La confusión que todo lo aclara

Seguimos aceptando con mucha naturalidad el pensamiento precocinado en los medios como punto de partida para elaborar nuestras opiniones.

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El otro día, Derecha, mientras mi izquierda parecía que caminaba hacia la oficina de patentes para aclarar a quién pertenecía la marca, tuve otro raro momento de supuesta lucidez sobre lo de nuestras complicadas identidades y nuestras confusas y superpuestas opiniones. Bien es verdad que me estaba ayudando a ello la lectura de un artículo sobre el Tratado Comercial que los yanquis están tratando de imponer en Europa. Mientras los celtíberos nos rifirrafeamos en círculos concéntricos, por unas siglas en almoneda, por una convergencia entendida como ocasión de divergencia, o por unas señas de identidad que parecen rescatadas de la Torre de Babel a golpe de guasap, todo ello dramatizado con una desesperación y un disgusto que casi nos hacen olvidar la indignación de hace unos meses, nuestros amos y señores yanquis nos tratan como lo que somos y no como lo que quisiéramos ser.

El colmo es que seguimos aceptando con mucha naturalidad el pensamiento precocinado en los medios como punto de partida para elaborar nuestras opiniones. Opiniones que circulan en ensalada de guasap y tuiter moviendo más sensaciones que razonamientos. Y el acabose es que si nosotros no nos aclaramos, malamente se van a aclarar los electores y de peor manera vamos a quedar, después de las elecciones, para explicar a las gentes (si es que quieren recibir explicaciones o se conforman con las que les inducen) el cómo y el por qué estamos perdiendo una oportunidad histórica de no conformarse con ser el coro de la tragedia (en este caso, no griega sino celtíbera).

No menos curioso es que se perciba una necesidad de líderes respetables de referencia, (de buena fama no por lo que parecen querer hacer sino por lo que han hecho en el pasado), cuando parecía que la asamblea permanente iba a ser el órgano aglutinador de la voluntad popular. Pues hemos vuelto al santo por la peana y las asambleas se han visto desbordadas por la acción de aparatos. Decía algún candidato que en Celtiberia todavía hay mucho reflejo condicionado de quitarte la gorra cuando se presenta el jefe. Podría haber añadido que el problema no es tanto quitarse la gorra (que lo puede ser, si se te escapa el pensamiento propio) como el tipo de jefe que se te presenta. Y como no creo que los jefes sean marcianos infiltrados y sí carne y sangre de nosotros mismos, (como tú, Derecha), habrá que pensar que la calidad de los jefes está en relación con la de los cómplices, subordinados, siervos y pringados que lo rodean estrechamente y con el resto de gente que los mira y/o admira desde mayor o menor distancia.

Y aquí volvemos al déficit analítico (podría ser también psicoanalítico) que padecemos. Mi suegra, catalizador preferente de mis sondeos en la opinión vulgar, o sea, del vulgo, puede reprochar que Felipe González que se coloque en posiciones anti-bolivarianas, pero a quien no soporta es a Maduro hablando del pajarito de Chávez… Cuestión de perspectiva cultural. Aquí hablamos de la “Virgen, Blanca Paloma”, y casi no parece una metáfora porque hay quien la pone en relación con la bajada de las cifras del paro. O hablamos de un candidato de consenso o de unidad que vaya usted a saber cómo salió el nombre de la chistera.

Ciertamente estamos viviendo tiempos muy confusos. Esclarecedoramente confusos, porque nada sale de la nada ni por nada. Y la confusión es tan monumental que no puede disimularse y, tirando del hilo con un poco de paciencia, se van localizando todos los rotos y descosidos, precuelas y secuelas de este dramático “siete” en el fondillo de nuestros pantalones. Habíamos aguantado con “tomates” en los calcetines porque los cubría el zapato. Ahora estamos con el culo al aire. Habrá que tirar de dignidad para compensar la desnudez. Si no tienes claro del todo qué eres y la proximidad de lo que crees que te sucede te impide verte la identidad, coge distancia. Lee el Tratado de Comercio que quieren imponer los USA en sus colonias europeas y empieza a notar una pigmentación africana en tu identidad socioeconómica. En este caso, el color no importa, importa cómo te usan.

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