Ahora en Común nació con la vocación de confluir con otras, de construir frentes comunes, de reproducir en el ámbito estatal los éxitos de las candidaturas municipalistas que en mayo de 2015 nos mostraron un camino posible, en lo que hasta entonces parecía inalcanzable: la toma del poder. Al menos el poder político formal en las instituciones.
¿Sólo eso? Evidentemente no.
Sabemos y sabíamos que el poder real a veces se encuentra lejos de las instituciones (aunque estas siempre lo retengan en algún grado), que las oligarquías financieras y las élites extractivas patrias y europeas dictan lo que gobiernos, convertidos en simples gestores de sus intereses, o directamente en cómplices, aplican sobre las clases populares con la retórica de la necesidad que impone el pensamiento único neoliberal. Por eso sabemos que la toma del poder formal, es condición quizá necesaria, pero seguro no suficiente.
Por lo tanto, éramos y somos perfectamente conscientes de que además de una candidatura unitaria que defendiese los intereses de las clases trabajadoras y populares recogiendo lo mejor de las tradiciones de izquierda e incorporando además el ecologismo y el feminismo, necesitábamos ser, ante todo, una plataforma de movilización y una herramienta de transformación social ante un capitalismo desbridado que agudiza las injusticias y brechas sociales y que financiariza, no ya los ámbitos de la vida que antes quedaban fuera de la lógica del mercado, como los servicios públicos y los bienes comunes, sino la vida misma.
Así que retomando las luchas del pasado y tratando de conectarlas con las del presente para ganar estas y las del futuro, empezamos a caminar con la intención de devolver (si alguna vez fue suya sería otro interesante debate…) la democracia arrebatada al pueblo por los poderes económicos y financieros y los intereses de unos pocos. Devolver los derechos y libertades, las conquistas sociales y laborales conseguidas con sangre sudor y lágrimas por los que precedieron.
Nos exigimos para ese camino un escrupuloso y ambicioso respeto a las formas democráticas radicales y participativas. Primarias abiertas, transparencia absoluta. Cumplidas no a veces sin dificultad, pero siempre con la máxima honestidad. Nos dejamos compañeras en el camino. Pero seguimos caminando hasta las pasadas elecciones del 20 de diciembre. Fue una Campaña heroica. Convertidas ya para entonces en “Unidad Popular”.
UNIDAD POPULAR terminó siendo la trinchera en que nos encontramos todas las que creíamos en la necesidad de presentar una alternativa común. Casi una decena de partidos políticos, muchas personas procedentes de luchas sociales y sindicales, de movimientos sociales de lo más diverso…Todas esas personas se convirtieron en compañeras de trinchera, y como en una trinchera; donde sabes que tu vida está en manos de tus compañeras y las suyas en las tuyas, lo último que le preocupó a nadie es de dónde venía cada cual. Porque lo que importaba es que estaban ahí. Contigo. A tu lado. Luchando.
Ninguna de ellas pidió referencias, un carnet, ni la abjuración o el abrazo de ninguna fe. Y esta es la razón por la que a lo largo de la campaña electoral previa al 20D tuvimos que repetir tantas veces la no pertenencia a esta o aquella organización política, no para desmarcarse de dicha organización sino justamente al contrario, para subrayar la amplitud, riqueza y pluralidad de la “trinchera” en la que estábamos -en la que estamos- luchando juntas.
Pero toda esta realidad, a los grandes medios convertidos en los árbitros últimos del acceso a la existencia social y política, no les ha interesó. Incluso todo lo contrario. Puede ser perturbador. Como perturbador es lo que no se encuadra en el orden de lo conocido. En el orden de lo establecido. En el orden.
Durante la pasada campaña solo nos nombraron correctamente, si acaso los últimos días en los que nos quedábamos ojipláticas si (por lo que parecía ser una sorprendente e inesperada conjunción astral favorable) además aparecía el logo de Unidad Popular. Y por supuesto de encontrar el más mínimo rastro o referencia a que éramos la confluencia de una decena de partidos, movimientos sociales y muchísimos independientes.
