Belén Gopegui y Armando López Salinas

Belén Gopegui (Madrid, 1963) después de “La escala de los mapas” (1992) y “Tocarnos la cara” (1994) acaba de publicar “La conquista del aire”. Con ella y con Armando López Salinas quisimos conversar en el programa de Onda Verde. “Nunca es triste la verdad”. Deseábamos tener dos voces, que aunque distanciadas en la edad, podían…

– Antes de comenzar a conversar sobre el tema que nos ocupa, ¿nos puedes hacer una semblanza sobre Francisco Romero Marín?

– A.L.S Lo que habéis dicho se ajusta bastante a la realidad, aunque unas pocas líneas para una vida tan dilatada, rica y tormentosa, que acompaña a la historia del movimiento obrero y a la historia de nuestro país, es difícil de rellenar en este poco tiempo que poseemos. Sin embargo Paco fue siempre un luchador. Primero, desde los cráteres de cobre de los que hablaba Concha Espina en una de sus novelas sobre Huelva, después, a los veinte años, jefe de una división. Y, más tarde, participa en la lucha guerrillera. Pero como vamos a conversar sobre literatura y sociedad, es justo recordar que tiene relaciones clandestinas en España con Gabriel Celaya quien le dedicó el poema “El pájaro y el tanque”. El tanque como se ha dicho es él, y el pájaro, Jorge Semprún. También con Blas de Otero. Y reuniones en la casa del poeta Ángel González, premio Príncipe de Asturias, y con muchos profesionales e intelectuales de nuestro país. Es decir, es un hombre que vivió los aconteceres de la confrontación política, social y cultural de nuestro país en tiempo de luchas por la libertad. Heinrich Böll, el novelista alemán, decía que la historia del progreso es también, al mismo tiempo, la historia de la ingratitud. Y, sobre estas palabras, que no son una categoría política, diría, cuando se habla de las libertades, pues es fácil olvidar -el olvido es una moneda de uso corriente- a gente como Romero Marín que hasta esta mañana entregó su vida a la causa de la libertad. Y cuando tantos salvadores de la patria hay y ha habido en todos los terrenos, este sencillo homenaje que le hacemos a Romero Marín bien está.

– Belén Gopegui pertenece a otra generación que Armando López Salinas. Una generación que cultivó el realismo para intentar reflejar y abrir nuevos caminos, por encima de las trabas de la censura, en la España de los años sesenta. ¿Cómo valoras aquellas novelas adscritas al realismo social o al realismo crítico?

– B.G. El realismo es la única corriente literaria que me interesa. Y, en España, los componentes de la generación de Armando, volvieron después de mucho tiempo, a escribir de la realidad y desde la realidad. Ahora espero que se vuelva a recuperar esta tendencia literaria.

– En “La conquista del aire” aparecen una serie de elementos narrativos que nos ha llamado la atención, como por ejemplo, que los acontecimientos están marcados con una fecha concreta. El tiempo, en este caso, no se limita a situarnos en lo concreto, sino que además parece que los hechos aparecen como sacados de una agenda, y, posteriormente, comentados o novelados. ¿Qué función cumplen dentro de la trama?

– B.G. Ninguna especial. Hoy parece llamativo señalar el tiempo. En la novela de Flaubert, Bouverd y Pecuchet, leemos una frase que me gusta mucho: “Del desdén por las fechas se pasa al descuido de los hechos”, esto es lo que pretendo decir.

– Otro de los aspectos de tu novela es cómo a través de un acontecimiento que, en principio, puede parecer pueril, como es un préstamo, que un amigo pide a sus amigos, esto desorienta las relaciones entre ellos. ¿Tan poca conciencia fue creada en los años de la resistencia que por el hecho que acabamos de citar pone al descubierto una serie de contradicciones en gentes que creíamos que las tenían superadas?

– B.G. No creo que se trate de una derrota o de un naufragio. De hecho, todos triunfan. Lo que sí se produce es una desestabilización de la vida sentimental aunque, es cierto, que existe poca conciencia en gentes, como los personajes de la novela, que pertenecen a la burguesía media y alta.

– El prólogo que antecede a “La conquista del aire” tiene un objetivo explícito: plantear antes del discurso el espacio desde el que te has planteado la novela. Pero también creemos entender que has intentado esclarecer en un grupo de hombres y mujeres concretos en una España concreta.

