
Adagio for strings
Samuel Barber
Desde la primera vez que oí el ‘Adagio para cuerda’ Op. 11 de Samuel Barber, supe que esa sería la música que acompañaría el duelo por el ser más querido que ha ocupado mi vida. Y así ha sido. La pieza fue escrita por este compositor norteamericano (1910-1981) en el periodo de entreguerras. Barber tenía 26 años cuando en la primavera de 1936, durante una de sus muchas estancias en Europa a lo largo de su vida, alquiló una casa de campo cerca de Salzburgo (Austria), marco incomparable en el que se inspiró para escribir una de sus obras más sutiles y, en mi modesto entendimiento, más profundas.
Poco meses después, recibió en este retiro la visita de su amigo Arturo Toscanini, una amistad iniciada el año anterior durante los estudios de Barber en Italia. Oyendo sus recientes composiciones, Toscanini quedó prendado del segundo movimiento de su ‘Cuarteto de cuerdas‘ nº1, Opus 11 y le pidió que hiciera un arreglo para una orquesta de cuerdas. El excelente resultado llevó a que éste eligiera el ‘Adagio para cuerda’ Op 11 como primera obra estadounidense para ser estrenada en un programa de radio. Era el 5 de noviembre de 1938, con Toscanini al frente de la Orquesta Sinfónica de la NBC en Nueva York.
Barber entró en mi vida gracias al músico inglés William Orbit, uno de los gurú en tareas de producción (Madonna, ‘Ray of Light’). A finales del siglo pasado, Orbit hace un arreglo para sintetizador que publica en el disco ‘Pieces in a Modern Style’, obras clásicas tratadas con la sensibilidad de la música electrónica de esos años. La maestría de Orbit lleva a millones de almas la composición de Samuel Barber, cuya sobrecogedora melodía ya había servido como tema central de la película Platoon. Así, desde aquél día en que escuchando Radio 3 se me cruzó esta música, siempre me ha estremecido su combinación in crescendo de violines, violas y violonchelos, en una sensación similar a cuando suena la Pasión según San Mateo de Bach o el Acto 2 nº10 de El lago de los cisnes de Tchaikovski, si bien nunca en el grado tan superlativo como la partitura de Barber.
Con el tiempo, compré un disco recopilatorio de piezas esenciales en la carrera de Samuel Barber, un pianista con una sólida formación clásica desde su infancia. Iba buscando el ‘Adagio for Strings’ Op.11. Y sí, ahí estaba, y de vez en cuando lo pongo sólo para deleitarme en esos casi 8 minutos que dura la composición. Pero para mi sorpresa me encontré con el Concierto para violín Op. 14, otra obra soberbia, así como un desconcertante Concierto para piano y otras dos obras celebradas de sus inicios. Especialmente, el ‘Violin Concerto’ es en sus dos primeros movimientos (Allegro y Andante) emotivo, exquisito.
En 1971, Samuel Barber resumió sus trabajos musicales con esta declaración: “(Cuando) estoy escribiendo música para ser cantada, entonces me sumerjo en las palabras y dejo que la música fluya de ellas. Cuando escribo una sonata abstracta para piano o un concierto, escribo lo que siento. No soy un compositor concienzudo… Se dice que no tengo estilo, pero no me importa. Yo continúo fiel a lo que -dicen- son mis cosas”.
Parafraseando estas palabras, yo, cuando suena el Adagio para Cuerda de Barber, me dejo llevar por las sensaciones que brotan y fluyen de manera natural, especialmente en momentos como los que me ha tocado vivir en estos días.
A ti, siempre en mi corazón y en mi memoria







