Película: «No», de Pablo Larraín

Sombras de un periodo negro

Crónica de la guerra televisiva que enfrentó a Pinochet con la Concertación de partidos por el NO en 1988


No
Pablo Larraín

Título: No.
Director: Pablo Larraín.
Países: Chile, USA y México. 2012.
Intérpretes: Gael García Bernal (René Saavedra), Luis Gnecco (Urrutia), Néstor Cantillana (Fernando), Alfredo Castro (Luis Guzmán), Antonia Zegers (Verónica), Pascal Montero (Simón), Jaime Vadell (ministro), Manuela Oyarzún (Sandra), Marcial Tagle (Alberto).
Guion: Pedro Peirano; basado en la obra “El plebiscito”, de Antonio Skármeta.
Producción: Daniel Marc Dreifuss, Juan de Dios Larraín y Pablo Larraín.
Fotografía: Sergio Armstrong.
Estreno en Chile: 9 Agosto 2012.
Estreno en España: 8 Febrero 2013.

El estreno de “No”, cuarto largometraje de Pablo Larraín, de título tan corto como expresivo, nos ha permitido descubrir a este interesante director chileno, cuya trayectoria seguiremos a partir de ahora con toda atención. La cinta, que tiene el honor de ser la primera chilena nominada al Oscar como mejor película extranjera (aunque no creemos muy probable que lo obtenga: se encontrará con “Amour”, de Michael Haneke, como mayor favorita) se basa en la obra teatral “El plebiscito”, de Antonio Skármeta, y se convierte en una pormenorizada crónica de una guerra televisiva, la que enfrentó durante un mes a los partidarios del general chileno Augusto Pinochet con la Concertación de partidos por el No en el plebiscito que el dictador organizó y perdió en 1988. Pinochet se vio obligado a abandonar formalmente el poder (aunque permaneció como Jefe de las Fuerzas Armadas y senador vitalicio) y comenzó el llamado “período de transición a la democracia”. Se convocaron elecciones, el democristiano Patricio Aylwin alcanzó la Presidencia de la República y el sistema cambió su fachada y mecanismos de control impresentables para continuar siendo el mismo. Es decir, “mutatis mutandis”, algo muy parecido a lo sucedido en España.

Larraín rueda con viejas cámaras de la época para conseguir la textura y el formato televisivo 4/3 del vetusto U-Matic que fusionan de manera imperceptible sus secuencias con el profuso material de archivo. Ello confiere al filme un aspecto documental y una veracidad muy eficaces, admirable en el orden técnico. También el reparto es impecable, encabezado por el mejicano Gael García Bernal y por Alfredo Castro, presencia imprescindible en el universo del director chileno.

Una secuencia se constituye en el corazón de las numerosas líneas de reflexión política que la película contiene. Resulta fácil comprender la perplejidad de los dirigentes de la oposición cuando el publicista al que se han confiado les muestra el primer video de la campaña por el No que sugiere dejar de lado los viejos eslóganes antifascistas en favor de un estilo mucho más moderno. “Pero… esto parece un comercial de la Coca Cola”, exclama escandalizado uno de ellos. Porque en efecto, lo parece: canciones pop de pegadizas melodías (“Chile, la alegría ya viene”), jóvenes y viejos ciudadanos contentos y divertidos, la antítesis de las imágenes de tortura, muerte y derrota que ellos creen imprescindibles trasladar a la opinión pública para denunciar a la dictadura. ¿Ocultamiento de la verdad y traición a los principios o imprescindible asunción de pragmatismo? Larraín responde a estas preguntas con inteligencia, parece tomar partido pero con sutileza lo esquiva y permite al espectador que configure su propio juicio. Detrás del viejo dilema del fin y los medios, el publicista les plantea: “si ustedes quieren que Pinochet se vaya, ¿creen que con su lenguaje publicitario lo pueden conseguir?”. Pero la película no se queda ahí, una respuesta que parece obvia esconde nuevas preguntas que también se sugieren. Y una más que subyace a la razón de ser de la propia cinta: narrar pormenorizadamente las anécdotas de la campaña televisiva ¿puede servir para trasladar a las generaciones actuales la conciencia del horror que sus padres han vivido? Preguntas sobre las consecuencias políticas y morales del uso de tales o cuales lenguajes, de tales o cuales técnicas publicitarias, que Larraín, deja con naturalidad en el aire.

“No” es la tercera entrega de lo que la crítica considera una trilogía sobre la negra etapa pinochetista. “Santiago 73 Post mortem” (2010) fija en un amargo retrato de bordes descoloridos la pasión no correspondida de un hombre (Alfredo Castro, el jefe publicista de García Bernal en “No”), auxiliar en el depósito de cadáveres, cuya rutinaria y gris existencia se ve alterada por su enamoramiento de una actriz de cabaret (Antonia Zegerz, también objeto de deseo en “No”). La brutal irrupción del golpe de estado en la pantalla provoca un nudo en el estómago de cualquier espectador medianamente sensible. “Tony Manero” (2008), traza las sombras de la dictadura asentada, pues la acción se sitúa en 1979, como telón de fondo oscuro y siniestro; como siniestro es el protagonista, un individuo obsesionado por el personaje de John Travolta en “Saturday Night Fever”, al que se afana en imitar en paralelo a la comisión de robos y crímenes. Y “No” cierra el círculo con la derrota y el final oficial del fascismo. Las dos primeras fijan el foco en un plano corto sobre individuos perdedores, o más bien fracasados, capaces de proyectar su miseria personal en los semejantes que les rodean y llegar al asesinato sin remordimiento, simbólica representación viva de la podredumbre del régimen que respiran y en el que se funden. La tercera y última, por el contrario, extiende su mirada al hecho colectivo en primer término y deja en una esquina del cuadro la peripecia particular del protagonista; es –tal vez solo aparentemente- un triunfador, o al menos figura a la vanguardia de un paso adelante histórico.

Como resulta más que improbable, por el momento, que aquellas excelentes películas vayan a estrenarse en España, les recomiendo encarecidamente que las consigan en dvd. Su visionado proyecta una luz esclarecedora sobre la también magnífica “No”.

RECOMENDACIONES

Django, de Quentin Tarantino. Ferozmente antirracista y, por tanto, políticamente comprometido, como nunca; brillante y divertido como siempre. El anhelado spaguetti western de Tarantino que recicla y redime todo subgénero que se le ponga a tiro.

Hitchcock, de Sacha Gervasi. “Making of” ficticio del proceso de creación y rodaje de “Psicosis”. Magistrales Anthony Hopkins y Helen Mirren (como Alma Reville, esposa del director). Y muy entretenido, aunque venial; unos pasos alejado del retrato conocido del genio.

Los miserables, de Tom Hooper. Realización plana, salvo contadas secuencias brillantes (a destacar la primera), esforzados actores no-cantantes y un solo maravilloso de Anne Hatahaway. Más bien pesadita.

Las sesiones, Ben Lewin. Dos grandes actores (Helen Hunt –de Oscar- y John Hawkes), una muy legítima tesis moral (ojo, no moralizante), dosis justas de sentido del humor y toneladas de delicadeza. Y también, munición para el debate sobre la prostitución. No dejarla pasar.

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