13, 14 octubre 2012. Congreso de escritores, intelectuales y artistas por el compromiso

“Palabra en el tiempo”

Extracto de la intervención de Armando López Salinas

Ante lo que ocurre ¿Qué dice la izquierda cultural de nuestro país, milite o no en partidos políticos? Hasta ahora como decía hace tiempo el periodista Martín Medem la pregunta con demasiada frecuencia se queda en el aire sin contestación alguna Periódicos, pantallas, emisiones, espectáculos, canciones actos públicos, escenarios, todos parecen ocupados brutal o sutilmente-, por una cultura que como cualquier producto o actividad capitalista participa de la lógica de la mercancía, la comunicación, por tanto, no escapa a la relación social dominante.

Tras la reimplantación del capitalismo en países como la URSS que se reclamaban del socialismo, ¿será preciso olvidarse para siempre del sueño igualitario de aquellos esclavos que lucharon junto a Espartaco? ¿Será preciso olvidarse de aquellos siervos de la gleba que ocuparon tierras y castillos cuando las insurgencias campesinas y las llamadas guerras de religión en Centroeuropa? ¿Será preciso olvidarse de los que tomaron la Bastilla y más tarde cuando sobre las espaldas de los “sansculotes” cabalgó la burguesía, proclamaron la comuna de París. ¿De los que asaltaron el Palacio de Invierno en 1917? ¿De los que en tierras de Andalucía al grito de “la tierra para el que la trabaja” proclamaron el comunismo libertario, ¿De los que se revolvieron en Asturias cuando se intentó implantar el fascismo por vía parlamentaria? ¿De los que trajeron la II República Española y luego la defendieron, armas en la mano, tras el alzamiento de militares felones? ¿Será preciso olvidar a los que combatieron en la clandestinidad, durante casi 40 años, a la dictadura fascista del general Franco? ¿Vivimos ya en un mundo tan justo, pacífico y perfecto para que se pueda enviar al desván de la historia, no solo al Manifiesto Comunista, sino también a los ideales de la Revolución Francesa, libertad igualdad y fraternidad? No parece que las cosas sean así a pesar de la manipulación interesada del llamado “Pensamiento Único” ; no parece que vivamos en ese mundo feliz pronosticado por los teóricos del fin de la historia o por sus monaguillos de algunos, muchos, medios de comunicación.

¿Nada nos dicen a las fuerzas de la cultura que nos reclamamos de la izquierda las hambrunas y las matanzas en África o en otros lugares de la tierra a la mayor gloria de aquellos que, acabado el peligro comunista, tratan hoy de llevar a cabo un nuevo reparto del mundo de zonas de influencia o dominación? ¿Nada nos dice el resurgir de las tramas negras del fascismo en Alemania, en Francia, en Holanda, Austria, Grecia o en nuestro propio país, como el otro día en Barcelona, en las manifestaciones tras la DIADA? ¿Nada nos dice el hambre crónica de 1000 millones de seres humanos, la muerte de miles de ellos todos los días, niños muchos de ellos, denunciado por Naciones Unidas? ¿Miramos para otra parte cuando se habla de lo que ocurre en Palestina, República Árabe Saharaui, Irak o Libia? o el desmembramiento (pág. 4) de Yugoslavia, con participación española, a cuenta de la OTAN? ¿Qué decimos a propósito de Siria? Convendría recordar que la Constitución de la II República española afirmaba su renuncia a la guerra en la política exterior.

Hoy aquí, en este Ateneo de tanta raigambre democrática y republicana, venimos a hablar del compromiso de los intelectuales porque hay momentos en la historia, como el que hoy vivimos, que pueden ser cruciales. Momentos que suponen un riesgo real para las conquistas sociales alcanzadas, para las condiciones de vida de las gentes trabajadoras, para la libertad, para la propia y demediada democracia en que hoy vivimos, y porque la cosa puede ir a más. Por ello en la crisis del sistema capitalista, crisis del sistema que no ha tocado fondo, las gentes salen a la calle, hacen huelgas y manifestaciones y “cercan”, lo digo entre comillas, el Congreso de los Diputados gritando “le llaman democracia y no lo es “, reclamando la dimisión del gobierno y la apertura de un nuevo proceso constituyente. Y las llamadas del Rey en su “blog” reconviniendo de algún modo al Movimiento Obrero organizado y a los manifestantes de la DIADA catalana, apoyándose para decirlo en una Constitución que hace agua por todas partes, suenan como una amenaza velada. Y como con las cosas de comer no se puede jugar – perdónenme lo castizo del proverbio- pienso que podría ser necesario empezar a plantearse un nuevo “Delenda est monarchía” , un nuevo pacto de San Sebastián, aunque en dicho pacto no figuren ni el Partido Popular, como es natural, ni el Partido Socialista Obrero Español, partidos dinásticos afincados en políticas neoliberales.

