Cuando en 1962 Luis Martín-Santos publica su Tiempo de silencio no pretendía sino articular un discurso narrativo contra una dictadura que condenaba al país entero al silencio. La nueva novela de Felipe Alcaraz, Tiempo de ruido y soledad (Almuzara), en clara alusión a la de Martín-Santos, denuncia justamente lo contrario: el modo en que la denominada “sociedad de la información” satura al ciudadano por medio de la circulación masiva de noticias, impidiéndole distinguir las voces de los ecos, que diría Machado. Somos incapaces, ante el ruido ensordecedor, de procesar el exceso informativo. Tanta información –solo jerarquizada por los intereses privados de los dueños de los medios de producción de las palabras– termina por confundirnos. El nuestro es un tiempo de ruido. La política, en vez de proteger el derecho a la información del ciudadano, participa de la confusión desde el momento en que ella misma se concibe como espectáculo. Porque uno de los rasgos que mejor define la novela de Alcaraz es el retrato de una clase política que frente al electorado –que no ciudadanía– mantiene un discurso sencillo y directo, integrador y diseñado para el conjunto de la nación, adornado con luces y fuegos de artificio que inviten a participar a la sociedad en la fiesta electoral, pero que en la práctica gobierna dando la espalda a los ciudadanos y sirviendo a los grandes intereses económicos. Esta es la política del espectáculo: la que nos impide identificar el quién y el para quién se gobierna. Pero para poner en escena un espectáculo es necesario ensayar previamente entre bambalinas. Y entre bambalinas es donde Alcaraz sitúa la trama de Tiempo de ruido y soledad. El lugar donde se cuece la política real no es el Parlamento ni la calle, sino las reuniones no clandestinas pero sí discretas –que dice la novela– en la que decide el destino del país. Felipe Alcaraz sube el telón antes de que la función empiece para descubrirle al lector el verdadero funcionamiento de la política en este sistema que llaman democracia y no lo es. Tiempo de ruido y soledad sorprende a la política ensayando su teatralidad.
Felipe Alcaraz construye esta Crónica novelada de los días de la Gran Crisis, que así es como se subtitula la novela, por medio de un estilo literario ágil y directo, casi cinematográfico, basado en el diálogo y sin apenas acotaciones o intervenciones de un narrador clásico. A diferencia de su novela anterior, La conjura de los poetas (Almuzara, 2010), una biografía novelada sobre el poeta granadino Javier Egea, escrita con un estilo cuidado y limpio, donde cada palabra parecía haber sido previamente paladeada por su autor, en Tiempo de ruido y soledad Alcaraz sacrifica lo literario para atrapar de inmediato al lector y, sin interferencias, contarle lo que la sociedad de la información y el espectáculo le esconde. No es necesario introducir más ruido. Una apuesta literaria legítima y sin duda eficaz, pero no única, como demuestra Marta Sanz con su última novela titulada Un buen detective no se casa jamás (Anagrama). Segunda parte de su Black, Black, Black (Anagrama, 2010), Un buen detective no se casa jamás vuelve a encontrarse el lector con Arturo Zarco, el cuarentón y homosexual detective que protagonizó la primera entrega, y vuelve Marta Sanz a servirse del género negro para describir y denunciar la violencia invisible y sistémica del capitalismo. Si en Black, Black, Black, Sanz envolvía de inmediato al lector en la lógica del género negro, con un asesinato en la primera página, en Un buen detective no se casa jamás la presencia del crimen y su móvil –elementos consustanciales del género policial– se demora debido a la apuesta de su autora de subvertir el género literario del que se sirve para construir su novela. La subversión del género llega desde el paratexto mismo que inaugura la novela: una cita de Raymond Chandler que insta a los autores de novelas policiacas a prescindir del amor como elemento constitutivo de la trama, porque el amor elimina de un soplo dos potenciales sospechosos y distrae al detective de lo que debería ser su única ocupación: resolver el caso. En este sentido, como apunta Chandler y el título de la novela de Sanz, un buen detective no se casa jamás. Pero en la novela de Marta Sanz, nuestro detective, Arturo Zarco, no solo se ha enamorado –recuerden que en Black, Black, Black se enamora del joven Olmo– sino que la novela empieza con la huida del detective a causa de un fracaso amoroso. El amor subvierte el género y desde esta subversión de lo literario Sanz se permite –mediante la mirada ácida de su protagonista– describir la vulgaridad de una burguesía levantina (en cuyo riurau el detective encuentra cobijo), enriquecida por medio de la especulación inmobiliaria y la urbanización del paisaje. La concepción literaria de Marta Sanz parte de la convicción de que subvirtiendo el género literario –lo que provoca un efecto de extrañamiento y desconcierto en el lector– puede asimismo subvertir la propia realidad. En este sentido, la novela de Marta Sanz subvierte la literatura con el propósito de subvertir también el capitalismo y sus violencias invisibles. Sanz parte de la convicción que la subversión de la palabra constituye asimismo una subversión de la realidad desde donde se produce la escritura.
Marta Sanz y Felipe Alcaraz, Un buen detective no se casa jamás y Tiempo de ruido y soledad: dos propuestas divergentes pero complementarias, dos intentos literarios para enfrentarse, cuestionar, subvertir o transformar la realidad. Dos reflexiones vivas que nos permiten proclamar que, desde la literatura, las posibilidades de cambio siguen existiendo. Que todavía hay horizonte y que no todo está perdido.






