La Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) avanza en la defensa de la soberanía nacional y de la integración regional pero ha fracasado en Haití. Brasil no ha querido o no ha sabido conducir con acierto y generosidad la primera intervención latinoamericana bajo la bandera de la ONU. El uno de junio del 2004 se imponía la presencia en Puerto Príncipe de la Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (MINUSTAH). Militares latinoamericanos con mandos brasileños. Empezaron mal y no saben cómo irse. Contaminaron a los haitianos con el cólera, violaron los derechos humanos que tenían que proteger y la estabilidad sigue siendo una necesidad. Pero mediante la solidaridad y no con la ocupación.
Hace dos años que el Senado de Haití pidió por unanimidad la retirada de la MINUSTAH y los ministros de Defensa de la UNASUR aplazan indefinidamente el plan de salida que prometieron.
Era buena la idea de ayudar a los hermanos haitianos para impedir que continuara la histórica intervención de Francia y Estados Unidos. Pero la nueva América Latina no ha sido capaz de incluir a Haití en la política regional de dignidad y justicia social. Ahora que se van a cumplir nueve años desde su establecimiento, una coalición interamericana de organizaciones y movimientos sociales se solidariza con la reclamación del pueblo haitiano: que se vaya la MINUSTAH y llegue por fin el respeto, la cooperación y el pago de la deuda histórica para la nación dónde comenzó la independencia.