– B.G. La novela trata de la ideología. Creo que todas tratan de la diferencia de lo que los hombres creen que son y lo que de verdad son con sus actos. Esto es lo que quería esclarecer en un grupo de hombres y mujeres concretos en una España concreta.

– ¿Pero no crees que este tipo de discurso narrativo va a contracorriente hoy día, es decir, apostar por un tipo de realismo que parece olvidado o no aceptado por los medios de producción culturales?

– BG. Ojalá fuese a contracorriente. Pero en la actualidad no existe el debate ni en la literatura ni en la sociedad. Por esto, no se trata de que lleves la contraria, sino de que hables de algo de lo que la mayoría no se ocupa, es decir, no hay interlocutores a los que oponerse.

– ¿Ha sido bien leída tu novela por la crítica literaria?

– B.G. No. Lo que llamo bien leída, no. Ha recibido, como se dice, críticas favorables, pero echo de menos una crítica cultural más que literaria. Se analiza una obra sólo desde dentro y se olvida, casi siempre, el contexto.

– Hablar de generación conlleva determinadas connotaciones culturalistas cuando no se incurre en el tópico. ¿Si tuviésemos que hablar de compañía, cuáles serían tus compañeros o compañeras de viaje en la narrativa española?

– B.G. Además de Armando López Salinas, no conozco a nadie que escriba novela realista. Si me decís alguno, me pondré a leerlo.

– Joaquín es el protagonista de “La mina”. ¿Qué hay de Armando en Joaquín?

– A.L.S. En primer lugar, esa realidad que aparece en “La mina” y en otros escritos de ese tiempo, como de alguna manera más o menos soterrada ha indicado antes Belén. El realismo es como el río Guadiana: aparece y desaparece según los avatares de la propia historia cultural y de los países. Ahora la mercantilización de la cultura y de los procesos culturales, características de este tipo de literatura. La mina está escrita en un tiempo y en unas circunstancias concretas pero que de otra manera se vienen reproduciendo en nuestro tiempo y en nuestro país de hoy. Quizás, entonces, pensábamos que con la literatura podíamos cambiar el mundo. Posiblemente fuese una ingenuidad, pero en todo caso, empujando la rueda y tratando de dar una respuesta cultural al problema que se había abierto tras la guerra civil española era un poco empezar de cero. La mayoría de los escritores de entonces éramos autodidactas y, en mi caso, sin saberlo, pudo aflorar las lecturas clandestinas de las novelas sociales escritas antes del treinta y seis, como por ejemplo, las de Carranque de los Ríos. La mina es una novela sobre la huida del hambre y de los miedos del campo, de la cerrazón de esa España atrasada, tribal que embestía como decía Antonio Machado. Todo eso afortunadamente ha cambiado. Varias generaciones se dejaron el pellejo en ello. Y ahí están las cosas. Personajes como Joaquín, que venían a hambrear a los suburbios de Madrid, Barcelona o París.

– En “La mina” se distinguen dos Españas, una agraria y otra de incipiente industrialización. ¿Cómo ves hoy nuestro país?

– A.L.S. En general, las diferencias han aumentado pero de otra manera. Pero si hablamos del paro y de la reivindicación de los treinta y cinco horas semanales y, por consiguiente, de la gran explotación que existe me dirán que no. No hay más que ver que el abismo entre los que viven mejor y el resto ha aumentado tan considerablemente respecto a etapas anteriores que difícil no verlo aunque se sufra de maneras distinta. Hoy, uno de los problemas globales que tenemos de alcance cultural, es como dice Emilio Lledó, que sólo vemos aquella realidad que nos muestra la televisión.

– ¿Se ha perdido la conciencia social del mundo del trabajo?

– B.G. La revista El viejo topo, donde aparecen firmas importantes y sigue este tipo de problemas, me lleva a pensar que el viejo topo de la historia sigue ahí, ciego, sigue caminando por todo el sistema, como el metro de Madrid, que sigue agujereando su subsuelo pero con el gota a gota de los medios de comunicación, se confisca la inteligencia y el sentido crítico y esto está llevando al darwinismo social, es decir, se pisotea a quien sea para llevarse cuatro perras al mes. Por tanto, es difícil levantar la bandera de la solidaridad y de la esperanza. Por esto, un sentimiento de rebeldía sería muy útil en nuestro país.

