El whisky, su gran amigo, aconsejó mal al general Galtieri, presidente de la dictadura militar de Argentina. En 1982, cuando ordenó la recuperación de las Islas Malvinas, confiaba en la neutralidad de Estados Unidos. El presidente Reagan les había pedido ayuda a los espadones argentinos para entrenar a los terroristas de la contra antisandinista y Galtieri consideraba, en vana ilusión, que para Washington era más importante esa colaboración que su alianza con Gran Bretaña.
Documentos de los archivos británicos, que han salido del secreto treinta años después de la guerra de las Malvinas, confirman que el gobierno de Thatcher no se fiaba al principio del general Haig, entonces Secretario de Estado, por las vinculaciones de Washington con Buenos Aires. Pero se impuso la histórica complicidad de Estados Unidos con Gran Bretaña y los militares golpistas de Argentina se quedaron solos.
Santiago Villegas, el Comandante Atila, ha confirmado que los contras fueron entrenados en una base militar argentina y que especialistas de la dictadura prepararon a la guerrilla antisandinista en sus campamentos de Honduras para realizar sabotajes terroristas en territorio nicaragüense. Los programas de adiestramiento fueron financiados por la CIA que se encargó directamente de las operaciones cuando los oficiales argentinos se retiraron.
A pesar de su enfrentamiento con la dictadura militar de Argentina, el gobierno británico no colaboró con los de Francia y Suecia en la persecución del teniente Astiz, responsable del secuestro y asesinato en Buenos Aires de una adolescente sueca y dos monjas francesas. Astiz fue capturado por las tropas británicas en la reconquista de las Malvinas y Thatcher se lo devolvió a la banda de Galtieri.







