Tal como señalábamos en el XIX Congreso del PCE, asistimos a una crisis de Régimen que se manifiesta en todos los ámbitos de la realidad política, social, institucional, económica y cultural del país. Y ante tal crisis, la reacción de las oligarquías económicas y financieras ha consistido en una ofensiva neoliberal que aspira a implantarse estructuralmente y que conlleva una involución democrática sin precedentes. La respuesta a esta ofensiva, por tanto, debe poseer un carácter igualmente estructural que suponga un cambio profundo y radical, es decir, un proceso de manifiesta ruptura democrática. Nos encontramos, por tanto, ante un dilema que no admite términos medios: o una salida social y radicalmente democrática de la crisis o una salida de naturaleza oligárquica e involucionista.
Si en los estertores de la primera Restauración Borbónica (a finales de los años 20 del siglo pasado) el capital pretendió perpetuar su hegemonía y salvar el Régimen mediante una salida autoritaria y la implantación del partido único para encabezar una supuesta regeneración, en la segunda Restauración Borbónica su respuesta es implantar una auténtica dictadura de los mercados contando para ello con la connivencia necesaria del bipartidismo monárquico, una de las principales patas del Pacto de Estado que ha puesto en marcha la llamada Segunda Transición. Hoy, al igual que entonces, los venideros procesos electorales que marcan el actual ciclo político -locales, autonómicas y generales- adquieren carácter de constituyentes.
Pese a las enormes dificultades del momento es posible, a la par que necesario, derrotar al bipartidismo monárquico en la lucha social y en el terreno institucional. La excepcionalidad del actual periodo constituye igualmente una oportunidad para la configuración de un bloque social y político de carácter alternativo, con vocación de mayoría, capaz de confrontar con la oligarquía y de abrir por vez primera en la historia de nuestro país un proceso constituyente de auténtica base popular. La consecución de este objetivo requiere de toda la inteligencia colectiva para estar a la altura que las circunstancias históricas reclaman. Son tiempos de pasar a la ofensiva, tiempos de unidad popular, compromiso y generosidad para revertir la actual situación de emergencia social y de excepcionalidad democrática.
Por eso, la prioridad en el actual contexto es conseguir la Unidad que hoy reclama una amplia mayoría social, desde la clase media proletarizada y “precarizada” hasta los sectores más golpeados por los efectos de la crisis. Unidad en torno a la necesaria movilización y la lucha social, cuyo referente lo constituyen las diferentes “mareas”, la lucha contra los desahucios o las Marchas de la Dignidad, a cuyo éxito debe contribuir decididamente el PCE.
Y Unidad también en las instituciones, siempre con un programa ciudadano como sustento ideológico alternativo, nexo de unión, compromiso de cumplimiento y mecanismo de control. De ahí la importancia del llamamiento del Frente Cívico a las organizaciones y colectivos para conformar la Unidad en función de unos mínimos programáticos, reto que ha asumido el PCE de manera solidaria y cooperativa. Porque la Unidad está en el ADN del Partido. Ya el camarada José Díaz apelaba en 1935 a la creación del Frente Popular con las siguientes palabras: “La unión requiere formas de organización y un programa común de lucha. Todo muy sencillo, capaz de ser comprendido enseguida por todos los trabajadores y por todos los antifascistas”.
Debemos trabajar, por consiguiente, en la construcción del Bloque Social y Político desde la generosidad que debe vincular a todas las partes integrantes, comenzando por la de los/as comunistas, y entendiendo que el narcisismo político sólo conduce al aislamiento, al fracaso y al debilitamiento de las sinergias transformadoras. La Unidad Popular se construye desde la defensa de la propia identidad, pero también desde el respeto a la diversidad de los diferentes colectivos, es decir, asumiendo las legítimas diferencias entre los principales sujetos políticos.
En este sentido, la razón de ser, la esencia y la propia virtud de los diferentes procesos de convergencia puestos en marcha en el ámbito local radican en la posibilidad real de generar poder popular (que no “cupular”), más allá de la factible materialización en una posible candidatura electoral.
Avanzar hacia la consecución de todos estos objetivos es la finalidad de la nueva fase de la Alternativa Social, Democrática y Anticapitalista (ASDA) aprobada en el Comité Federal celebrado el pasado sábado 18 de octubre, y del plan de trabajo del PCE para este periodo.







