Uno teme que la crisis política y de sociedad que vivimos conlleve la crisis de la alternativa. De momento nos oponemos a la política del poder suscitando indignaciones e ilusiones electorales, pero lo que tenemos entre manos es más grave que el porvenir electoral de una alternativa.
La puesta en ridículo de la soberanía (la popular y la que “administran” cortijeramente nuestros mandamases) y de la misma democracia, tan incapaz ya en su formalidad casposa de salvar las apariencias y tan de consenso bipartidista, (mientras los demás contemplamos como espectadores cautivos las guarrerías de la pareja que lleva la voz cantante), son dos de las principales características del actual drama sociopolítico español.
A lo peor se puede ser soberano sin ser democrático pero no parece que se pueda ser democrático sin ser soberano. Y no seremos ni soberanos ni democráticos si somos víctimas inermes del proceso de globalización y de una pretendida Unión Europea no concebida para proteger los pueblos sino para colonizarlos a favor de los intereses de las corporaciones internacionales. Unos intereses estratégicos herederos del proyecto norteamericano concebido en la Guerra Fría que supone, para nuestro futuro político, no ya un “déficit democrático” sino la desaparición de la democracia por apropiación de la soberanía popular.
Ya estamos a vueltas con la cuestión de quiénes seremos capaces de protagonizar este sujeto histórico que debe llevar adelante la lucha para recuperar la soberanía y la democracia: ¿Será una multitud ilusionada? ¿Recuperaremos la centralidad de la clase obrera, trabajadora o en paro o con salarios de pobreza? ¿Podremos readquirir la conciencia de clase posicionándonos contra el modo de producción y no solamente contra el mal gobierno?
Mientras siguen la indignación y el asombro ante el estercolero de nuestra vida pública y notoria, intentamos impulsar y dar contenido a alianzas socio-políticas contra “los de arriba”. Convergencias que no sabemos, todavía, si irán más lejos del acontecimiento electoral. Es de desear que sí, pero todavía hay mucho referente político que aclarar. Y las alianzas necesitan de un recorrido de esfuerzos comunes, convergentes y previos que deben culminar en otro proyecto de vida política por que surja otro proyecto de sociedad, por que, entre otras cosas, decidamos, con suficiente mayoría y poder, un modelo de producción que no produzca estos horrores socioeconómicos y morales que tanto nos escandalizan y tanto nos aprietan la subsistencia.
La palabra de ahora es ilusión. Y me parece bien si puede traducirse por “entusiasmo que aporta energía a la realización de una tarea”. Otra cosa sería que significase “visión no acorde con la realidad” y terminase siendo un espejismo. En cualquier caso, hay que debatir muy sensatamente sobre lo que miramos y cómo lo miramos. Y aquí viene Machado, un hombre que supo mantener una mirada serena en medio de un país y una sociedad espasmódicos en sus despertares de la siesta secular.
“Despacito y buena letra
el hacer las cosas bien
importa más que el hacerlas…
Sin embargo,
¡ah! Sin embargo,
importa avivar los remos,
-dijo el caracol al galgo-.”







