Cada día que pasa encuentro que el sentido del humor se me hace indispensable para acompañar la sensación de herida permanente que me causa tu manera de vivir y de comportarte y, sobre todo, la manera que me propones de vivir y comportarme. No es que le encuentre gracia alguna a tus postulados, a tu ordeno y mando, a tu organización del trabajo y del ocio y a tus propuestas ideológicas, pero sí creo que no basta con indignarse, con oponerse (en la calle o en los tribunales), con denunciar el dolor y la injusticia que espurreas y que nos aplicas como una ordalía, a ver si somos buenos por las buenas o por las malas… Creo firmemente que, además de decir basta y de inventar un nuevo mundo, hay que reírse del tuyo hasta que la percepción de la ridiculez de tu poderío supere el miedo y la inseguridad que nos inoculas.
Sabemos que hemos fallado en muchas cosas. Entre ellas, la de no ser más nosotros mismos en vez de intentar parecernos a vosotros. Es el «único vivir por encima de las posibilidades» que admito como reproche (pero propio, no de labios de quienes tenían interés en que nos confundiéramos de papel). Sabemos que hemos sido demasiado manipulables, que no hemos sido eficaces ni siquiera cuando pretendíamos defendernos de tus desmanes. Hemos dedicado poco tiempo a protestar pero mucho menos a construir una alternativa, personal y colectiva, al trampantojo que nos colocaste como único paisaje posible. Y eso que a esos decorados más falsos que si fueran de cartón -que no son falsos en si mismos sino poco consistentes pero no se deberían confundir con lo que parecen representar-, los calificamos de «trampa» y no sólo, como los franceses, trompe l´oeil, engaño, porque -efectivamente- era más que un engaño, una auténtica trampa de elefantes, abismal, desde cuyo fondo, ahora, pugnamos por adivinar dónde queda el suelo por el que queremos andar.
Una anécdota muy significativa cuenta que un periodista recién contratado llegó a la redacción de su periódico con la crónica de un accidente laboral que había titulado: «Obrero muerto al caer a un pozo de siete metros de altura». El redactor jefe le corrigió:
– Querrás decir, «de siete metros de profundidad»…
-No, de altura -respondió el reportero-, porque yo hablo desde la perspectiva del muerto…
Esta es la perspectiva que yo creo que nos libera de tus convencionalismos, de tus frases hechas para usar y tirar, de tus verdades eternas, de tus certezas absolutas y de tus mentiras osadas e impuestas para que notemos que tienes hasta el poder de mentir y que nos dejas tan sólo la comidilla de comadrear sobre tus tropezones y travesuras, tus maldades y tus intenciones, en vez de dedicarnos a fabricar una nueva forma de vivir en la que deberías tener un sitio pero sin dar codazos para hacerte con los de los demás.
Motivos para temerte no faltan pero, para reírse de tí, sobran. Y la risa es un buen medio de combatir el temor, la desgana, la sensación de derrota que inoculas hasta cuando no nos haces una mala jugada de alcance. Hay que desmontar con la risa irreverente tu mundo de apariencias pomposas, tus rituales, tu estética, tu forma de consumir y tu estilo de relaciones públicas. Hay que verte como eres al completo, mala y ridícula, ignorante y pretenciosa, autoritaria sin autoridad, poderosa e incompetente, incapaz de imaginar futuros (salvo los que te juegas en Bolsa) porque vives añorando pasados que ni siquiera podrías revivir por tu propio valor o por tus méritos sino por esterilización de un mañana.
Yo, a mis colegas de la famélica legión, les diría: Reíd, camaradas. Sigamos practicando la frescura de ideas de esas pintadas, de esas pancartas, que surgieron en momentos en que se necesitaba la inteligencia colectiva, desde Alberti y Renau hasta los carteles de la Puerta del Sol, sigamos despertando a carcajada limpia la creatividad social, las ideas libres y desterremos los debates prefabricados por los aparatos de incomunicación de nuestra grisácea derecha, la tristeza de un mundo retransmitido como una imposibilidad. Por lo menos, «El esclavo risueño / no sufre tanto al dueño». Y mientras nos lanzamos trascendentemente a la lucha de clases nada nos impide ir con una carcajada desmitificadora para que se enteren de que no somos miedosos, ni tristes… como ellos.







