La guerra contra Irán entra en su tercera semana con el estrecho de Ormuz cerrado, lo que supone que una quinta parte del petróleo mundial deje de circular por ese paso. Resultado: El sistema energético global se tensa como en las grandes crisis del siglo XX.
Mientras, gran parte del debate público se centra alrededor de la figura de Trump: impulsividad, irracionalidad, presiones externas, intrigas internas. La política reducida a conspiración. El ruido como herramienta: declaraciones contradictorias, amenazas abruptas, giros repentinos. Pero la lógica de lo que ocurre no está en ese plano. Está en las acciones materiales y en sus efectos.
Desde el inicio de su mandato, Washington abrió frentes inconexos en apariencia: amenazó con tomar el control de Groenlandia, incluyendo la posibilidad explícita de intervención, y presionó a Canadá con disputas territoriales. Aquellos gestos fueron interpretados como extravagancias. Sin embargo, encajan perfectamente con la National Strategy for the Arctic Region de 2022, donde el Ártico aparece como espacio decisivo de la competencia estratégica: nuevas rutas marítimas por el deshielo, recursos energéticos accesibles y posiciones militares por ocupar.
El 3 de enero de 2026 la presión se trasladó al Caribe. La agresión contra Venezuela dejó más de un centenar de muertos y terminó con el secuestro del presidente constitucional, Nicolás Maduro, y de la primera combatiente y diputada a la Asamblea Nacional, Cilia Flores. Durante semanas el episodio fue interpretado como un nuevo intento de cambio político en Venezuela pero la secuencia posterior siguió otra dirección: La firmeza de la Revolución Bolivariana, a pesar del secuestro de su presidente, hizo que Washington no tuviese otro remedio que abandonar sus planes golpistas, reconocer como presidenta encargada a la vicepresidenta Delcy Rodríguez y comenzar a negociar con la institucionalidad venezolana. Pero esto no es casual.
Durante décadas las refinerías del sur de EE.UU. fueron diseñadas para procesar crudo pesado venezolano. Tras las medidas coercitivas unilaterales e ilegales, esas plantas funcionaron con petróleos de características similares, sobre todo del Golfo Pérsico y Canadá. Tras la agresión del 3 de enero y la posterior «normalización» con Caracas, el petróleo venezolano ha vuelto a fluir hacia las refinerías de Texas y Luisiana.
El secuestro del presidente Maduro fue también el detonador del bloqueo energético a Cuba. Durante décadas, La Habana recibió petróleo venezolano a precio preferencial a cambio de médicos y personal de seguridad. Un circuito que mantenía a Caracas parcialmente fuera de la órbita del dólar y a Cuba dentro de la de Moscú y Beijing. Washington entonces amenazó con aranceles a cualquier país que sustituyera el suministro, dejando claro así que el objetivo en la región para Trump es el cambio de órbita. Y todo esto sucede mientras el Tribunal Supremo panameño ha anulado el contrato de la empresa hongkonesa CK Hutchison sobre los puertos del canal, lo que podría significar que China pierda su único nodo logístico en el hemisferio: Cuba al norte y Panamá al sur. América Latina lleva siglos siendo llamado por Washington su patio trasero. Ahora, intentan que sea su retaguardia.
En Oriente Próximo la estrategia es otra. Iraq vendía petróleo en euros. Gadafi proponía una moneda africana respaldada en oro. Siria se negó a convertirse en corredor energético al servicio de Washington. En cada caso la fuerza lo corrigió. El siguiente movimiento llegó a Irán. La intervención fue presentada como quirúrgica. Tres semanas después el paisaje es otro: bombardeos continuados, infraestructuras energéticas ardiendo y ninguna señal de cambio político en Teherán. Derribar un régimen de ochenta millones de habitantes mediante aviación es inviable.
Los efectos reales de la guerra operan en otra escala: un informe de RAND de 2021 identificó una vulnerabilidad central del sistema industrial chino: su dependencia energética exterior y la exposición de sus rutas marítimas, especialmente en dos puntos críticos, Ormuz y Malaca. Interrumpir ese flujo no solo alteraría el mercado petrolero mundial; golpearía directamente el metabolismo energético de Asia. El cierre de Ormuz produce exactamente ese efecto. Los petroleros han dejado de cruzar el paso por donde circulaba una quinta parte del petróleo mundial.
Esa lógica hunde sus raíces en la tradición del poder marítimo anglosajón. Mahan lo formuló a finales del siglo XIX: quien controla las rutas oceánicas controla el comercio mundial. Mackinder añadió después la tensión entre el corazón continental de Eurasia —la masa rusa e interior del continente, inaccesible al poder naval— y el cinturón costero que lo rodea: Europa, Oriente Próximo, el sur y el sudeste asiático. Quien domine ese cinturón controla el acceso al continente y puede contener su consolidación. No es una doctrina nueva ni una respuesta a amenazas recientes. Es la gramática del poder anglosajón desde hace dos siglos.
Frente a esa lógica existió siempre una aspiración opuesta. De Gaulle la formuló: un espacio continental integrado, de Lisboa a Vladivostok, hoy naturalmente extendido hasta Beijing. Brzezinski lo entendió desde el otro lado: impedir esa integración era la prioridad estratégica permanente, porque Europa más Rusia más China haría irrelevante el poder marítimo.
La división es también una decisión estratégica. Rusia y China son los herederos de esa aspiración. La guerra de Ucrania y el sabotaje del Nord Stream responden a esa misma lógica. Lord Ismay lo formuló sin eufemismos al fundar la OTAN: mantener a los estadounidenses dentro, a los rusos fuera y a los alemanes abajo. Las tuberías que unían el gas ruso con la industria alemana quedaron inutilizadas en el fondo del Báltico. Con ellas desapareció el vínculo energético más directo entre Moscú y Berlín. Europa no lo reconoció como lo que era: la destrucción del único puente que le quedaba hacia el continente que habita.
Observadas en conjunto, las presiones en el Ártico, la operación venezolana, la guerra contra Irán y la fractura energética europea forman una secuencia que reordena los nodos críticos del sistema energético mundial
Observadas en conjunto, las presiones en el Ártico, la operación venezolana, la guerra contra Irán y la fractura energética europea forman una secuencia que reordena los nodos críticos del sistema energético mundial.
Un ciclo de energía cara refuerza al mayor productor mundial de petróleo y gas, atrae capital hacia su sistema financiero y fortalece activos como el dólar o los bonos del Tesoro. La retaguardia hemisférica sellada, el rimland en llamas, la industria europea vaciándose. La fortaleza norteamericana se consolida.
Europa llama alianza a lo que sus facturas energéticas llaman vasallaje. Tras la destrucción del Nord Stream compró gas americano a cuatro veces el precio del ruso. Con Ormuz cerrado y el Brent sin techo previsible, el gas natural líquido sigue la misma tendencia.
La industria europea que sobrevivió al Nord Stream no tiene garantías de sobrevivir a esto. El poder marítimo no distingue entre aliados y vasallos.
El ruido político cubre la escena con una niebla constante de declaraciones y polémicas. Bajo esa niebla la secuencia de Trump es legible: el hemisferio sellado, el rimland en llamas, China sin energía y Europa financiando la reindustrialización del continente que la trata como vasallo.
No es caos. Es la lógica del imperialismo que lleva dos siglos ejecutando. Y cuando termine el ruido, el mapa ya habrá cambiado. A menos que quienes habitamos ese mapa decidamos, antes de que el ruido cese, leerlo con claridad y actuar en consecuencia, movilizándonos, sin ambigüedad por un claro: ¡no a la guerra!








