Estaba yo tan tranquilo dentro de esta serenidad refundadora que nos embarga a los rojos (en estos momentos en los que no nos peleamos por el poder -como vosotros- sino que tratamos de nuestra supervivencia), cuando salió en una de tus televisiones (digo tuya, por remarcar el detalle, porque es sabido que todas son tuyas ya que ninguna es nuestra), cuando salió, digo, por la tele, nuestro Paco en imagen video de archivo, mientras una voz de locutora decía que había dicho que se iba, que lo dejaba, que no se presentaba a cargo alguno. Como Paco es un hombre serio y de pocas palabras fuera de los discursos e intervenciones oficiales, donde practica una oratoria austera pero con fuerza, no busqué más declaraciones por ahí para conocer los detalles. «Ya me enteraré por medio de un comunicado oficial» -dije para mí con confianza en nuestros propios medios de comunicación-.
Pasan los días y, en medio de los fastos del 2 y del 3 de mayo, al compás de la operación retorno, de las honras fúnebres por Calvo Sotelo y de las otras honras, que hubiera firmado el propio Rubén Darío, al Real Madrid triunfante (¡Ya viene el cortejo! ¡Ya se oyen los claros clarines! ¡La espada se anuncia con vivo reflejo! ¡Ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines!), no encuentro comunicados oficiales ni desmentidos de Paco. En cambio, tu prensa difunde la «reconciliación» de Esperanza y Mariano, todo lo cual me sume en una especie de lánguida tristeza. Debe ser verdad que el cansancio le ha podido. Y uno, que es ferviente partidario de la renovación permanente de nuestros más altos representantes y/o dirigentes, siente en este caso que el cansancio de Paco es sinécdoque, en la noticia que te meten por los contaminados sentidos, de la fatiga de combate de una militancia otrora heroica y orgullosa y ahora currada y desconcertada.
A mí lo que más me llama la atención de estos tiempos tan mediáticos es la personalización de la política. Mientras Paco aparecía como víctima del cansancio, Julio llenaba un espacio televisivo (también muy de tu estilo: estaba hasta el señor Urdaci), con una vitalidad que desmentía cualquier déficit cordial y arrancaba mensajes encendidos de la audiencia, esa que escribe entrecortadamente y con faltas de ortografía pero con pretensiones de novedoso lenguaje, tal cual se manifiestan nuestros ánimos viendo a los líderes favoritos, cada uno por su lado individual, haciendo exquisita representación del famoso grito: ¡Unidad! ¡Unidad! ¡Tú por aquí, yo por allá!.
Vamos a ver. ¿No podían haberse puesto de acuerdo y acudir los dos al mismo tiempo a tu tv? Uno cuenta lo de su cansancio y el otro le tranquiliza y le dice que ya estamos -él y los demás- para empujar lo que sea necesario. Que descanse para coger carrerilla. Y al fondo del plató debiera aparecer una masa de militantes que, como el coro de la tragedia griega, fuera dando un aire colectivo a los altibajos discursivos de los protagonistas. Porque siempre fuimos o quisimos ser paco+julio+todoslosdemás y no es cosa, ahora, de que parezca que la política está ligada a la fatiga de uno y al entusiasmo de otro. Como el sentimiento de ganador no debería desbocarse por una Liga, ni la heroicidad practicarse en un campo de fútbol.
Como la Nación tampoco debería transustanciarse de unos colgados de la Fura del Baus (¡qué bonito nombre de compañía teatral para representar a los castizos fusilados por los franceses napoleónicos!). En fin, que Paco está cansado, lo que es comprensible. Me gustaría que saliera, además, otro titular: Los demás estamos hartos.






