Marcos Ana

Marcos Ana era un árbol bueno. El mejor de los árboles en éste páramo desierto.
Foto: José Camó

Si me preguntaran cómo es un árbol, no dudaría en decir Marcos Ana. Y no por el título de su libro, sino porque él era así, como un árbol.

Un árbol alto, fuerte, frondoso que ni el viento, ni la sequía han logrado derribar. De sombra generosa que, en el calor del estío, invita al amor o al pensamiento. De ramas poderosas bajo las que guarecerse del aguacero de invierno. De hoja, eso sí, perenne, no vaya a confundirse la desnudez otoñal con rendiciones o la venida de la primavera con falsos espejismos.

Árbol sabio, consciente de su necesaria e inalterable presencia.

Pero sobre todo, Marcos Ana era un árbol bueno. El mejor de los árboles en éste páramo desierto.

Y aún hoy, con la tristeza de su verdor apagado, quedarán por siempre sus raíces, ejemplo y alimento de otros árboles que, como él, darán vida a un mundo nuevo donde el sufrimiento de la humanidad pertenezca a un mal sueño del pasado.

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