¿Decrecimiento o eficiencia?

Frente a la lógica capitalista del «más es siempre mejor» y la insaciabilidad inducida por el mercado, la suficiencia plantea la existencia de límites

Para no llamarse a engaño, que después vendrán las lágrimas y el crujir de dientes, conviene recordar que la ideología que está detrás de los planteamientos del Plan Integrado de energía y Clima, PNIEC 2023-2030, puede resumirse así:

Necesitamos mantener una sociedad próspera y descarbonizarla sustituyendo las fuentes fósiles por renovables, electrificando los usos finales y aumentando la eficiencia.

El PNIEC español es bastante explícito en ese sentido. Plantea simultáneamente un 48 % de renovables sobre el consumo final, un 81 % de electricidad renovable y una mejora del 43 % de la eficiencia energética. Pero, al mismo tiempo, prevé que la demanda eléctrica aumente un 34 % respecto a 2019, debido fundamentalmente a la electrificación y a nuevas demandas industriales.

Es decir:

más eficiencia + más electrificación + más renovables + más actividad económica.

¿Todos de acuerdo? Pues va a ser que no. Porque algunos rojos recalcitrantes —algunos de ellos integrados en el GEMA— nos empeñamos en introducir en el relato una pregunta incómoda:

¿Y si el problema no es solamente cómo producir la energía que necesitamos, sino cuánto necesitamos realmente?

Ahí aparece el concepto de suficiencia. Y mi amigo Jorge con su periódico de la energía en la mano.

—¡Buenas don Manoel! ¿Sabe que después de sufrir estas noches infernales en las que la temperatura prácticamente no baja, empiezo a creer que eso del Cambio Climático no está tan desencaminado?

—Buenas noches Jorge. Veo que, como yo, has venido hasta aquí buscando, sin resultado, el alivio del fresco del mar.

En las Rías Bajas, como bien saben los hijos de esta tierra y los que nos han visitado en alguna ocasión, por muy alta que haya sido la temperatura diurna, en cuanto se pone el sol en el horizonte la temperatura sufre un bajón notable. Por eso, cuando salgamos a cenar, a dar un paseo por el puerto o disfrutar de una terraza en horas nocturnas es siempre aconsejable disponer de una chaqueta ligera que algunos llaman «rebequita». Este año tal precaución ha sido totalmente innecesaria: la temperatura ha permanecido obstinadamente alta, impidiendo conciliar el sueño a una gran parte de la población acostumbrada a dormir arropada. Y esta es la situación que ha propiciado el diálogo con el que comenzamos este artículo.

—Y ya metidos en harina… ¿Qué opina usted del contenido de este artículo? —y me agrede con la hoja de un suplemento de un diario, teóricamente de izquierdas, que se hace, en letras de gran tamaño, la pregunta retórica que da título a esta publicación.

—Querido Jorge: Las palabras, como las pistolas, las carga el diablo. No hay más que ver el abuso que destacados pensadores de la ultraderecha como Ayuso o Milei hacen de la palabra libertad. Por ello, antes de entrar en materia decrecentista, y aún a riesgo de aburrirte, pasaré un breve repaso a lo que yo entiendo por una y otra palabra.

La eficiencia

—Veamos: si hemos de hacer caso al diccionario de la RAE, Eficiencia es la Capacidad de lograr los resultados deseados con el mínimo posible de recursos. Es decir, en un sentido general y riguroso —e intentando no dejarnos llevar por nuestro trastorno obsesivo compulsivo de hacer chistes de todo—, la relación entre el resultado útil obtenido y los recursos invertidos para conseguirlo. Así, la eficiencia energética, sería la aplicación específica de este principio a la mencionada capacidad de lograr resultados en la utilización de la energía y podríamos definirla como la relación entre la cantidad de energía útil[1] obtenida y la energía total consumida para proporcionarla.

—O sea el rendimiento…

—Pues no. A diferencia del concepto de rendimiento —que es un parámetro local que mide la capacidad de conversión energética de una máquina o equipo aislado—, la eficiencia energética es un concepto sistémico que optimiza el uso global de la energía en todo un proceso, en una instalación o en un servicio.

