“¡Si tuvieran goteras los autos del Estado Mayor!”
(La Media Noche, Ramón del Valle-Inclán)
Una columna sí y otra también de esta serie de ‘El tren de la memoria’ vuelve a sugerirnos la evocación y la presencia de Manuel FC Puerto; prometo que no es algo deliberado –puede que a veces hasta me moleste presentirme poseído-, no obstante vale más no sacar las cosas de quicio –tempus fugit– y resolver este asunto evanescente con una media verónica de poesía a la manera de Ángel González, ese gran maestro del que tanto gustaba nuestro recordado compañero, “Yo sé que existo/porque tú me imaginas”…
Viene esta disquisición a cuento de una lectura que nos ha ocupado estas navidades pasadas, un libro editado por Manuel a mediados de 2013, se trata de ‘Para acabar con todas las guerras. Una historia de lealtad y rebelión 1914-1918’, de Adam Hochschild (Ed. Península), un formidable y documentado trabajo que constituye una evocación de la Primera Guerra Mundial y sus terribles consecuencias para la vida cotidiana de las personas que la padecieron. Entresacada de la solapa del libro anotamos una idea a modo de balance final, cosecha del propio editor: “Lo que atrae de la Primera Guerra Mundial es, entre otras cuestiones, la forma en que destruyó, para siempre, una Europa segura de sí misma”, y en la que “incluso los vencedores fueron perdedores”.
Bien. El asunto de la efemérides de la Primera Guerra Mundial ya está en marcha, serán muchos los puntos de vista que se destaquen durante el revival y no es para menos si pensamos que la interminable matanza duró más de cuatro años y dejó ocho millones de muertos, de los que un tercio fueron civiles. ¡Y cómo no!, también se volverá a controvertir sobre la ‘Neutralidad española’, que así fue declarada oficialmente el 7 de agosto de 1914. Aunque esta postura fuera, a ojos de muchos, un apoyo abierto a la causa francesa ya que esa circunstancia permitía al país vecino desguarnecer las “zonas-fronteras del Sur”.
Lo cierto es que por entonces, España aún intentaba recuperarse de las consecuencias políticas, sociales y económicas derivadas del Desastre del 98. Atrapado en una crisis institucional y de principios de la que no terminaba de salir, nuestro país se había quedado rezagado del resto de las naciones europeas y permanecía anclado en una serie de anacronismos más propios del siglo XIX que impedían su desarrollo. En este contexto, llegó la noticia el 28 junio de 1914 del asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando de Austria, heredero del trono del Imperio austro-húngaro, que fue el detonante inmediato de la guerra.
Más allá de las distintas formas de ayuda materiales con las que España apoyó la causa francesa, de la que salieron muy beneficiados algunos sectores de la economía española, un aspecto muy poco conocido es la presencia de voluntarios españoles en la llamada ‘Gran Guerra’. La mayor parte de los cuales eran vascos, aragoneses y catalanes. En su auxilio se fundaron el ‘Patronato de Voluntarios Españoles’, así como el llamado ‘Comité de Hermandad con los Voluntarios Catalanes’. Esta última organización se mostraría especialmente activa durante el conflicto, asistiendo a los voluntarios a través de los llamados ‘Centros catalanes, sitos en las ciudades francesas. Este comité estaba relacionado con círculos autonomistas e independentistas que esperaban obtener ventajas políticas de una victoria aliada.
A los españoles –los ‘peludos’, como se les conocía- se les agrupó, sobre todo, en cuarteles cercanos a la frontera española. Oficialmente, el primero de enero de 1915, la oficina especial del Ministerio de Guerra francés, creada para el reclutamiento de extranjeros, contabilizaba a 969 efectivos. Finalmente la cifra superó ligeramente los 2.000 voluntarios. A la mayoría de ellos se les encuadró en los regimientos de la Legión Extranjera, donde se permitía el servicio de armas a los no franceses. Los españoles recibieron numerosas condecoraciones, e incluso la Legión de Honor, la más preciada de todas.
Como mandan los cánones de estas celebraciones, también conoceremos algunas ‘vidas ejemplares’, como la de quien no se alistó en la Legión Francesa, sino en las tropas estadounidenses. Era aragonés y se llamaba Antonio Beltrán Casaña, emigró a América, luchó al lado de Pancho Villa y desembarcó en Francia como soldado de las Fuerzas Expedicionarias Estadounidenses, al mando del general John J. Pershing. Finalmente, tras recibir una medalla desertó: “Esta no es mi guerra”, argumentaría después. #España.