Por todo lo dicho hasta ahora, puesto que no veo, como se dice, juego “izquierdista” alguno que vituperar, cabe preguntarse qué es lo que ha llevado a las gentes a salir a la calle, y me digo que no puede ser otra cosa, y lo es, que la derechización programada por el turno de partidos a lo Cánovas y Sagasta, que en el tiempo transcurrido desde 1975 a nuestros días se ha venido cantando la modélica transición de la dictadura a la democracia, cánticos que están de más cuando se ignoran los límites y miserias de dicha transición, que hoy surgen con toda claridad, y así nos luce el pelo. Claro está que no todo es achacable a esa Transición, sino a la política que se ha hecho después, por ejemplo, desde Maastrich a nuestros días.

Hablando del mundo cultural quiero, recordar que la democracia avanzada, la soñada revolución cultural no acudió a la cita de la transición. Al no producirse, al ser embridado el cambio por sectores de la oligarquía, quedaron barridas muchas ilusiones, creencias y esperanzas. Y que entonces se produjo una importante dispersión de las fuerzas de la cultura, fuerzas que habían sido en muchas ocasiones punta de lanza y vanguardia política, social y cultural buscando el encuentro con el movimiento organizado clandestinamente, especialmente con Comisiones Obreras. Vale decir que vanguardia cultural y vanguardia política fueron en determinados momentos la misma cosa. Y hoy en tiempos de crisis parece necesario señalar que a través del encuentro de las fuerzas del trabajo y de la cultura podrían encontrarse vías de salida a la actual situación en la que vivimos: Quiero señalar también y decir que para la reconstrucción de una izquierda cultural parece necesario reconocer, de una vez por todas, que la derecha española, incluyendo la mayoritaria franquista, con el apoyo de la jerarquía eclesiástica y los aparatos de estado de la dictadura, ruido de sables por medio, todo con la bendición de la OTAN en tiempo de la guerra fría, trágala monárquico incluido, lograron llevar a puerto aquella máxima del príncipe de Salina, el “gatopardo” de Lampedusa, el que “algo cambiara para que todo siguiera igual”. Vale decir para que continuara la dominación clasista bajo nuevas formas políticas. La monarquía, digamos o llamémosla democrática o seudodemocrática que hoy padecemos. Y digo padecemos, porque el pueblo español aún no ha dicho palabra alguna, no ha podido decirla, sobre la forma de Estado que más conviene a sus intereses desde la muerte del dictador hace 37 años.

Y cierto es que las victorias electorales, tanto de Felipe González como de Zapatero, herederos dicen, yo no lo creo, del Partido de Pablo Iglesias, Largo Caballero o Negrín, que formularon los discursos de la llamada” modernidad” de la “España a la que no iba a reconocer ni la madre que la parió”, al decir de Alfonso Guerra, condujeron a la renuncia a lo Bad Godesberg, la renuncia al marxismo como teoría y práctica que supuso entre otras cosas el olvido de la lucha antifranquista, olvido programado en aras de un pragmatismo que propugnando la imposibilidad de otra política que no fuese la del amén al consenso político cultural y a la conciliación de clases, a la sumisión general de los ciudadanos, sobre todo de los trabajadores a la ideología dominante que venía a plantear el fin de la historia. Sí, a veces el consenso puede transformarse en una disgregación de los valores democráticos. Así en gran medida lo ocurrido con la Ley de la Memoria Histórica, ley que no responde a los deseos de “verdad, justicia y reparación” reclamados por las víctimas del franquismo, socialistas, comunistas, anarquistas, republicanos, nacionalistas, gente sin partido, sindicalistas. Una ley, que más parece, plantear un punto y final más que un acto de justicia debida de vida. Un apaño con la derecha que con Franco a la cabeza aupó al Rey Borbón y que aún añora al dictador. Ciertamente esa Comisión de la Verdad que se creó el pasado 29 de septiembre en la Puerta del Sol madrileña debe tener todo nuestro apoyo, porque es un asunto también de decencia intelectual.

