El referéndum se ha forzado contra la mayoría de la población

No es una revolución, pero…

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El movimiento independentista en Cataluña alcanza un punto de inflexión en el supuesto referéndum del 1 de Octubre. Estas líneas están escritas antes de esa fecha, y por tanto desconociendo su resultado; y justo por esto es un buen momento para dar elementos de anàlisis.

Primero.-

Se trata de un referéndum inaceptable, y por ello la única consigna justa era la del rechazo y la abstención. No se trata tanto de la ilegalidad de la convocatoria ni del rechazo del gobierno Rajoy – factores externos a la política catalana, sino del carácter minoritario y vanguardista del proceso. Los partidos promotores fueron a las últimas elecciones catalanas de septiembre de 2015 con un programa que ya daba el referéndum por hecho, y que afirmaba la voluntad de una proclamación inmediata y unilateral de la independencia.

Pero su apuesta fracasó: la lista “única” de Junts pel Sí obtuvo menos del 39 % de los votos. La adición posterior, tras duras negociaciones parlamentarias, de las “Candidaturas de Unidad Popular” representaba un 9 % adicional de votos. Mayoría parlamentaria, sí; pero fracaso en apoyo social: menos de la mitad de los votantes habían votado por esas fuerzas (en las elecciones que han registrado mayor participación en Cataluña: 78 %, el máximo de toda la etapa democrática).

El referéndum se ha forzado contra la mayoría de la población, en un debate parlamentario que excluyó los derechos de la oposición (no se pudieron presentar enmiendas a la ley de referéndum ni a la denominada “ley de transitoriedad”). Eso lo invalida, y no solo su ilegalidad.

Segundo.-

El referéndum no se puede comprender sin el despliegue propagandístico conducido en los últimos cinco años, y que hay que considerar como una ofensiva sin precedentes. Toda la programación de los medios de comunicación públicos, todos los medios audiovisuales privados, casi toda la prensa, han martilleado durante cinco años “España nos roba”, “España es una dictadura”, “Tenemos derecho a irnos”. No importa que las televisiones de ámbito estatal tengan en su conjunto mayor audiencia que los canales catalanes; las televisiones españolas operan en orden disperso y sin coordinación en sus contenidos; en cambio, lo que ha dado potencia y éxito a la campaña propagandística ha sido su coordinación, su sabia organización y conducción – no es casualidad que en la cabina de mandos del “procés” haya un grueso considerable de comunicadores, periodistas, expertos en comunicación, etc.

¿Significa esto que todo se ha tratado de un montaje conducido desde el Gobierno de la Generalitat? No, ni mucho menos: el amplio apoyo social puesto de relieve en las manifestaciones anuales del 11 de septiembre ha mostrado, no solo la extensión del movimiento, sino su carácter fuertemente auto-organizado, incluso espontáneo. Los grupos locales, las entidades, buena parte del tejido asociativo, han orbitado hacia la propuesta separatista, la han hecho suya y la han difundido, amparándose en un dato esencial: el mensaje del gobierno Mas, primero, y Puigdemont, después, de que la independencia era un proyecto indispensable para la supervivencia de Cataluña; políticamente viable; y sin costes importantes, e incluso con beneficios potenciales muy importantes.

Así, por ejemplo, el gobierno que ha perpetrado los recortes más duros en servicios sociales ha tenido éxito en presentar esos recortes como imposiciones “de Madrid”, que serían eliminados en una Cataluña independiente.

Tercero.-

Con perspectiva, el papel jugado por las organizaciones sociales y políticas de la izquierda debe juzgarse con severidad. Con pocas excepciones, se trata de organizaciones con unos niveles de elaboración política y de implantación social limitados. Ese dato no es solo catalán: es una realidad española. Pero el hueco que han dejado ha sido cubierto a lo largo de los años por el discurso nacionalista; discurso que, aunque lejano a los valores políticos y morales del movimiento obrero y de las izquierdas, tiene elementos de movilización y de valores colectivos que pueden operar como sustitutivo. E incluso han aparecido colectivos que, radicalizando estos elementos populares, han pretendido definirse como los más a la izquierda, los más populares, los más críticos con el orden establecido.

Esa hegemonía del nacionalismo es lo que le ha permitido absorber el impacto del 15/M, y dificultar su traducción política. En un primer momento, el 15/M catalán había constituido un rival fortísimo contra los gobiernos Mas: baste con recordar su entrada en helicóptero al Parlament en junio de 2011, para poder llegar a la sesión en que se aprobaban sus presupuestos (con el apoyo, no se olvide, del PP catalán); o bien el éxito de movimientos como la Plataforma contra los desahucios, que dio un papel clave a Ada Colau.

