Para justificar la guerra de Vietnam se inventaron el incidente del golfo de Tonkin; para la primera Guerra del Golfo inventaron la masacre de las incubadoras en Kuwait; para justificar el bombardeo de Serbia, se inventó la masacre de Rack en el Kosovo; para “vender” a la opinión pública la Segunda Guerra del Golfo se inventó la historia de las armas de destrucción masiva. Para justificar las matanzas de la OTAN en Libia arguyeron que Gadafi había bombardeado la población y ellos habían ayudado a salvarla. El último invento es el uso de gases contra civiles en Ghouta y el anunciado bombardeo contra Siria.
Siria es ahora mismo el peldaño en la escala de la confrontación que se vive en este momento entre la gran potencia unipolar Estados Unidos y los países emergentes en especial Rusia. Hemos entrado en una nueva fase de la confrontación militar Oeste–Este.
Desde hace muchos meses la OTAN sigue estrechando el cerco militar contra Rusia y China. El desplazamiento de recursos militares hacia el mar de China y el Pacífico define cuáles son los enemigos centrales en este momento para Estados Unidos. Se pretende obtener una ventaja estratégica sobre Rusia y China, los grandes competidores de la economía norteamericana. EEUU vive a crédito desde hace décadas, su deuda es impagable, la economía corre nuevamente el riesgo de la bancarrota (20 grandes ciudades están al borde de quiebra).
La zona de fricción es Oriente Medio, donde se acumulan las mayores reservas de petróleo y especialmente de gas (futuro producto energético de uso masivo. Así pues la intervención de EEUU en Siria forma parte del conflicto Estados Unidos–Rusia/China que en este momento está alcanzando uno de sus puntos álgidos, similar al de la crisis de los misiles en Cuba (1962).
En el espacio comprendido entre Chipre y la costa siria se han encontrado enormes reservas de gas que se disputan numerosos países: Israel, Siria, Palestina…Los gaseoductos, cuyo origen está en las antiguas repúblicas exsoviéticas y que habían de pasar por Turquía en dirección a Europa, han fracasado; en cambio, la construcción del gaseoducto que había de desembocar en la costa siria en Tartus sigue adelante tras la firma del acuerdo entre Irán, Iraq y Siria (con el apoyo financiero de Gazprom) en 2012.
Los esfuerzos de la administración Obama por destruir al gobierno sirio vienen desde muy atrás, desde la época del presidente Bush y la Segunda Guerra del Golfo. El pacto firmado en 1945 en el crucero Quincey (donde se dibujaba el nuevo Medio Oriente, con una Arabia Saudita exportando a la zona su visión retrógrada del Islán, Israel como aliado estratégico de EEUU, Egipto dominado y EEUU con acceso fácil al Canal y al abastecimiento de petróleo barato) hace mucho tiempo que quedó atrás. Hoy el objetivo del nuevo Oriente Medio que se dibuja es la destrucción de Siria, como paso previo a la de Irán y el cerco energético a Rusia y China. El fracaso de la estrategia norteamericana apoyada por las monarquías teocráticas del Golfo e Israel, a pesar de la enorme inversión y los enormes recursos bélicos invertidos hasta el momento, ha obligado a la administración Obama a replantar su estrategia y elevar el nivel de la apuesta. Obama se ha visto atado por sus propias palabras.
Hace dos años y medio aprovechando manifestaciones pacíficas por la mejora de la situación económica aparecen los primeros grupos militarmente organizados que intervienen en todas las manifestaciones provocando muertos y heridos. La prensa occidental orquesta desde un principio una campaña sistemática contra el gobierno de presidente Al-Assad. Los embajadores de EEUU y de otros países europeos que están financiando a la mal llamada resistencia encabezan manifestaciones en el interior del país pidiendo el derrocamiento de Al-Assad. El gobierno sirio se convierte, para la prensa occidental que sólo bebe de las fuentes de la oposición, en sinónimo del «mal absoluto». Incluso reputados intelectuales europeos, en especial franceses pero también españoles e italianos elevados al rango de intelectuales del régimen, participan en esta cacería al igual que aplaudieron las 34.000 acciones de bombardeo sobre la población libia, porque había que liberarla del dictador Gadafi. Hoy algunos de ellos, en un rapto de amnesia, no recuerdan sus encendidos discursos en pro de la “intervención humanitaria”; otros, sin ningún tipo de rubor, siguen viendo “primaveras árabes” en las cenizas de Bengazi o en las tumbas de las decenas de miles de muertos libios.