¿Donde, durante estos años los intelectuales y artistas, donde los de 1956, mayo de 1968, los que reclamaban democracia, socialismo y la imaginación al poder?. Surgió un cierto desmadre en la izquierda cultural en el que cabe incluir, pienso, en cierta forma a determinados intelectuales procedentes de las filas de mi propio Partido, el Partido Comunista de España. Una cierta inanidad ideológica y política se hizo presente, como señaló en su día el filósofo Manuel Sacristán.

Surgió, ya en el “felipismo”, “el silencio de los intelectuales”. Llegó al poder, o a sus aledaños, la “beautiful people”, la “gente guapa” en el lenguaje de la época. Habían estudiado en Harward, en la Sorbonne, Yale o Barkley. Una nueva clerecía, mandarines que afincados en la “Bodeguilla” o en importantes centros mediáticos andaban oficiando en el reparto de la sopa, no tan boba, de la Moncloa o de la Zarzuela, en la gabela o gabelilla que pudiera caer en cualquier Universidad, Caja de Ahorros, Ayuntamiento o Ministerio. La pasada por la izquierda se transformó, en algunos y sonados casos, en lo que se llamó el pesebre. Y la corrupción ese, diluvio universal de mierda que hoy nos anega, presente desde tiempo inmemorial en la vida política española, ha alcanzado las más altas cotas en los últimos años diría yo, y con gobiernos de uno u otro signo prácticamente en todas las instituciones del Estado, incluyendo a la más alta de ellas, ahí está el caso Urdangarín, a la familia real. Pienso que las fuerzas de la cultura tenemos que echar una mano para denunciar lo que ocurre. O se acaba con la corrupción, con la mafia incrustada en los aparatos del Estado, o esa mafia esa corrupción puede asestar un golpe muy serio a la democracia demediada en la que hoy vivimos.

Volviendo al tema de los intelectuales. Bailando el agua “al número uno” en televisión y en otras partes, se les vió apoyar la entrada en la OTAN, (alguno de ellos llegó a ser el Secretario General de esa misma organización) se teorizó el desmantelamiento industrial. Y los contratos basura a la mayor gloria del sistema capitalista. Se les vió manejar el incensario, ellos que denunciaban con risas el culto a la personalidad, mejor que los “tiraboleiros” de Santiago de Compostela para así salir en la foto. Se les vió manejar la escoba periodística, radiofónica o televisiva para esconder bajo las alfombras del poder a aquellas gentes del gobierno o de la administración que hablaban de la decencia y de los cien años de honradez. Gentes que podrían meter la pata, pero que también podrían meter la mano en los dineros públicos como se comprobó.

Todo ello, más su adscripción en aspectos fundamentales a los dogmas del neoliberalismo ha propiciado, en mi entender, la llegada al poder de los gobiernos del PP. Primero el de Aznar, ahora el de Rajoy. Y el transformismo de franquistas (un tufo clerical fascista corre por nuestros cielos), a lo Mayor Oreja, que quisieran prohibir la información televisiva de las manifestaciones de estos días o a lo Vidal Cuadras que reclama un general de Brigada de la Guardia Civil para poner orden en Cataluña. Y todos ellos pretendiendo expender certificados de democracia. Pareciera que se quisiera poner en pie la vieja casta de los Suárez de Deza y Torquemada, de los Fernando VII y Calomarde, de los Pemán, Arias Salgado, Fraga, Rouco Varela y compañía. La España de cerrado y sacristía de la que hablaba Don Antonio Machado.

