PELÍCULA: «Después de mayo», de Olivier Assayas

No fue un mayo cualquiera

Assayas (el envidiado cine francés, en general) tiene la poderosa virtud de desplegar ante nosotros un fresco hiperrealista cuando necesita situar la acción en épocas pretéritas.


Después de mayo
Olivier Assayas

Título: Después de mayo. Título original: Après mai.
Dirección y guion: Olivier Assayas. País y Año: Francia 2012.
Intérpretes: Clément Métayer (Gilles), Lola Créton (Christine), Félix Armand (Alain).
Producción: Charles Gillibert, Marin Karmitz y Nathanäel Karmitz.
Fotografía: Eric Gautier.
Montaje: Luc Barnier.
Diseño de producción: François-Renaud Labarthe.
Vestuario: Jurgen Doering.
Distribuidora: Vértigo Films.
Estreno en Francia: 14 Noviembre 2012.
Estreno en España: 21 Junio 2013.

En una de las escenas tempranas de Carlos (Carlos, le film, Olivier Assayas, 2010), el impresionante retrato del sedicente revolucionario venezolano que acaparó ingentes portadas en los medios de comunicación del mundo entero durante las décadas de los 70 y 80, Edgar Ramírez, transmutado en cuerpo y alma en Vladimir Ilich Ramírez Sánchez, desprecia ante una militante comunista la retórica vacía que, según él, debe dar paso a la acción. Es la acción que posteriormente, como refleja implacable el filme, da paso a una retórica aún más hueca en el vano intento de justificar la vorágine criminal en que se ha instalado.

Los jóvenes estudiantes de Después de mayo (Après mai, Olivier Assayas, 2012) activistas volcados en la que aparenta ser la misma causa, «la revolución», emulan involuntariamente -“avant la lettre”- los derroteros seguidos por aquella caricatura, con boina y todo, del Che y pasan la mayor parte del tiempo enfrentándose cuerpo a cuerpo a la policía, realizando grandes pintadas nocturnas en las paredes del instituto y discutiendo, entre sí o en asambleas numerosas, sobre conceptos seudoleninistas: “las condiciones objetivas de las circunstancias concretas” y otras rebuscadas fórmulas, cáscaras desprovistas de huevo y yema, terminología sin contenido ni sustancia que cumple una paradójica función alienante, que tan familiar nos resulta a quienes nos desenvolvemos en el movimiento comunista. Sólo que éstos lamentan el daño físico causado a un vigilante y hasta buscan su perdón, lejos, pues, de la impiedad de los que abrazaron la dialéctica del kaláshnikov y la goma 2.

Aquellos aprendices de revolucionarios, entre los que se encuentra autorretratado en primer plano el propio autor, Olivier Assayas (uno de los excelentes entre los excelentes directores franceses) entonan el canto de cisne de un movimiento, cuya trascendencia histórica queda fuera de foco en la película. Tal vez Assayas tenga la secreta intención de narrar sus vivencias personales como metáfora de lo acontecido globalmente en aquel mayo del 68, toda una época preñada en superlativas ilusiones barridas por el viento burgués de la Historia. Tal vez, por el contrario, la expresión poética de los recuerdos engarzados en un cuento de ficción no pueda entenderse ni siquiera como esbozo de análisis de un pedazo tan significativo del calendario.

Assayas (el envidiado cine francés, en general) tiene la poderosa virtud de desplegar ante nosotros un fresco hiperrealista cuando necesita situar la acción en épocas pretéritas. La verosimilitud de todo cuanto desfila en la pantalla es tal que uno sucumbe a la magia de la puesta en escena, como si la película hubiera sido rodada tres o cuatro décadas atrás. Los antidisturbios pegan con porras a los extras y podrías jurar que los muelen a palos realmente. No hay ni uno sólo de los figurantes que corren despavoridos en el tercer o cuarto término de la profundidad de campo al que puedas sorprender con gesto fuera de lugar, nadie que ría a destiempo o simplemente denote vivir la escena con escaso dramatismo, como tantas veces observamos en nuestras películas. Y en los debates asamblearios varias decenas de alumnos, impecablemente ataviados como corresponde sin que ropas ni aspecto físico “canten”, todos, hasta el que ocupa el último rincón del encuadre, sienten intensamente la experiencia de sus vidas, como si jamás hubieran conocido otra cosa que los vinilos, el rock and roll y la psicodelia, como si no hubieran tocado jamás un “smartphone” ni soñado con enviar un “watsapp”, como si todos hubieran vibrado con Syd Barrett, Incredible String Band o Captain Beefheart, cuyas fascinantes portadas brillan en un plano empapado de sabor a homenaje íntimo.

¿Quiere todo esto decir que estamos ante un filme nostálgico? Difícil sostener la compatibilidad de ese tono con el desencanto que rezuman las imágenes de Después de mayo. Aunque puedan concebirse cócteles que armonicen elementos contrapuestos. ¿Quién puede negar que la vuelta de la memoria a los años de juventud siempre conlleva un regusto melancólico, por negros, grises o incluso patéticos que puedan ser los recuerdos? El de Assayas es un viaje similar al que emprende Andrés Trapiello en su novela El buque fantasma (1992), con la que el guión de Después de mayo comparte algunas semejanzas. En ambas obras desfilan, con las diferencias impuestas entre una capital de provincias española y la capital francesa, entre la agitación estudiantil bajo el franquismo y la revuelta francesa de mayo, el amor libre y sus ensoñaciones, los anhelos de la revolución “que está al caer”, las actividades clandestinas y la impostura de muchos pretendidos revolucionarios, la desmesurada distancia que separa lo que algunos decían ser y lo que el tiempo revela posteriormente que fueron.

Assayas rueda impecable, ya lo hemos dicho. Después de mayo es una mirada a su propio pasado, probablemente trufada de muchos detalles autobiográficos, narrada en primera persona, casi podríamos imaginar una voz en off que obviamente sería redundante. Y es un no declarado ni evidente conjunto de anotaciones de un diario desprovisto de nostalgia. Pero el reverso de este indisimulado carácter notarial es una virtuosa frialdad que amenaza con contagiarse al ánimo del espectador. Y sin embargo, cuanto más tiempo transcurre después del visionado del filme, cuanto más recuerda uno los acontecimientos que enlazan con hilo invisible los destinos de los personajes al triste devenir de las ilusiones perdidas, más comprometida (para el autor) y apasionada (para el espectador) parece que sea la historia bajo la capa de hielo que constituye el estilo narrativo.

RECOMENDACIONES

EL HOMBRE DE ACERO, de Zack Snyder. Superman puesto al día. Lástima que todos los excesos, de duración de las peleas, de duración de la película, de destrucción de todo lo destruible, terminen por hacerla cansina. Visualmente apabullante.

ENCIERRO, de Olivier Van der Zee. Documental que captura en 3D la épica, la estética y la mística de los encierros pamplonicas. No descubre misterios pero el empaquetado es impecable.

EN OTRO PAÍS, de Hong Sangsoo. La presencia de Isabelle Hupert levanta una propuesta coreana con peculiar sentido del humor y de la experimentación narrativa.

QUINCE AÑOS Y UN DÍA, de Gracia Querejeta. La adolescencia como territorio condicionado por la añoranza del padre, conflictos en las relaciones matrimoniales y aledaños… temas consustanciales a un cine digno y atractivo.

360: JUEGO DE DESTINOS, de Fernando Meirelles. Vidas cruzadas y enlazadas; un juego de cartas marcadas que convierte a los personajes en ratones de laboratorio. Buen reparto y resultado irregular.

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