Es muy importante saber huir del síndrome que aquejó a Fabricio del Dongo

Waterloo

Un cambio que se hará contigo o sin ti… dada la dinámica de un sujeto revolucionario que es ya incompatible con el modelo político heredado.

Fabricio del Dongo, el protagonista de La Cartuja de Parma, la inmensa novela de Stendhal, decide incorporarse a la batalla de Waterloo, donde el emperador Napoleón, su ídolo, lucha en fiero combate contra los aliados. Llega tarde, a lomos de un caballo improvisado, oyendo desde lejos el cañoneo preliminar de la batalla. Junto a otros soldados observa en la llanura una tropilla de generales a caballo. Después otra en la que, le dicen, va el mismo Napoleón, apenas entrevisto porque en ese momento tomaba Fabricio una copa de licor. Las andanadas de la artillería son cada vez más seguidas, y se unen en un solo zumbido, como un largo trueno entre el humo y los movimientos confusos de la soldadesca. En un tramo del valle, sobre la hierba, los cuerpos múltiples de los colorados muertos. En un momento determinado, ya casi al final, se dice que tiene que entrar en combate, incluso matar a un enemigo; pero apenas sabe manejar el fusil. Al término de la batalla resulta herido leve y es retirado del campo.

Fabricio, en una hospedería no lejana, tiene que recuperarse durante quince días de sus heridas. Está orgulloso de haber llegado a tiempo a la batalla, incluso de haber participado en ella. Pero no sabe quién ha ganado. Recuerda el panorama general, los movimientos y los ruidos; se lamenta de no haber visto a Napoleón por culpa de la anécdota del licor. Pero no sabe quién ha ganado la batalla y realmente ni siquiera le preocupa demasiado. Lo importante era asistir a ella. Tampoco sabe las consecuencias de todo tipo que se van a derivar en Europa a partir de la derrota de Napoleón en Waterloo; un Napoleón que huye en aquellos momentos mientras los aliados avanzan, anunciando grandes cambios históricos.

A estas alturas son muchos los que presumen de haber estado, de una forma o de otra, en el mayo del 68 o en el 15M español. Lo importante no es que, por debajo del movimiento (me refiero al 15M) hubiera una causa de fondo, una ola, que iba a cambiar muchas cosas, inaugurando sin duda las primicias de un proyecto constituyente y, en todo caso, anunciando la carbonización de los acuerdos del 78 ante el túmulo donde se exponía el cadáver de una constitución aquejada de la enfermedad irreversible de Maastricht, el pacto de estabilidad, el artículo 135 o la cadena perpetua. Por lo visto lo importante es haber estado en el sitio. Siendo partícipes de las congregaciones en Sol, algunos han seguido abrazados a la extinta constitución, sin saber que se había puesto en marcha el tren del cambio. Un tren que pasa una vez cada mucho tiempo y que, o eres parte de él, más que simple viajero, o te encontrarás si remedio en la orilla, mientras otros son los actores del cambio. Un cambio que se hará contigo o sin ti, pero se hará, dada la dinámica de un sujeto revolucionario que es ya incompatible con el modelo político heredado.

Y ya está. No hay más por hoy. No quiero decir más cosas, salvo que es muy importante saber huir del síndrome que aquejó a Fabricio del Dongo.

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