Y todo esto, con el apoyo de una jerarquía eclesiástica, que aún no ha perdido perdón por su complicidad en demasiadas muchas ocasiones con los crímenes de la dictadura, jerarquía, que calla ante los desmanes del gobierno Rajoy y la miseria creciente del pueblo español que calla, cuando no hace mucho tiempo volvió por donde solía para hacer de los púlpitos tribunas derechistas y a utilizar sus medios de comunicación como “Brunetes mediáticas” cuando veía alguna veleidad laica en los gobiernos del Partido Socialista. ¡ay de estos teólogos del euro y de la subvención del dinero público que ponen cara de no haber roto un plato en su vida, mientras hacen campaña a favor de Fraga, de Esperancita, de Zaplana, de Aznar, Rajoy o compañía ¿ Para cuándo la denuncia del Concordato con la Santa Sede, que ponga en su sitio a manteos y a sotanas, clérigos, que parecen amar más el poder temporal que perdieron sus Procuradores en Cortes, aquellos que llevaban bajo palio al dictador que guardar las llaves del cielo prometido.

¿Qué se puede hacer en medio de la subasta y mercadeo de conciencias en el campo ideológico cultural de nuestro país que se lleva a cabo en los almacenes de todo a cien del bipartidismo a lo Cánovas y Sagasta existente? ¿Qué se puede hacer cuando tanto en política como en arte los “novedosos apedrean a los originales” al decir de Juan de Mairena? Cierto que es necesario levantar la bandera cultural ideológica de la izquierda, cierto también, que predicar el compromiso, tanto en la vida como en la obra no es tarea fácil ni de cuatro días. Sin embargo no es de recibo cruzarse de brazos e inhibirse en el silencio proclamado por el poder ante los problemas en que esté inmerso nuestro país y también los intelectuales que nos reclamamos de la izquierda. Un escritor definía muy bien las razones de su compromiso, se llamaba Cesar Arconada: “indudablemente ocurre en todos los países y ocurre también en España, que a medida que se extrema la contienda social los escritores toman partido en la lucha, no ya porque lo sientan en sí mismos como hombres afectados por la crisis, sino porque la inteligencia, que cuando no es pozo de aguas muertas es siempre sensible –le lleva a apasionarse y a entregarse a los vivos problemas sobre los cuales giran, no ya la literatura, sino la propia vida” .

Valga decir que en el mundo de hoy no se trata sólo del compromiso de los escritores y artistas. Que escuelas y universidades ponen en el mercado de trabajo todos los años a miles y miles de trabajadores culturales, más de 200.000. Así que entiendo desde hace muchos años que el trabajador cultural, en sentido amplio, está siendo reclamado por la historia, por el desarrollo económico y social. Vivimos hoy, aunque la ciencia no vaya a sustituir al proceso revolucionario, en el tiempo de la creciente proletarización del mundo cultural. El profesional se ve obligado a vender su fuerza de trabajo en condiciones harto parecidas a la de los trabajadores manuales. El capitalismo con o sin revolución científico técnica sigue siendo capitalismo y su ley fundamental es la del máximo beneficio. Y explotará a los trabajadores por más que las nuevas tecnologías tiendan a suprimir las diferencias entre el trabajo manual y el intelectual. La sociedad actual, moderna, postmoderna, postindustrial, como queramos llamarla, necesita una mano de obra cualificada que sólo puede lograr a través de la enseñanza superior.

Cuando aparecieron los primeros movimientos masivos de protesta en el mundo cultural en plena dictadura franquista se señaló que se trataba de uno de los fenómenos más importante de nuestro tiempo. Movimientos de alcance democrático, aunque el corporativismo a veces asomara la oreja, en los que cabía encontrar a ingenieros, médicos, arquitectos, diseñadores, escritores, periodistas, a cineastas, a pintores, a economistas, que jugaron, (que juegan hoy) un importante papel en la vida social, política, económica y cultural de nuestro país y fuera de nuestro país. Hoy con la crisis las cosas vuelvan a ese punto de forma mucho más acentuada que entonces, huelgas en la enseñanza, en hospitales, en televisión etc. Movimientos que no se muestran en lo concreto exteriores, valga la palabra, a la lucha de clases, sino inmersos en ellas por sus propias reivindicaciones. Forman parte de “Los indignados”, bajan a la calle y cercan el Congreso de Diputados y a veces se tienen que enfrentar a los antidisturbios. ¿Qué sentido tienen hoy sus luchas, ya que no es fácil meterlas, como se ha intentado, en el congelador de una desmovilización programada?. En mi entender dicha rebeldía, que es necesario estimular, expresa la transformación de las fuerzas productivas por el impacto de la revolución científico técnica en curso por la crisis actual y por la reconversión del trabajo intelectual al campo de la producción directa. Por eso las fuerzas de la cultura son sectores que se están convirtiendo, como fuerzas sociales explotadas y en gran parte en paro, en una de las fuerzas motrices impulsoras del cambio social, aunque no se puede ignorar, pueden aparecer rasgos corporativos.

