Sobre el rescate

¡Merkel, rescátanos! (Deustchland über alles)

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El ministro Guindos manifestó durante la reciente visita de Angela Merkel que España hace hoy lo que Alemania hizo hace diez años. Si es así, conviene recordar qué pasaba en Alemania hace diez años: el país pasaba por un periodo de estancamiento económico provocado por la resaca de la reunificación y la política monetaria restrictiva impuesta por el Bundesbank. La resaca se debía en gran medida a la decisión tomada diez años antes por el canciller Kohl de comprar el apoyo de la población de la RDA al desmantelamiento del sistema socialista cambiando los antiguos marcos orientales por marcos occidentales a cuatro veces su valor. Tras una breve juerga, los territorios de la antigua república democrática vieron desaparecer miles de empresas y destruirse más de dos millones y medio de puestos de trabajo, el paro alcanzó el 33% durante la década de los 90 y un millón de personas tuvo que emigrar de los estados del este a los del oeste. El gigantesco coste para el Estado alemán de esta operación generó un déficit público que se quiso resolver aplicando la receta favorita del Bundesbank, el ajuste fiscal y monetario. Eran los años de la crisis global de 1992-1993. Durante unos meses Alemania la eludió pero acabó pasando a ser el “enfermo de Europa”, obteniendo en los años 90 los peores resultados económicos y de empleo desde la segunda guerra mundial.

Desaparecida la competencia de la RDA y con un ejército industrial de parados desbocado, llegó el momento de lanzarse contra el “modelo social” del oeste. Esta tarea le correspondió al socialdemócrata Schroeder que con la colaboración de los Verdes puso en marcha en 2003 la denominada “Agenda 2010” mediante la cual se bajaron los impuestos, se recortaron brutalmente el gasto sanitario y la protección contra el desempleo y se privatizaron las pensiones. La consecuencia inmediata fue un aumento aún mayor del paro ya en todo el territorio alemán y se duplicó el porcentaje de población viviendo por debajo del nivel de la pobreza hasta llegar a casi un 20%. Y desde estas bases y a este precio se produjo el transitorio milagro exportador.

El “éxito” de las reformas que nuestro gobierno pretende imitar no se debe a ninguna sabia política económica sino al chantaje brutal sobre los trabajadores y trabajadoras alemanes provocado por la precariedad, el paro y el miedo a la deslocalización. Buena muestra de ello es la caída de la afiliación sindical: la antaño poderosísima DGB perdió un 40% de su afiliación entre 1991 y 2003. Incluso la tan traída y llevada aversión a la inflación por parte de la sociedad alemana tiene una explicación mucho más inmediata y realista que la de un fantasmagórico recuerdo de los tiempos de la República de Weimar de la que por razones obvias nadie vivo puede acordarse: si te están recortando constantemente el salario es lógico que tengas pánico a la subida de los precios.

EL RESCATE DE DRAGHI NO ES MÁS QUE UNA PATADA AL BALÓN

Cuando a finales de los 90 a los españoles, entre otros, nos dieron como moneda el marco disfrazado de euro, nos administraron una versión ampliada del truco empleado diez años antes. Nuestros salarios se volvieron alemanes de un día para otro y nuestras empresas, como las de la RDA, se fueron al garete. Sustituyeron a nuestros bancos centrales por el BCE, versión aumentada del Bundesbank. Y a los trabajadores alemanes les pudieron seguir chantajeando con la amenaza de los nuevos parientes pobres.

Como con los alemanes orientales, el efecto riqueza de este tocomocho ha mantenido temporalmente la demanda de las fábricas renanas y bávaras. Pero desde antiguo se sabe que el sueño de un capitalista es que sus obreros ganen poco y los de los demás cuanto más, mejor. Pero también se sabe que esto no se puede mantener indefinidamente como ha ocurrido. Ahora, las élites alemanas se interrogan sobre cuál debe ser su papel en el mundo. ¿Deben rescatar a los nuevos orientales? ¿Deben abandonarlos a su suerte? Y si lo hacen, ¿quién les comprará?

La RDA, en comparación con la antigua República Federal, era relativamente pequeña, menos de una tercera parte. Lo que ahora se les pone por delante a la burguesía alemana es un problema de una proporción inversa pero peor, ya que Alemania siendo la mayor economía de la Unión Europea, apenas supone entre una cuarta y una quinta parte del PIB total de la misma. Incluso en el improbable caso de que sus grandes bancos y toda la constelación de bancos regionales no estén igual de podridos que sus colegas españoles, italianos o franceses, Alemania carece de recursos y de capacidad política o militar para resolver ella sola semejante desastre. Y por otra parte no tiene más remedio que buscar una salida ya que la desintegración del euro, cuyas consecuencias serían muy dañinas para todos los países, para Alemania se convertirían lisa y llanamente en catastróficas. Este dilema, que atenaza en la actualidad a las clases dominantes europeas, no tiene solución sencilla.

Aquí entra en juego el nuevo mecanismo de rescate de Draghi. Que, al igual que el billón de euros que el BCE que preside arrojó sobre los bancos europeos entre diciembre y febrero pasados, sólo sirve para comprar tiempo. Unos meses, quizá, pero no mucho más. Siguen deshojando la margarita: ¿cómo cobramos mejor lo “nuestro”? ¿Dentro o fuera? Mientras lo resuelven le dan una patada al balón esperando un tirón externo que les permita seguir acumulando. Pero ese milagro ni está ni se le espera. Estamos en una crisis sistémica y la condición necesaria para empezar a salir es asumir que esa masa de deuda, pública y privada, es incobrable. Después podemos hablar de impuestos, de modelo productivo, de lo que se quiera. Pero con esa losa, seguiremos al borde del abismo. Y como decía Nietzsche, otro alemán, si miras mucho al abismo, el abismo te devuelve la mirada.

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