Ya sé que el programa de mínimos suscrito por IU y Podemos deja fuera del acuerdo todo lo relativo a la OTAN, con libertad para cada organización de defender sobre este particular su propio ideario político, dado que en este aspecto, y en otros, las divergencias son importantes entre ambas organizaciones.
Pero en estas circunstancias, colocar al frente de una candidatura electoral de “unidad” a un militar, estrechamente vinculado en su carrera con esa organización, no deja de ser inquietante por varias razones y, entre ellas, por la persistente continuidad del quehacer político jugando con las palabras. Los subterfugios del tipo «OTAN, de entrada no» no han sido abandonados.
Parece que conservamos la obediencia que los católicos más tradicionales tienen hacia sus obispos y sus Papas. «Doctores tiene la Iglesia», se justifican ellos. Pero esa costumbre de doblegarse ante los que mandan también anida, según parece, en quienes se presentan como rebeldes iconoclastas (ni dioses, reyes ni tribunos…, ni pitufos ni obsoletos…).
Estamos en un momento político en el que las clases populares están reaprendiendo, con mucho esfuerzo, a organizarse en las instituciones que se han ganado a través de muy laboriosos procesos de convergencia socio-política y en organizaciones de confluencia que tratan de superar los viejos vicios que arrastraban los «aparatos» sindicales y la izquierda instalada dentro del marco de la democracia del 78, una democracia tramposa en sus formas y limitada en sus horizontes con la que resulta muy difícil conseguir conquistas sociales y políticas que realmente se enfrenten a los intereses del Sistema.
Nos proponen nuevos liderazgos, nuevas fórmulas participativas y distracciones y morbos políticos: tratamiento mediático de la corrupción, de los nacionalismos, de la cuestión migratoria, de los refugiados. Ahora mismo, mientras se nos aparece espectacularmente el dedo que señala a los que van a ser elegidos, nos presentan el “culebrón” de las candidaturas como episodios de una política de fichajes y a Venezuela como “off shore” de la financiación de los radicalismos, una actualización burda del famoso “oro de Moscú”… pero nos atan con tratados internacionales que lo mismo te meten en una guerra imperialista como te hunden la economía local, incluso la muy proclamada «marca España», en beneficio de las corporaciones internacionales… Y los «marines» en Rota…
Estas fueron las condiciones del famoso referéndum perdido: la participación no incluía la incorporación a la estructura militar, se mantenía la prohibición de instalar, almacenar o introducir armas nucleares en territorio español y se reduciría progresivamente la presencia militar de los EE.UU en España. Esas condiciones fueron radicalmente modificadas por los siguientes gobiernos vulnerando el referéndum; esto es, estafando a los que votaron sí.
Aznar nos incorporó a la estructura militar. Se anuló la prohibición de instalar armas nucleares y no solo no se ha reducido, sino que se ha incrementado la presencia militar de EE.UU en España.
Fuimos títeres de los intereses de EE.UU en Afganistán e Iraq, y víctimas de las consecuencias de esas acciones. En el fondo de todo están los intereses geoestratégicos norteamericanos, el control del petróleo en Oriente Medio y de las materias primas en África.
Disponer de la colaboración (¿en qué sentido?) de los expertos en el tema no presupone la necesidad de “colocarlos” como representantes políticos del pueblo. Por mucho que el ciudadano Rodríguez se haya caído de su F18 como Pablo (de Tarso) de su caballo.
Por cierto, espero y deseo que el “affaire Rodríguez” se viva y resuelva como una situación agonal y no polémica, como matizaría cualquier teórico de las guerras y los conflictos. Y que el protagonismo mediático del Sr. Rodríguez no nos distraiga del debate sobre la política exterior que sufre este país tan escasamente soberano.