—¡Pues sí que las carga el diablo! —Me dice ya un poco desesperado.

Sigo explicándole que en los sistemas físicos y tecnológicos, este valor adimensional siempre es inferior a la unidad debido a las pérdidas inherentes del proceso, principalmente asociadas a la disipación térmica y a las irreversibilidades termodinámicas, y que desde una perspectiva técnica, la eficiencia energética no se limita estrictamente a una reducción pasiva del consumo —que podría lograrse simplemente disminuyendo la actividad—, sino a la optimización de los procesos de conversión y uso de la energía para maximizar el rendimiento por unidad consumida, minimizando las pérdidas en la generación, el transporte, la distribución y la utilización final.

El Decrecimiento

—¿Falta mucho para llegar a lo del Decrecimiento?

—A ello vamos. Esta vez sin ayuda del diccionario de la RAG que está ocupado en otras cosas.

—¿Cómo por ejemplo admitiendo como buenas las palabras de simpa, bocachancla o chundachunda?

—Por ejemplo. El decrecimiento —o mejor el decrecentismo— podríamos definirlo como el conjunto de corrientes de pensamiento que plantean soluciones a la destrucción de la naturaleza a través de la crítica al crecimiento. Con este marco encontramos corrientes decrecentistas que van desde la impugnación del capitalismo hasta modelos que plantean un capitalismo en decrecimiento. Generalmente utilizamos Decrecimiento cuando queremos definir la acción, y Decrecentismo para definir el marco conceptual, doctrinal y crítico, y el movimiento político que argumenta por qué esa reducción es indispensable para la sostenibilidad de la vida de la especie humana en el planeta.

—¡Me perdí!

—No me extraña: creo que no estoy siendo muy claro…

Toca hablar ahora de los objetivos políticos del decrecentismo: la urgente reducción del impacto ambiental de las actividades humanas, generalmente viene acompañada de mecanismos de redistribución de la renta y la riqueza dentro de los países y entre países, y el fomento de un cambio de los valores materialistas a una sociedad convivencial y participativa.

—Hablar de decrecimiento implica afrontar el conjunto de la economía mundial, eso lleva a que algunos estudios del decrecimiento aborden problemáticas como el imperialismo, el productivismo y el utilitarismo.

—Si le he entendido bien no se trata de elegir entre eficiencia y decrecimiento. Más bien se trata de decidir dónde queremos situar el límite: en la cantidad de energía que podemos producir, en la cantidad de recursos que podemos extraer o en la cantidad de necesidades que estamos dispuestos a considerar imprescindibles.

—Virtud tuya si has conseguido entenderlo con lo poco que he conseguido explicarte. Para los gurús del «Capitalismo Verde» institucional, la eficiencia es la gran esperanza blanca. Nos dicen que siempre aparecerá en el momento preciso, una tecnología de mayor eficiencia que nos permitirá desacoplar el crecimiento económico del consumo de recursos. En una palabra: producir más gastando menos.

—Pero eso tiene trampa…

—¡Desde luego! Desde la perspectiva científica en general, y la segunda ley de la termodinámica en particular, la eficiencia a secas es una trampa si no va acompañada de la suficiencia.

La suficiencia

—¡Mi madre! ¿Otro «palabro» más?

—¿Recuerdas que habíamos hablado de la reducción planificada y democrática de la producción y el consumo? Pues la suficiencia es precisamente el umbral óptimo en el consumo, la producción y la posesión de bienes: el punto en el que se cubren plenamente las necesidades materiales para una vida digna y plena, sin caer en el exceso ni en la acumulación superflua.

Frente a la lógica capitalista del «más es siempre mejor» y la insaciabilidad inducida por el mercado, la suficiencia plantea la existencia de límites tanto por defecto —la privación que es preciso erradicar— como por exceso —el derroche que hay que eliminar. Se sitúa, pues, en el centro exacto del equilibrio entre la escasez y el desperdicio.

