Cuando Trifón Cañamares llegó al mundo en los campos de Jadraque, el Partido Comunista en España aún no pretendía serlo. Ni él mismo llegar a ser el más longevo de sus militantes activos, con un cambio de siglo y de milenio de por medio, al alcanzar una centuria vivida.
Toda la parte épica de la formación y desarrollo de aquel partido, su partido, la vivió en paralelo, en su Guadalajara natal, ajeno a cualquier otra cosa que no fuera las tareas agrícolas y la penosa subsistencia rural que los jornaleros aún sufrían bajo la sombra de los muros del castillo del Cid: a sus diez años Acevedo y los jóvenes de la JS se escindían del partido socialista y formaban el PCE y a sus veintiuno, un personaje nuevo, alegre, de escasa estatura -como la que aún luce Trifón en la actualidad- y fuerza de líder fraguada en la lucha sindical y social, Pepe Díaz, se convertía en el eje de la renovación de la propuesta política de los comunistas españoles.
También la guerra llegó más tarde que a otros al entorno de aquel Trifón de 24 años que sólo se incorporó a su correspondiente brigada mixta una vez acabada la faena de recogida del cereal; eso sí, ya no volvió más a trabajar en el campo. Le tocó participar precisamente, durante el mes de marzo de 1937, en lo que conocemos como batalla de Guadalajara en la que se defendiera a Madrid por el este ante la ofensiva nacional proyectada desde esa provincia; bueno, ofensiva internacional, porque fue preparada por el general Mario Roatta y en ella participaron las unidades italianas con las que Mussolini ayudaba al ejército franquista: fueron cuatro divisiones y otras unidades de apoyo -35.000 hombres- que, distribuidos en 7 grupos de artillería móvil, disponían de unos 250 carros de combate, 180 cañones y cerca de 80 aviones, además de 320 camiones, material todo de origen italiano. Un alarde de tecnología bélica puntera que contó con el apoyo de material y especialistas alemanes y con tan sólo un general sedicioso español, José Moscardó, el héroe del Alcázar de Toledo, como testigo de la derrota. Porque el imberbe aún Ejército Popular republicano, junto al Batallón Garibaldi de las XII Brigada de los solidarios internacionalistas, asestaron en aquella ocasión rotundo vencimiento. De todo esto y de su vivencia personal en el éxito de la misma el documento titulado precisamente así, La Batalla de Guadalajara (Delta Film, 2007), lo recoge en un impagable testimonio del propio Trifón.
Convertido al comunismo del PCE, se quedó en el Partido hasta ahora mismo. Las generaciones más lejanas la guerra le reconocen como el militante del Pozo del tío Raimundo o como el vocero de Mundo Obrero en miles y miles de manifestaciones, actos, fiestas de la Casa de Campo y mítines desde 1977. Pero hay más, mucho más: cárcel, campos de concentración, pena de muerte conmutada; sólo hacer referencia a la importantísima función que realizó durante los años sesenta como enlace en el aparato clandestino del interior, aquellos madrileños años de Grimau y de Justo López; de Fraga Iribarne y de las comisiones obreras, en los que iba desde Vallecas, rodeando el área este de la ciudad desde lo que quedaba ya entonces de la dehesa de Moratalaz, por el cerro de la vaca hasta el barrio del Bilbao, con las consignas y documentos a las células de camaradas y a las reuniones de organización.
Por ello no fue sorpresa que al celebrar su centenario estuviera rodeado de los vecinos del Pozo y de sus camaradas y compañeros de Vallecas que le reconocían y le admiraban como ejemplo; por eso no era de extrañar la presencia de José Luís Centella o de Cayo Lara aquella tarde del 29 de junio pasado, ni la de su amigo Paco Frutos, quien tuvo las más tiernas y emotivas palabras para con el veterano. Ni la de la UJCE.
Alegre, jovial, con la templanza que los años le han aportado, pero sobre todo humilde, Trifón Cañamares sintetiza en él la grandeza del militante de base, la importancia del trabajo cotidiano y la virtud de no profesionalizar la lucha por un mundo más igualitario y en libertad.







