Ahora que las ocurrencias y las emociones se desparraman por las redes sociales pero los argumentos mucho menos, ahora que miramos más las pantallas que los rostros de nuestros vecinos interlocutores, ahora que vuelve la famosa consigna de “Unidad, unidad: Tú por aquí yo por allá”, ahora que se nos ha muerto Erik Olin dejándonos la recomendación de intentar resolver “el problema general de elaborar alternativas institucionales creíbles a las estructuras existentes de poder y privilegio”… vuelvo la mirada a las gentes de mi barrio y a la fascinante yuxtaposición de formas de practicar la vida de la ”polis”.
Y resulta que tenemos de todo: migrantes de Toledo, de Extremadura, de Andalucía, de Africa, América y Asia, asociaciones, foros, asambleas transversales, asambleas vecinales, mesas de trabajo, oficinas del Sur y del Sureste, mediadorxs, dinamizadorxs, vocales vecinxs, organizaciones políticas con afiliados y sin militantes, sedes despobladas, militantes que no son simpatizantes, simpatizantes no censados, aparatos sin partido, lenguaje (a duras penas) inclusivo, presupuestos participativos y un altavoz ambulante. Me explico:
Nosotrxs somos muy clásicxs. Para anunciar un acontecimiento, un evento o una reivindicación hay que pegar carteles y hay que pasar la megafonía. Porque la brecha digital obliga y la costumbre recomienda. Bien es verdad que la vanguardia sociopolítica del barrio se deja las huellas dactilares dándole al Smartphone en una “poetry slam” que tiene más de reenvío que de creatividad. Pero la comunicación vecinal se basa en el cartel y la megafonía. Lo que pasa es que no nos hemos quedado al nivel del afilador o del tapicero. Nosotros practicamos, apoyados en tecnología más moderna, la megafonía de proximidad: un altavoz autoamplificado y autónomo en un carrito de la compra y pasear las calles haciendo sonar una grabación. Pero ni el pen drive y su contenido ni el altavoz, incluso con luces de discoteca incorporadas, ni la magia de la USB, son las piezas fundamentales de la operación. El éxito comunicativo se asegura con alguien que tira del carro (obviedad nada postmoderna) y otro que tiene que ser persona conocida y respetada por los vecinos porque se dirige a ellos de viva voz o por señas y les indica que pongan atención al audio. Y si se tercia emprende una arenga para subrayar la importancia de la convocatoria y establecer una especie de chantaje sentimental que obliga a la asistencia de lxs interpeladxs. Antes los llamaban “agitadores a sueldo de Moscú”. Ahora son influencers (analógicos).