Si consideramos que la Política debe ser el arte de tejer el bien común a través de la palabra y el acuerdo, y no una competición de truhanes por ver quién consigue decir la tontería esférica más disparatada, hay tres puntos clave a favor del establecimiento de esta suficiencia:

1. La Paradoja de Jevons.

Formulado por el economista William Stanley Jevons en fecha tan temprana como 1865, basándose en la observación de que, a medida que las máquinas de vapor se hacían más eficientes y consumían menos carbón por unidad de trabajo, el consumo total de carbón de Inglaterra no disminuía, sino que se multiplicaba. La eficiencia no actuó en el sentido esperado sino en el contrario.

¿Por qué? Porque al ser más eficiente, el uso del vapor se volvió más barato, se aplicó a muchísimas más industrias y la demanda global se disparó.

—¡Cosas del pasado, don Manoel!

—¿Tu crees? Los motores de los coches actuales son infinitamente más eficientes que los de los años 80. Pero eso ha servido para hacerlos más grandes, más pesados, con peor coeficiente de penetración… Aunque hubiera las mismas unidades el consumo total sube; no baja. La eficiencia puede abaratar el consumo de un recurso y, precisamente por ello, estimular un consumo mayor de ese recurso. Por eso digo que la eficiencia tecnológica, sin un límite político o social, sin la suficiencia, no vale de nada.

2. Las leyes de la Termodinámica

La eficiencia tiene un techo infranqueable dictado por las leyes de la termodinámica. No solo no existe el rendimiento del 100%, sino que la práctica totalidad de nuestras tecnologías de conversión energética — paneles fotovoltaicos, aerodinámica de las palas de un aerogenerador, ciclos combinados de gas, etc.—   están ya prácticamente en sus máximos de optimización posibles.

La fe ciega en la «eficiencia futura» es absurda porque no es posible descubrir una tecnología que viole la entropía.

3. Otro palabro olvidado: la Resiliencia

En ingeniería de sistemas de potencia, una red super optimizada para conseguir la máxima eficiencia es también inexorablemente una red frágil. Maximizar la eficiencia supone reducir los márgenes de seguridad, eliminar todas las redundancias y, en general, adoptar todas las medidas tendentes a abaratar costes y maximizar el rendimiento instantáneo. Esto provocará que el riesgo de colapso del sistema aumente dramáticamente, al disminuir su resiliencia[2], su capacidad para absorber perturbaciones, resistir impactos y adaptarse o reorganizarse sin perder su estructura básica ni sus funciones esenciales.

Para terminar

El decrecimiento propone cambiar el objetivo: pasar de buscar la máxima eficiencia —producir lo máximo con el mínimo recurso en un entorno ideal— a buscar la resiliencia y la suficiencia —sistemas mucho más robustos y adaptados a los límites establecidos.

Que no es que la eficiencia sea mala —al contrario, aprovechar cada vatio es vital—, sino que la eficiencia sin suficiencia no arreglará nuestros problemas. Si mejoras la eficiencia de una central o de un proceso industrial, pero usas ese ahorro para seguir ampliando el tejido productivo, el impacto neto sobre la biosfera seguirá siendo destructivo. Para el ser humano; al planeta se la traemos al pairo: una extinción más.

Notas:

[1] Empleamos el concepto «energía útil» en lugar de «trabajo» porque desde el punto de vista de la termodinámica, el concepto de trabajo implica desplazamiento, lo que excluye explícitamente al calor.

[2] La resiliencia de un sistema es un proceso dinámico que se sustenta en tres dimensiones clave:

—La capacidad para soportar el esfuerzo inicial minimizando los daños y manteniendo la estabilidad operativa básica frente a situaciones críticas.

—Adaptabilidad para operar de manera eficiente bajo condiciones imprevistas o cambiantes.

—La facultad de evolucionar hacia una configuración completamente nueva si el entorno anterior deja de ser viable, asegurando la continuidad a largo plazo.

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