Y así es como sentimos, en propias carnes, la fuerza de los colosales instrumentos de mantenimiento del orden simbólico. Se podrá pensar que esta es una queja más de a quien no han salido (por injustas que sean) las cuentas. Sin embargo no es así. No estoy hablando de nuestra invisibilización, exclusión y resto de cuestiones ya de sobra conocidas y reconocidas. Estoy refiriéndome aquí a la condena a la inexistencia de los diferentes procesos (nos solo el nuestro) que se dieron con mayor o menor amplitud y éxito siguiendo el modelo ganador de las últimas municipales. La pregunta es ¿sólo los hemos experimentado nosotras? A primera vista pudiera parecer que sí. No obstante, desde los mismos momentos del recuento de los votos, y el reparto en escaños y grupos, al imputar los obtenidos por las diferentes confluencias territoriales de forma homogénea a un solo grupo político de los varios y variables que las conforman, negando su verdadera naturaleza y sentido, se estaba ejerciendo sobre ellas la misma fuerza de mantenimiento del orden simbólico. Estaban también sufriendo los efectos de la violencia simbólica que invisibiliza y neutraliza de nuevo lo que perturba lo establecido. Al sistema vigente.
La violencia simbólica, se ejerce con la complicidad tácita de quienes la padecen y muchas veces de quienes la practican en la medida en que unos y otros no son conscientes de padecerla o de practicarla. Su resultado es la reproducción de las estructuras de poder. Justamente el objetivo inverso al del cambio político que defendemos.
Cómo hemos llegado hasta aquí
Tras las pasadas elecciones del 20 de diciembre, al tratar de describir la situación en la que nos hallábamos en Unidad Popular, recordé las palabras pronunciadas hacía más de una década en una entrevista para el diario La Nación por José Saramago. En aquella entrevista, la periodista primero contextualizaba con la afirmación “usted que se define como comunista libertario”…tras lo que formulaba “¿se siente un superviviente?” y Saramago respondía:
“Yo me considero como el náufrago de un barco que se hunde. Uno está a punto de ahogarse, pero hay una tabla a la que se aferra. Es la tabla de los principios. Todo lo demás puede desmoronarse, pero aferrado a ella, el náufrago llegará a una playa. Y después, con esa tabla podrá construir otro barco, evitando cometer los errores de antes. Con ese barco intentará llegar a otro puerto.”
Y apuntillaba: “es una metáfora”.
Una metáfora muy oportuna para quienes han tenido una dura travesía y sin prescindir de sus principios y valores deciden, decidieron, decidimos, continuar navegando, seguros como estábamos, y seguras como estamos de llevar rumbo correcto.
Y eso es lo que desde el 21 de diciembre hicimos. Seguir navegando. Teníamos la brújula, el sextante y el mismo mapa que nos decía claramente dónde se encuentra el puerto que perseguimos. El resultado fue un trayecto coherente, y el aprendizaje que solo nos da el camino, el movimiento atento de quien no solo presta atención al recorrido propio, sino también al paisaje recorrido. Y el paisaje, sin duda, tenía mucho que mostrarnos.
Bastaron cuatro meses para situarnos ante la realidad, ante la necesidad, ante la obviedad –de nuevo- de colaborar con otras para defender las necesidades acuciantes de las clases trabajadoras del estado español. Desde la coherencia, intentamos incluso acercar posturas y pactar un programa de mínimos con los ahora socialdemócratas, ahora socioliberales del PSOE, para que la moneda cayera del lado de la socialdemocracia. Fue un intento fallido; la pretendida socialdemocracia prefirió aliarse con la nueva derecha y la filosofía económica que se obstina en seguir haciendo pagar la crisis a las clases populares, lo que por supuesto no es casual pues se traduce en grandes beneficios para unas élites cada vez más prosperas. Continuación, al fin y al cabo, de las políticas ejecutadas en lo fundamental por el PP en los últimos cuatro años, con el que no por casualidad votan al alimón en Bruselas en más del 70% de las ocasiones.
¿Y ahora qué?
Así que nos encontramos ante la responsabilidad política de buscar un vía de construcción de, como mínimo, un gobierno de resistencia. Devolver los derechos y libertades a la ciudadanía. Derogar la ley mordaza, las reformas laborales, la LOMCE, revertir las privatizaciones encubiertas de la sanidad pública… Mejorar la vida, en definitiva de millones de personas y asegurar una vida digna para las clases populares de este país.
Y lo hemos hecho buscando la intersección de los Programas de todas aquellas fuerzas que comparten ese objetivo. Con generosidad y sabiendo que hemos renunciado a muchas cosas en el camino, pero no a nuestros respectivos proyectos políticos, ni a nuestras identidades, y seguiremos defendiéndolas aunque no sea lo que prioricemos desde un gobierno conjunto.
Esta vez se trata de ganar el país y devolver la dignidad, los derechos y el futuro a los hijos e hijas de la clase trabajadora.







