Leonardo Padura salva su deuda con la semana negra de Gijón

Máscaras de Padura

El escritor cubano presentó su última novela «El hombre que amaba a los perros» al alimón con Paco Ignacio Taibo II.

En el día de ayer, con un poco de retraso sobre el horario previsto, Leonardo Padura (La Habana, 1955) saldó una deuda con la Semana Negra de Gijón. Aun no había presentado su última novela «El hombre que amaba a los perros» (que será penúltima en septiembre tras la salida de Herejes). Lo hizo por fin al alimón con Paco Ignacio Taibo II en lo que fue, también, una excusa para repasar historia y destino del género en Cuba e Hispanoamérica y reivindicar, también, la labor del invento gijonés en la difusión de la novela más vanguardista.

Para el ya exdirector de la Semana Negra, esta habría servido para unificar fuerzas frente a la crítica sobaquera y la novela tradicional: sobaquera en cuanto destinada a distanciarse de la gente y a mostrarse como sagrada y escogida (y a oler mal). En este sentido, la lucha de los autores de novela negra periféricos, al margen de los centros tradicionales del género (EEUU y Gran Bretaña, principalmente) constituyeron, según Taibo, la avanzadilla capaz de unificar lo vanguardista y lo popular. Citando a Vázquez Montalbán, el astur-cubano consideró que entonces tenía sentido cultivar el género negro para llevarlo a sus límites y hacerlos explotar. Ahora, como viejos guerreros, afirmaron buscar nuevos horizontes, ganada la guerra ¿qué hacer?

Padura contestó a esta pregunta desde su personal historia. Cuando él comenzaba se escribía poca novela negra en Cuba y sus primeros pasos fueron recibidos con división de opiniones. Aun así, ya en 1993 fue laureado por la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba) aunque su consagración vino con el Premio Café Gijón en 1995 por Máscaras (Tusquets). En ambos casos fue premiado por la serie del detective Mario Conde. Sin embargo, según Padura, todas estas novelas eran falsas novelas de género. Es ahora, con «El hombre que amaba a los perros» que narra el asesinato de Trotski, en donde realmente utiliza el dispositivo de la novela negra (al fin y al cabo un asesinato es el hilo argumental típico) para contar… otra cosa. Hasta aquí, la solución formal, pero ¿por qué Trotski?

Contaba Leonardo Padura que el personaje realmente interesante, por desconocido, es Ramón Mercader, el asesino de Trotski, ambos residieron en Cuba durante varios años y de esto, en la isla, poco se supo. Así pues ¿qué pudo significar para un cubano normal el asesinato de Trotski? Responder a esta pregunta provocada por su particular revelación en Coyacán, cuando fue a visitar la última morada del viejo León veinte días antes de la caída del muro de Berlín, supone la revisión de lo que Padura considera como viejos mitos recibidos. Así, bajo la piel del autor, tenemos armado al crítico ¿con la verdad? Eso daría para otro largo debate, antes léanse el libro.

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