Aitana Alberti León quiere estar en la fiesta anual del PCE. “Para ti, niña Aitana… este ramo de agua”. Aitana, según Rafael Alberti, quiere decir, en árabe antiguo, “agua pequeña”. Pero era una sierra la que inspiró su nombre, aquella que a lo lejos vieron Rafael y María Teresa cuando dejaron España.
Lo que pasa es que resulta más fácil en este país hablar de una sierra que de una mujer. A una sierra hay que describirla. A una mujer hay que explicarla. Y este país es un gran especialista en hacer desaparecer las mujeres, en hacerlas carne traslúcida, cuando no animales de compañía. María Teresa León sabía muy bien que son más peligrosos los silencios que las balas del enemigo. Los silencios y los codazos. Hay que ver los codos tan poderosos que tenían los hombres de la llamada Generación del 27, bien situados, apretaditos y solos, tan de negro hasta los pies vestidos, en aquella fotografía del Ateneo de Sevilla.
Aitana quiere volver de nuevo a España, volar desde La Habana con la antología poética, Amazona en la Centella, que se propone editar Atrapasueños. Quizás es un libro triste, que plantea sin decirlo vacunarse del silencio, pero es, sobre todo, un dardo vibrando en el espacio, que “rasga en dos la tarde/ creyendo ser la flecha”, y que lucha por no caer cerca: “no impongas/ un vuelo corto al canto de mi boca”.
Aitana viene de una durísima historia, de exilio e invisibilidad. Esa violencia seca de trasterrar a la gente o de darle una historia traslúcida a las mujeres. Por eso su libro es triste, pero no canta derrota todavía, aunque anuncie la voracidad de las guerras: “Imposible asegurar/ que la próxima primavera/ no asesine a los pájaros”. Un libro que da un gran salto entre dos polos definitorios: el de 1954 en el Mar del Plata bonaerense y el de la denuncia de la guerra, en forma de parte poético, de tinta que se hiela en las venas en vísperas del iraquicidio. Salta desde el “Currículum”, donde cita a un Alberti que habla de la hija de los desastres, hasta las vísperas de la guerra de Iraq. Y no es un salto clásico de la paz a la guerra. Es otra cosa. Es el salto desde la batalla por saber contar su propia historia, hasta saber contar desde el corazón (que tiene 40.000 neuronas) la historia desangrada de los demás. Aitana tiene que aprenderse este nombre cada día: María Aitana Carmen Margarita; y sabe que tiene que hacerlo para poder decir solo Aitana al final. Lo dice, pero resuena en un páramo desértico donde las cabras ramonean sombras antes del ataque del “carroñero maldito/ mil veces maldito”, y después de aprender que la pestilencia de los pobres no cotiza en bolsa.
En definitiva: Aitana, pese al inmenso dolor, sabe renunciar al final feliz que le dicta el capitalismo posmoderno, y sabe cambiarlo por un manifiesto que señala con un puntero de luz el mapa de un dolor con causa. Señala esa causa. Por eso le dedico estas palabras. Para ti, niña Aitana, este ramo de agua.