El crecimiento de una mano de obra intelectual cualificada, como dije, es un requerimiento del capitalismo hoy día. Y de ahí, y es un hecho constatable, la aparición y consideración de un paro estructural en ese campo, la existencia de un amplio ejército de reserva de profesionales que presionan a la baja, tanto en el empleo, como sobre el nivel salarial. ¿Es cierto o no que miles de profesionales andan por las oficinas del INEM al husmo de cualquier trabajo para ganarse la vida a la espera de encontrar un puesto al sol para lo que se han preparado en escuelas técnicas y en universidades? Al tiempo más de cinco millones de españoles, mujeres y hombres, están en el paro. Dos millones de ellos ya no reciben subsidio de desempleo u otras prestaciones sociales. El 52% de los jóvenes entre 16 y 25 años forman ya una generación perdida Más de 8 millones de ciudadanos, 12 dice Cáritas, viven por debajo del umbral de la pobreza. Y patronos y gobierno siguen recortando salarios. Y se congelan pensiones y se reflotan bancos con dinero público. Y además nos piden que no seamos irresponsables. Pero aquí lo irresponsable es callarse, lo irresponsable es no salir a la calle a protestar. Están secuestrando la democracia y hablan de la violencia, de los que no callan de criminalizar a los manifestantes, de enviarles a los tribunales de justicia. Y la violencia -qué cinismo el de algunos tertulianos, diputados, empresarios y banqueros, es fundamentalmente la que ejerce el sistema del estado de las transnacionales en que hoy vivimos, de una dictadura del mercado que envía al paro a millones de trabajadores, a millones de mujeres y millones de hombres, a los ciudadanos que se les ve en los contenedores de deshechos de los grandes almacenes y en los mercados de no importa qué lugar de España buscando entre la basura. Y lo digo como lo siento, no puedo condenar, no me parece decente condenar la violencia, venga de donde venga Si tengo que elegir, elegiré. Cómo señalaba Machado, otra vez Machado “estaré con los humillados de la tierra».

Sí, la lucha continúa. Sigue siendo necesario cambiar la vida como pedía Rimbaud, cambiar el mundo como decía Marx. Y pienso que hay que colocar en el centro de nuestra práctica la búsqueda en lo concreto de la alianza de las fuerzas del trabajo y la cultura. La lucha por la razón de los demócratas está planteada entre socialismo y barbarie y por una alternativa que no se manifiesta, sólo en términos económicos, sino también en el campo democrático de alcance general. Frente al pensamiento único la libertad de decir no a lo establecido. Una batalla por la democracia que no tenga en cuenta lo cultural, será una batalla perdida.

Termino, porque ya he hablado demasiado. Diré que es necesario levantar una alternativa republicana, no un republicanismo cívico coronado por Juan Carlos o por Felipe de Borbón, sino por una república que envíe al baúl de los recuerdos a la actual Constitución, Constitución que hace agua por todas partes. Una república que tendrá que afirmarse en la expansión de los Derechos Humanos recogido en la Declaración Universal de San Francisco, en la necesaria expansión de la democracia económica política y social, en la creación de un fuerte sector público de la economía. Una república laica, federal, que recoja el derecho de autodeterminación de los pueblos que conforman el actual Estado español, más allá de las actuales autonomías. Vale decir para que las fuerzas del trabajo y de la cultura y otros sectores no oligárquicos, hablamos en vasco, en catalán, en gallego o en castellano nos reconozcamos. Una república que teniendo en cuenta el desarrollo económico desigual existente vaya poniendo fin a esas diferencias, una república que renuncie a la guerra como instrumento de su política exterior.

Sí. Vayamos junto a los trabajadores, vayamos junto a los “indignados”. Es la misma lucha, la de ellos y la nuestra. Si “no sabemos que el cambio es imposible” seguramente podremos hacerlo.

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