El pasado sábado 22 de septiembre sufrí una severa gastroenteritis por empacho de telediarios. Al parecer, los síntomas inequívocos, diarreas y vómitos, no fueron causados por el número desmedido de noticieros televisivos que soporté voluntariamente (no dejé cadena sana), sino por la ingesta nociva de contenidos en mal estado.
Inocente de mí, había caído en la tentación de buscar información televisiva sobre la Fiesta del PCE 2012, sabiendo que miles de personas abarrotaban el recinto habilitado en el parque Dolores Ibárruri de San Fernando de Henares para tal fin. Por aquel entonces no lo sabía, porque no había leído el prospecto, pero soportar más de un telediario o aumentar la dosis en poco espacio de tiempo produce efectos adversos como latidos del corazón irregulares o rápidos, dolor en el pecho, dolor de cabeza, debilidad muscular o calambres, rubor (mucho rubor), alteraciones de la menstruación, temblores, agitación, alteraciones del sueño o sudoración.
Sin embargo, los vómitos y la diarrea se iniciaron tras escuchar a Rajoy durante la precampaña gallega decir que “el gobierno y las comunidades autónomas deben trabajar juntos para superar la crisis económica; Rubalcaba criticaba, también en tierras gallegas, la nueva reforma educativa (la suya no); Merkel y Hollande compartían la necesidad de reforzar el euro (y los recortes); por la alfombra roja del festival de San Sebastián desfilaba “un equipo de cuentos, de Blancanieves”; la Liga de Fútbol nos dejaría “muchos goles el fin de semana”; el presidente del Barça defendía “el derecho de Cataluña a definir su futuro”; Mourinho continuaba sin aclarar si alinearía de nuevo a Sergio Ramos en el once titular; llevábamos pocas horas de otoño y ya notábamos sus efectos; el “hombre araña” francés escalaba buena parte de un gran edificio en China; cuatro mil energúmenos acudían a una fiesta convocada en internet por error y producían disturbios; una gimnasta olímpica demostraba sobre una barra de equilibrio la elasticidad de unos zapatos en la feria nacional del calzado; trescientos cincuenta jugadores profesionales de todo el mundo se citaban en el festival del videojuego de Valencia; IU Abierta celebraba su congreso fundacional y un toro indultado en una corrida se recuperaba de ocho puyazos recibidos y ya descansaba con otros sementales tras perder setenta kilos y antes de cumplir con veinte vacas (según el parte médico).
Como terapia apagué el televisor, me encaminé al metro y bajé en la estación de Jarama. Me administré sin receta un mitin central, muchas banderas rojas, La Internacional, La Joven Guardia, y unas raciones de pescaítos, tortitas de camarón y paella con vino de Jumilla, antes de escuchar a Reincidentes y vivir la noche flamenca. Me restablecí con creces entre camaradas, y que les den bien dado a los medios. Créanme, es la mejor medicina.
Y digo yo… ¿aquí no haría falta una Revolución?
— Y luego, ¿por qué me lo preguntas?