La utilización de gases tóxicos, por parte del gobierno de Damasco contra la población civil en Siria, ha quedado demostrada como una falacia. Las pruebas se acumulan por docenas. Hoy todas las pistas, incluidos los informes de los servicios secretos franceses, demuestran que el gobierno de Al-Assad no ha utilizado armas químicas. Damasco no necesitaba utilizarlas porque las victorias militares en Qusseir en junio y Homs en julio y el cerco a las unidades opositoras en Aleppo, entre otras razones, ponían la victoria militar para el gobierno sirio al alcance de la mano en unos pocos meses. Pero no hay problema, se mentirá, se engañará….
Sólo una apuesta aún mayor podría paralizar la derrota total de las fuerzas opositoras y la desbandada de los grupos Salafistas hacia su retaguardia. ¿Qué haría Europa y Norteamérica con los miles de fanáticos entrenados en el uso de armas y explosivos? El ministro del Interior francés, señor Valls, advirtió hace meses a sus homólogos de la Unión Europea del peligro que representarán en un futuro inmediato para la seguridad del continente. Aun así el gobierno francés o el de Arabia Saudita no han cesado de reclutar tropas mercenarias para enviarlas a Siria.
Obama no tiene estrategia de salida ni posiblemente de entrada. La propia Junta de Estado Mayor lo ha puesto en guardia contra una guerra de incierto futuro y de costo abrumador. Sus únicos objetivos los sitúa un ex asesor del presidente Carter, Zbigniew Brzezinski, quién desde las década de los 80 proponía la balcanización de Oriente Medio. El proceso se habría iniciado. El ejemplo más evidente sería Iraq, transformado en Estado fallido y desangrado por la guerra. Para todo eso era imprescindible una capacidad de intervención militar en varios escenarios simultáneos, pero en la actualidad los recortes presupuestarios, por ejemplo, reducirán el número de efectivos del ejército y la marina en unos 140.000 soldados. La teoría de la balcanización quedaría reducida a un mero acto de “destrucción creativa” y a la construcción de un estado fallido similar al libio.
Las fuertes alianzas establecidas por Siria en la zona, la importancia de los países que le dan apoyo, ha provocado incluso en la misma OTAN graves contradicciones, tanto es así que no brindará apoyo como organización; el fracaso en la cumbre del G-20, donde la figura del presidente Putin se ha visto engrandecida al mismo tiempo que la de Obama se desdibujaba en medio de un discurso contradictorio y poco creíble; la UE, que dando un apoyo muy tibio, exige la intervención del Consejo de Seguridad de las NNUU antes de hacer nada; el fracaso de la Liga Árabe por la dura oposición de Egipto, que ha roto el plan de Arabia Saudita para dar apoyo a una intervención militar, y finalmente el propio rechazo interno en el país, todo eso plantea al presidente Obama una disyuntiva de difícil salida y dibuja una advertencia: el retroceso de EEUU como potencia hegemónica es ya evidente.
Todo este argumentario se intenta mantener sobre una ficción: una ataque selectivo y rápido. Nada de eso parece posible ya que se dibuja un fuerte eje de resistencia con la movilización de grandes masas de combatientes y la capacidad del ejército sirio, así como el apoyo de los aliados internos: en el norte los kurdos enfrentados con Turquía; en la frontera Este, Irán que estaría dispuesta a intervenir por tierra con permiso de Iraq a favor del presidente sirio; Hezbollah en el Oeste, que se juega el ser o no ser. Todo está preparado para la guerra. Todo augura un conflicto generalizado.
Obama tiene que convencer a demócratas y republicanos de las bondades de la nueva guerra. No lo tiene fácil, los sectores de la ultraderecha norteamericana, pendientes de la opinión pública mayoritariamente contraria a la guerra, ven en la actual situación una forma de debilitar más al partido demócrata en las próximas elecciones. Mientras, sectores importantes demócratas rehúyen del riesgo de nuevas guerras teniendo aún pendientes los fracasos de Iraq y Afganistán. Ahora mismo Obama no tiene asegurada la victoria parlamentaria y es impensable una acción unilateral por parte del presidente. Las espadas están en el aire.
Hoy más que nunca es necesario empuñar el grito de hace una década.
¡NO A LA GUERRA. NO A LA AGRESIÓN CONTRA EL PUEBLO SIRIO!