– Bueno, esto necesita un cambio de tercio. Armando nos ha puesto en bandeja la cuestión del compromiso político. ¿Sería mucho pedirte que nos enunciaras el tuyo ya que conocemos el de los personajes de tu novela?

– B.G. La única forma de compromiso político es la organización política. Hoy a través de las ONGs se postula un compromiso más estético que político. Por esto, creo que el compromiso político pasa por militar en un partido. Yo, en el que estoy y mejor conozco es el PCE, aunque considero que las estructuras de los partidos no sólo en España, sino también en Europa son insuficientes.

– En el prólogo de “La conquista del aire” planteas la dicotomía de arte como medio y de arte como algo autónomo. ¿Esto significa que intentas superar el binomio documento-especificación en la búsqueda del realismo al que aludía antes?

– B.G. Este problema, según Raymond Williams, es un problema que al plantearlo es una victoria de otros. No tendría que ser una pregunta nuestra. Cualquier cosa son dos cosas a la vez. Por ejemplo, una mesa, sirve para sujetar los vasos pero también tiene su propia estructura. Y una silla vale para otra cosa. La pregunta es, por tanto, falsa. Y, paradójicamente, los que defienden la autonomía del arte son los que utilizan para introducir una ideología legitimadora y defensora de sus intereses.

– Ante la situación mediática que nos abruma, ¿qué función tienen los intelectuales en una sociedad en que los discursos están mediatizados, como apuntábamos antes, por una mercantilización que “vende” más en función de dividendos que de una propuesta cultural seria?

– A.L.S. Este año se cumplen cien años del “Yo acuso” de Emile Zola. Fue la primera vez que apareció explícitamente cuál debería ser la función del intelectual, aunque no estoy seguro si esta palabra tiene hoy el mismo significado que a finales del siglo pasado. Pero en todo caso, está bien que reflexionemos sobre esta cuestión. En nuestro país, han existido momentos importantes de su historia en que se han producido junto a las preguntas, que siguen siendo válidas, unos intentos de aproximación o de ajustes de cuenta, en el buen sentido de la palabra, entre un sector de los escribas sentados o no sentados, con los problemas de su tiempo. Ahora, por ejemplo, se debate si existió la Generación del 98, Azorín que afirmaba su existencia y Baroja que la negaba. Después se produjo el 27. Y durante todo ese tiempo, hasta la proclamación de La República y durante la Guerra Civil, muchos intelectuales se comprometieron en el campo político. En realidad, el intelectual, Sartre creo que lo ha afirmado, ha intentado siempre verificarse en la realidad, es decir, transformar el pensamiento en acción y en la participación de los grandes acontecimientos. Hoy, después de la llegada de las libertades, la situación ha cambiado. Para unos esa fue una meta y para otros un trampolín, para unos era bastante y para otros, poco. Así es que nos encontramos ahora sin su presencia. Parece que ha desaparecido por el escotillón de la historia y por esas cloacas a las que se refería Felipe González. Pero hoy sigue existiendo el compromiso de los llamados intelectuales aunque sea en otra dirección. Hoy existen los intelectuales orgánicos de Telefónica o de PRISA, es decir, intelectuales de empresa, intelectuales que se plantean los problemas políticos y económicos de los amos. Pero no hay que caer en la desesperanza, sino en todo lo contrario. Siempre encontramos en nuestro país, en los momentos cruciales, fuerza de acompañamiento. Si aquí ocurriese lo que en Francia estoy seguro que veríamos a muchos profesionales e intelectuales de nuevo “los abajos firmantes”, reclamando las treinta y cinco horas u otra serie de cosas.

– B.G. Esta idea de los intelectuales de empresa me parece clarísimo. Es el único sitio donde se les ve. ¿Dónde habría que estar? Creo que en un partido. Es mejor defender unos criterios políticos que ser obreros a sueldo de una empresa que sólo persigue beneficios.

Belén-Armando, Armando-Belén. El narrador se propone saber. También los lectores. El tiempo fue nuestro único límite. Volvimos a insistir a Armando que acabe pronto sus libros de relatos. En un espacio físico tan angosto como el estudio de una emisora alternativa nos sentimos libres, sin ningún tipo de mediaciones y ataduras. Y hemos asistido a un encuentro, a pesar de la edad que separa a ambos, con el presente de la novela española. Eso es lo que nosotros pensamos por encima de las imposiciones y de las dictaduras de los medios de comunicación.

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