Cuando ese sujeto, Aznar, era presidente – aunque a él en realidad lo que le hubiera gustado era ser caudillo o Führer – confesó que su entrada en política y posterior ascenso en las filas del pos franquismo, se lo debía a su mujer, Ana Botella. Cuando el individuo en cuestión – de un centímetro más alto que un enano, pero de uno menos que un bajito, como diría mi añorado Jose Luis Coll – andaba escribiendo artículos en contra de la Constitución e, imagino, soñando con fosas comunes donde enterrar en cal viva a tanto rojo como había quedado por España, su futura señora esposa, supongo pura y virginal antes del matrimonio, ya andaba metida en campaña tras las ideas y detestable presencia de ese otro asesino impune llamado Fraga Iribarne. Debió de pensar la mujer que a España le hacía falta el arribo al poder de un nuevo matrimonio que emulara a aquel nefasto de Isabel y Fernando, capaz de sumir al país en la barbarie y la incultura, a la vez que imponer, fuera de sus límites geográficos, un sangriento predominio de sus ideas, si es que así se le puede llamar a lo que no es sino avaricia y expolio.
La figura de ambos en bañador, a bordo del yate de su amigo especulador, multimillonario – él con aire de señorito falangista, la corta melena ondulada sobre las orejas, remedo de una cierta modernidad contrastada por el bigotito recortado y la pulserita rojigualda; ella cubriendo sus gallináceas redondeces tras un pareo de marca y el cutis granuloso por tantos deseos reprimidos -, podría movernos al mismo sarcasmo que nos produciría una pareja provinciana invitada por sus jefes a un baile de la aristocracia: el quiero y no puedo frente al puedo y quiero desde la cuna. Pero no. A parte de una broma de mal gusto para tantos muertos como tienen en su conciencia, sería una auténtica estupidez.
No hay en ninguno de sus actos ni casualidad, ni revanchismo a causa de vanidades heridas. Sus carreras sólo son comparables a la del muchacho que entra de botones en una gran empresa y, a base de sucias jugarretas y de pisar cabezas, acaba por convertirse, pocos años más tarde, en su propietario. La meta de ambos es el Poder y el precio que haya que pagar para mantenerse en éste, no les preocupa lo más mínimo. Su biografía da buena cuenta de ello. El dinero que el terrorista cubano Mas Canosa invirtió en sus primeras campañas políticas, fue ampliamente devuelto con la venta fraudulenta de Sintel y posteriormente, ya de presidente, mediante el acoso al que pretendió someter a Cuba desde las instituciones de la Unión Europea. Las generosas subvenciones con las que Ana Botella mantiene desde su concejalía en el Ayuntamiento de Madrid a los legionarios de Cristo, el Opus Dei y otras sectas de carácter netamente retrógrado, cuando no pura y llanamente fascistas, no son más que el pago a los servicios prestados así como el asegurarse el apoyo – bien remunerado por cierto a cuenta de nuestro dinero – de los largos tentáculos del pulpo Vaticano. No en vano cuando le preguntaron a esa especie de peligrosa borriquilla – con dentadura capaz de partir un coco de un mordisco -, si sentía remordimientos por los cientos de miles de muertos en Iraq causados por la invasión apoyada, alentada e instigada por su señor esposo, dijo que no, en absoluto, sin que le temblara la voz, la misma voz que alza en contra del aborto o que equipara sin rubor a los seres humanos con una diferente opción sexual a la suya, con peras y manzanas, según su criterio, me arriesgo a decir, que podridas. Claro que es normal. Matar infieles o ateos, de todos es sabido que no es pecado. Y comunistas, tampoco.
Debió de ser por esa misma razón por la que su consorte se negó a apoyar a la justicia internacional en la causa contra los torturadores chilenos y argentinos; incluso rechazar el carácter genocida de Pinochet afirmando que 20.000 desaparecidos no eran suficientes.
Y ahora andan los dos, cogiditos de la mano, manifestándose por las calles contra la Paz y el diálogo, o contra lo que sea. Pero a mí eso no me importa. Lo que me llama la atención es cómo, quien es causante de tantos asesinatos – una media de dos muertos cada hora en Iraq, sin contar Afganistán o Palestina – puede caminar libremente y no sólo eso, sino también salir en televisión, dar conferencias – a 35.000 dólares, precio de partida -, formar parte del consejo de administración de uno de los mayores holdings de comunicación, presidir una Fundación – que para sí la quisiera Goebbels – o participar en actos públicos sin que ningún juez o miembro de la fuerzas de seguridad le eche el guante.
Aunque como dice el refrán: «A cada cerdo le llega su San Martín». Y lo digo sin ánimo de ofender.