El “procés” le ha servido al nacionalismo oficial, de los Pujol – Mas, como un amortiguador contra el impacto de los movimientos críticos. Por una parte, absorbiendo sus estilos y maneras (populismo, grandes concentraciones ciudadanas, desaparición de los “políticos” de la primera línea, etc.); y en segundo lugar promoviendo discusiones y debates internos en el seno de esas organizaciones sobre la cuestión de la independencia. Ya es sabido que el PSC ha perdido más de la mitad de sus efectivos, tras múltiples vacilaciones y divisiones internas; pero lo mismo ha sucedido en los grupos situados a su izquierda. ICV vivió un proceso interno difícil, y ha acabado desembocando en un proyecto indefinido junto al grupo Ada Colau y otros grupos locales de izquierda radical; la sección catalana de Podemos está plenamente incorporada al “procés”; y la estrategia de EUiA ha seguido la misma línea. (Vale decir que los datos de opinión pública han mostrado, de modo consistente, que entre los seguidores y votantes de esos partidos, más del 70 % rechazan la hipótesis independentista; pero ya es un dato ilustrativo sobre sus prácticas organizativas y su democracia interna cómo esas voces y esas posiciones raramente aparecen entre sus portavoces).

El mundo del gran sindicalismo de clase merecería una reflexión aparte, para lo que no hay espacio aquí. La abducción de UGT por el mundo independentista, y la creencia de CC.OO de que debía mantener, a toda costa, la unidad sindical en el contexto de la crisis, llevó a los sindicatos a adoptar un papel, como mínimo, de espectadores, y frecuentemente de colaboradores, en organismos como el Pacto Nacional por el Derecho a Decidir o el Pacto Nacional por el Referéndum.

En pocas palabras: el buen pueblo de izquierdas, los trabajadores, las víctimas de la crisis, se han visto desatendidos (y tal vez la expresión queda corta) por las fuerzas políticas y sindicales que deberían haber sido su refugio y su cauce de expresión y defensa.

A la inversa: el “procés” independentista no ha les ha dado voz. El análisis de clase, que debería ser un ejercicio irrenunciable para el movimiento obrero, muestra que el “procés” es esencialmente un movimiento de las clases medias y medias bajas: comerciantes, profesionales, agricultores constituyen su núcleo esencial. Tienen una presencia completamente predominante en las zonas rurales y más alejadas de los núcleos urbanos, y los estudios de opinión efectuados por el “Centre de Estudis d’Opinió” (el CIS catalán) muestran que el apoyo a la independencia crece con la edad; crece con el nivel de rentas; y está vinculado al origen territorial de la familia de los encuestados.

Cuarto.-

Por esto no hay que creer en la última cabriola argumental de los dirigentes del “procés” y de sus simpatizantes: que la clave del movimiento sea la reacción contra los excesos represivos y el carácter autoritario del PP; o que, ya puestos, sea la oportunidad decisiva para liquidar el “régimen del 78”. Es cierto que el PP y sus antenas (desde los medios de opinión conservadores hasta la Fiscalía General del Estado) han desplegado un exceso de medios represivos: ¿a qué interrogar a 720 alcaldes? ¿Para qué censurar o interferir en los medios de comunicación? Pero convendría preguntar a los fautores del proceso qué esperaban: ¿seriamente creían que el gobierno central asistiría impasible a un proceso de secesión unilateral?

Sean cuales sean los límites e insuficiencias de la estructura social y política española actual, que nadie ha denunciado más que MUNDO OBRERO, hoy el proceso objetivamente está dificultando el cambio; no está facilitando que se ponga en marcha una coalición mayoritaria que permita transformar las estructuras y cambiar las políticas imperantes en nuestro país. Y, al contrario, empieza a reaparecer un inquietante nacionalismo español.

Para que el cambio sea posible será indispensable que las izquierdas, y muy en primer término las izquierdas catalanas (pero también las madrileñas), superen su fascinación por el “procés” y, en cambio, sean capaces de poner en marcha un amplio movimiento de transformación que aborde a la vez la cuestión nacional – territorial, las reformas institucionales y los cambios de políticas que hoy son necesarios: esos tres ejes de cambio son uno solo. Hoy eso puede empezar a ser posible: hoy es posible empezar a avanzar por la senda federal.

Federalistes d’Esquerres

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