#DelCoñoALaTumba

Matar y morir

El concepto de ‘modernidad líquida’ del sociólogo Zygmunt Bauman, interpreta el estado fluido y volátil de la actual sociedad, sin valores demasiado sólidos, en la que la incertidumbre por la rapidez de los cambios ha debilitado los vínculos humanos.

“La mente del hombre es capaz de cualquier cosa, porque está todo en ella, tanto el pasado como el futuro…” Joseph Conrad, ‘El corazón de las tinieblas’

La muerte nos rodea, nuestro día a día se ha convertido en una sucesión de imágenes bárbaras y espeluznantes. De un tiempo a esta parte nuestros sueños se han ido tornando en unas pesadillas que son más desasosegantes por cuanto son reales y ello nos aboca al peligro sin límite; a golpe de realidad nos hemos convertido en moradores alucinados dentro del mismísimo corazón de las tinieblas.

Nos apabullan esas imágenes frecuentes y desalmadas de seres a los que otros semejantes les arrebatan la vida, su única vida. Y sí, somos conscientes de que la violencia es la partera de la historia, pero lo que nos está ocurriendo ahora supone un descolgamiento hacia la muerte perpetua, la muerte que como sombra catódica siempre nos acompaña, una muerte de presencia cercana e inminente.

Los ametrallamientos, ejecuciones en masa, empalamientos, lapidaciones, crucifixiones, degollamientos, decapitaciones, bombardeos sin reglas –si es que alguna vez las hubo-, tiros en la cabeza a cañón tocante… ¿Cómo discernir siquiera de lejos las emociones y pensamientos de alguien a quien tres tipos fuerzan a que mire a una cámara instantes antes de que su cuerpo se desplome roto e inerte sobre otro montón de cuerpos ya sin vida?

En un escenario así, y cuando se tiene conciencia de que en esa ruleta jugamos todos, lo que deviene es una sociedad parapetada tras los mismos valores y esquemas de un reportero de guerra, que es vivir una existencia despojada de cualquier atisbo de certidumbre y seguridad, una existencia empotrada en un paisaje hostil alicatado de sobresaltos, una existencia, en definitiva, donde cada paso que se da siempre deja en el aire un sonido como de pisadas “sobre los cristales rotos”.

A día de hoy, con nuestros accesos a las llamadas redes sociales, medios digitales e, incluso, a los ‘mass-media’, obstruidos por los despojos humanos de tanto desastre, resulta difícil validar la reflexión del maldito Charles Bukowski: “La mayoría de la gente va del coño a la tumba sin que apenas les roce el horror de la vida”. Más bien las evidencias apuntan a que, a día de hoy, con nuestros estados e instituciones internacionales convertidos en artilugios fallidos y entregados, la impotencia se ha instalado en el montón amorfo de los que están conformes con su suerte; la suerte de no ser tú al que le pegan el tiro en la cabeza…, la suerte de ser tú el que se pone a salvo en la guarida de ‘Sálvame Deluxe’ porque, sencillamente, eres el que maneja el mando a distancia. Lástima que la suerte no se pueda almacenar…

En este estado de cosas, esa idea orteguiana -pelín pequeñoburguesa y pelín divagante- del hombre-masa, producto de una época de estabilidad platónica, ha sido reducida a cenizas por el concepto de ‘modernidad líquida’ del sociólogo Zygmunt Bauman, quien interpreta el estado fluido y volátil de la actual sociedad, sin valores demasiado sólidos, en la que la incertidumbre por la vertiginosa rapidez de los cambios ha debilitado los vínculos humanos. Lo que antes eran nexos potentes ahora se han convertido en lazos provisionales y frágiles. Es decir, nuestra preocupación suprema queda confinada en el hecho de ponernos a salvo, será por eso que morimos tantas veces antes de nuestra verdadera muerte.

Esa no deidad que fue Buda -iluminado, sensual y complaciente-, mostró que “no hay incendio como la pasión: no hay ningún mal como el odio”. A mayor gloria de su figura y enseñanzas fueron tallados allá por el siglo V dos monumentales estatuas en el valle de Bamiyan, en Afganistán central. Muchos siglos después, además de esos dos colosos, se han destruido miles de obras de arte en todo el mundo. Tan funesta como la manía de pensar, según parece, es la obsesión por truncar el más largo aprendizaje de todas las artes que es aprender a ver.

Los hombres matan y los hombres mueren, así consta en el gran fresco de la historia y en la columna de Trajano; así consta también en los cuadros que eternizan la batalla de San Romano, de Paolo Uccello, y en la fotografía de Robert Capa, la del miliciano abatido, donde la dramática verdad de la tragedia queda matizada con una equilibrada composición de imagen. A veces son detalles, pero se agradecen, ¡nada hay más triste que una muerte sin relevancia!

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