Es evidente que los estrechos lazos que unen a España con Suiza podrían contribuir a su hermanamiento. Ya en el colegio nos enseñan que se trata del país neutral por antonomasia. Una envidiada neutralidad que tiene el lujo de permitirse porque ningún país o multinacional ha tenido nunca la delirante idea de bombardear sus propios ahorros o saqueos, depositados en las más de 400 entidades bancarias que alberga el país helvético, y que gestionan más de 2,2 billones de dólares en fortunas privadas extranjeras. Se calcula que sus bancos dan cobijo a más de 50.000 millones de euros de los auténticos patriotas españoles, los que evaden y defraudan por el interés general.
Aunque analizándolo con rigor, es imposible calificar de neutral a un país que encarna lo más rancio de ese sistema económico y financiero mundial que estrangula a la clase trabajadora, albergando el dinero negro de medio mundo y presumiendo además de ello. De hecho, para garantizar su supuesta neutralidad acogen anualmente la cumbre de Davos.
El secreto bancario suizo, operativo desde 1934, es más famoso que el perro San Bernardo, el reloj de cuco o las aventuras lacrimógenas de Heidi. Por ello, las autoridades judiciales helvéticas se han amparado en su distintivo nacional para admitir el recurso presentado por el chorizo Luis Bárcenas, y han desautorizado al juez Pablo Ruz para utilizar la documentación facilitada durante las diligencias del “caso Gürtel” en el futuro juicio oral contra el extesorero del PP.
Los patriotas españoles siempre han tenido predilección por Suiza. Un ejemplo famoso, llamativo y especialmente simbólico fue el de Carmen Franco, marquesa de Villaverde, quien fue retenida en el aeropuerto de Barajas en 1978 tratando de llevarse de estranjis en el bolso monedas y condecoraciones de oro pertenecientes a su padre, el generalísimo y españolísimo por excelencia durante cuarenta años. Posiblemente un acto patriótico en agradecimiento a las autoridades helvéticas por el hecho de haber designado con su ilustre apellido a la moneda oficial suiza.
Lo cierto es que los escándalos de corrupción nos acercan periódicamente a Suiza gracias a la afición de los ahorradores españoles por invertir en sus bancos, encabezados por el ejemplar ciudadano Juan Carlos de Borbón. De hecho, la denominada lista Falciani identificó a 659 evasores patrios, entre ellos el recientemente fallecido Emilio Botín. El banquero con el apellido más acorde a su profesión no debía fiarse de la seguridad o las comisiones de su propia entidad financiera y decidió exportar los capitales junto a su gran patrocinado, el piloto de Fórmula 1 Fernando Alonso, con quien evadió impuestos a dúo.
Los desleales y desertores de España también viajan a Suiza desde los años setenta, pero sin capitales. Al contrario, van buscado el empleo que en su país de origen se les niega para intentar subsistir dignamente. Son los trabajadores y trabajadoras que la antigua dictadura y la actual dictablanda consideran irresponsables por abandonar su país en lugar de quedarse y contribuir a su necesario desarrollo. Si fuesen cubanos Rajoy les llamaría “balseros” fugitivos de la dictadura, pero estos son desertores a secas, porque aquí gozarían de los miles de puestos de trabajo que crea el gobierno y, sin embargo, deciden irse. Actualmente residen en el país alpino más de cien mil españoles, de los cuales más de un tercio son gallegos. Pero en contra de lo que pudiera pensarse, la migración a Suiza no es fruto del pasado. Por quinto año consecutivo la población española en el país ha aumentado, y sólo en 2012 fueron 10.361 los españoles que llegaron buscando empleo.
La Confederación Helvética puede permitirse seleccionar los migrantes a la carta. Aficionados al referéndum para consultar a su población sobre cualquier cosa, votaron favorablemente la imposición de cuotas de entrada a los migrantes y el fin de la libre circulación de personas. Una muestra palpable de que una cosa son los métodos democráticos y otra bien diferente las decisiones democráticas. En definitiva: los capitales pueden circular libremente pero las personas no.
Es posible que muchos suizos teman que una fuerza oculta amenace sus reservas, porque una población menor que la de Andalucía tiene en sus manos 2,3 millones de armas, sin contar las armas de caza y deportivas. Eso equivale a 46 armas por cada cien suizos, y no hablamos de tirachinas, porque muchas de esas armas son fusiles de asalto que por ley pueden agenciarse después de la instrucción militar. Los bolcheviques tenían menos material para darle la vuelta a la tortilla en Rusia.
— Y digo yo… ¿aquí no haría falta una Revolución?
— Y luego, ¿por qué me lo preguntas?







