIX, es un proceso imparable que está provocado por la desigualdad creciente que provoca el capitalismo globalizado. Pretender poner puertas al campo del “efecto expulsión” es una tarea abocada al fracaso. Enfrentar a esta realidad una retórica utilitarista (la inmigración salvará las pensiones de los países enriquecidos), catastrofista (la llegada masiva de extranjeros acabará con los servicios públicos y el “Estado del bienestar”) o beatífica (sólo traerá beneficios por el enriquecimiento cultural que conlleva), no aporta más que argumentos para proyectos políticos o poses para actitudes estéticas. La izquierda transformadora, máxime si se reclama del marxismo para fundamentar su política, no debe articular su construcción programática en esos términos.

La retórica antiinmigración de la extrema derecha le permite movilizar a sectores importantes de la población afectados por la incapacidad del capitalismo de responder a sus expectativas

La extrema derecha ha alimentado su escalada de popularidad sobre una retórica antiinmigración, efectiva a medio plazo porque permite movilizar a sectores importantes de la población afectados por la incapacidad del capitalismo de responder a sus expectativas, pero que la conducirá inexorablemente a un callejón sin salida. El ridículo de Giorgia Meloni con sus centros de detención en Albania, tan bien dotados como vacíos, es un síntoma de lo que puede suceder en el futuro. Desde luego que las políticas restrictivas van a provocar más sufrimiento, discriminación, exclusión social y muertes en el tránsito, pero no van a conllevar a un cambio de tendencia en el desplazamiento de población, más allá del desvío temporal de alguna de las rutas migratorias.

Que debemos huir de este marco retórico del debate se evidencia cuando pasamos a las alternativas que defendemos. A los que se entusiasman desde la izquierda por la retórica de Sarah Wagenknecht en materia migratoria les podemos emplazar a que concreten. ¿Qué propuestas debemos defender? ¿Apoyar el Pacto Europeo de Migración y Asilo (PEMA)? ¿Sumarnos al modelo migratorio restrictivo que ha construido la derecha y la socialdemocracia en la UE? ¿Mirar hacia otro lado ante las muertes en el tránsito o las violencias policiales? Por penoso que resulte en el contexto de la hegemonía política de la derecha xenófoba, la única alternativa de la izquierda es construir un modelo de integración intercultural con derechos e igualdad de trato que acompañe la transformación social de nuestras sociedades.

Sin la movilización social y la presencia de la izquierda en el gobierno, el PSOE no habría suavizado los aspectos más extremos del modelo construido con el PP en los 80

Propuestas para un modelo alternativo

La política del actual gobierno de coalición en España ha suavizado los aspectos más extremos del modelo construido por el PSOE y el PP desde los años ochenta del siglo pasado. Sin la movilización social y la presencia de la izquierda en el Parlamento y en el Gobierno hubiera sido impensable. Aunque España sea una excepción positiva en el contexto europeo, las contradicciones son tan evidentes como el apoyo del PSOE al PEMA, las políticas restrictivas del Ministerio del Interior y la ampliación de las figuras del arraigo como vía de acceso a la residencia.

La base de un modelo alternativo debe huir del paternalismo y concebir a los migrantes como sujetos de derechos y deberes, como el conjunto de la ciudadanía. Al ser uno de los sectores de la clase obrera que sufre más precariedad, el primer paso en su incorporación al sindicalismo, al movimiento obrero y al conjunto de las organizaciones sociales que reivindican la garantía de necesidades básicas en educación, vivienda, sanidad y servicios sociales. Más allá de la extensión del derecho al voto, una posición mantenida en solitario por Izquierda Unida durante mucho tiempo, el reto es conseguir una participación activa en pie de igualdad, algo de lo que estamos todavía muy lejos y que no depende sólo de las políticas públicas. Las organizaciones que son la expresión de la acción social o política de la clase obrera deben asemejarse a la composición de la misma.

La plataforma programática debe partir del acceso en igualdad de condiciones a los servicios públicos, evitando consolidar compartimentos estancos con políticas específicas, una tentación en la que a veces se cae con buenas intenciones pero que nos conduce a la trampa de diversidad. Luchamos por garantizar el acceso a la vivienda como derecho constitucional. Que tengan que existir medidas antidiscriminatorias para determinados colectivos no está en cuestión, pero tanto en la formulación como en el énfasis la izquierda tiene que ser capaz de plantear qué es lo esencial en la construcción de las políticas públicas. En este sentido, una clave para el cambio de modelo es que las políticas públicas no orbiten bajo el peso abrumador del Ministerio del Interior. La gestión de las residencias (“los papeles” en el lenguaje cotidiano) debe ocupar un lugar marginal, con un sistema ágil y rápido que evite el absurdo gasto de tiempo y de energías, apostando por procesos rápidos de nacionalización como los adoptados históricamente por los países receptores de inmigración.

La atención a la emergencia y respeto del derecho de asilo, en un mundo que desde el idílico “final de la historia” proclamado por los teóricos capitalistas ha multiplicado por tres el número de desplazados forzados en el mundo, debe ser una seña de identidad de un Estado democrático. Hasta ahora se ha puesto el foco en las crisis de llegadas con una nula previsión y una respuesta siempre insuficiente. La gestión de la crisis ucraniana desmintió la existencia de una capacidad de acogida rígida y sin alternativas. Atender a las personas que llegan en condiciones de seguridad y dignidad, permitirá desplazar el foco a lo que en realidad importa, las causas que han generado más guerras y más desigualdad en el planeta.

En conclusión, debemos desarrollar un modelo de inclusión que no está desligado del proceso de transformación social que deseamos para nuestro país y el conjunto del planeta. No es una utopía, es una realidad que enfrenta grandes dificultades. La alternativa no es desmoralizarse ante el avance momentáneo de la extrema derecha y ceder a su discurso, sino organizar, movilizar y dotar de un programa alternativo a la mayoría social para acabar con la barbarie del capitalismo globalizado que nos ha tocado vivir.

(*) Mauricio Valiente Ots, responsable del Área Ideológica del PCE

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