Cuenta mi suegro que en el hospital psiquiátrico de su ciudad natal, un paciente interno contemplaba, tras la verja que le separaba de la plaza pública, a cientos de viandantes sin rumbo aparente. Pasadas algunas horas, e intrigado por el ir y venir de aquellos individuos anónimos, decidió llamar la atención de uno de aquellos seres erráticos.
Psst! Psst!
– ¿Es a mí?, preguntó el transeúnte.
– Sí, a usted. Dígame… ¿son muchos ahí dentro?,
Viendo las imágenes de las fuerzas de seguridad que rodean el Congreso de los Diputados, bien parapetados tras las vallas de contención o bien cargando contra los pacíficos manifestantes, tengo la sensación de estar ante una versión parecida de los hechos. Seguramente algunos robocop de casco, porra y armadura acolchada, funcionarios “recortados”, macarras subvencionados, cerebros “gruyere”, se preguntarán cuál será el número real de psicópatas que tratan de cercar las Cortes y discurrirán:
¡Serán chalados estos tíos que reclaman democracia! ¡Eso se lo curo yo de dos hostias! ¡Joder con los Hannibal Lecter de pañuelo palestino!
Y lo peor es que dentro del hemiciclo del Palacio de las Cortes, hay unos elementos que además de pensar lo mismo -para eso son los que mandan repartir mamporros- también tienen la potestad de hacer y modificar normas, con lo cual, para que al circo no le falte de nada, pretendían hacer malabares con el código penal, echando fuego y pestes por la boca y haciendo equilibrio en la cuerda floja con la Constitución para plantearse prohibir la resistencia pasiva, la convocatoria de manifestaciones por internet y el fotografiado de los agentes de la ley en acto de servicio. Aunque finalmente se han echado atrás en los cambios, los han dejado aparcados para mejor momento, cuando los tiempos sean más propicios, que siempre les queda la esperanza de un amanecer dorado.
“Dios ha muerto. Marx ha muerto. Y yo mismo no me siento nada bien”. Woody Allen.
En la comedia Mi bello legionario, protagonizada por Marty Felman y Michael York, dos hermanos gemelos marchan precipitadamente a la Legión Extranjera dejando a su abuelo moribundo. Durante años y años de instrucción militar en un desierto africano se cartean periódicamente con la familia y, conocedores de la situación estable del enfermo, en todas las cartas que envían a casa incluyen la misiva: “Nos alegramos de que el abuelo siga muriéndose”. Es la fórmula que han decidido para celebrar que el abuelo continúa vivo.
Como los deseos se convierten en suspiros, la gusanera de Miami celebra la muerte de Fidel, incansable y regularmente, desde el año 1959. La última vez el pasado mes de octubre. Podrían llenarse muchos camposantos con los elementos que festejaron la desaparición del comandante en los cincuenta y tres años de Revolución. Eduardo Galeano lo refleja de manera sagaz en su obra El Fútbol a sol y sombra, cuando en cada capítulo dedicado al mundial de fútbol, campeonato que se celebra cada cuatro años, repite como referencia histórica: “Fuentes bien informadas de Miami anunciaban la inminente caída de Fidel Castro en cuestión de horas”.
La vida tiene estas cosas. También Carrillo repitió durante veintiocho años que el Partido Comunista de España había muerto. Por eso yo me alegro muchísimo de que el PCE siga muriéndose.
– Y digo yo… ¿aquí no haría falta una Revolución?
– Y luego, ¿por qué me lo preguntas.







