Somos muchos-as los comunistas canarios que pensamos que la nueva normalidad de la que todo el mundo habla, y (casi) todos esperamos que sea distinta a la normalidad que sufríamos antes de la irrupción del Covid-19 en nuestras vidas y haciendas, sea realmente eso, nueva.
La nueva normalidad en Canarias implica tener en consideración que el archipiélago es de las comunidades autónomas españolas más deprimidas económicamente, donde la miseria más se ha enseñoreado, donde la desigualdad social es más indigna e indignante, donde la pobreza infantil remueve el corazón (a quien lo tiene operativo) con más fuerza, donde las cotas de desempleo son más dramáticas, donde, por cierto, la cesta de la compra es la más cara del Estado español (¿cómo se come eso?) y, en general, la diferencia entre el modo de vida de las clases sociales es más pronunciada, más injusta. En los hogares canarios (el o la que lo tiene, claro, y no vive en una infravivienda, gracias a la carestía de la vivienda que ha generado el fenómeno de los alquileres turísticos), falta trabajo. Allí donde lo hay, porque (gracias a dios, dicen los fachas) todos los miembros de la unidad familiar no están en el paro, faltan empleos no precarios y salarios dignos, y ha vuelto, como tantas cosas que deberían haber quedado muertas y enterradas tras la inmodélica transición, el fenómeno intolerable del trabajador pobre.
No el trabajador pobre en general, que con estrecheces y apuros puede alimentar dignamente a su prole, quizá enviar a alguna hija a la universidad, ahorrar alguna peseta (cuando las había) y, de vez en cuando, pagarse unos días de vacaciones en algún sitio escogido no por su calidad sino por su asequibilidad económica. No. El trabajador pobre canario, aún más la trabajadora pobre canaria, se alimenta y alimenta a sus hijos con comida basura, con muchas papas (o patatas, como se las conoce en la península), muchas pizzas congeladas de las de llévese tres y pague dos o salchichas de medio metro hechas con despojos cárnicos congelados. Seguramente eso explica que el índice de obesidad infantil en el archipiélago sea de los más elevados del Estado español. Tampoco el trabajador pobre canario puede permitirse unas vacaciones, ni siquiera para conocer el resto de islas del archipiélago, ni enviar a sus hijos a la universidad, ni a partir de la tercera semana de cada mes (o de la segunda) comer carne o pescado, ni prescindir de la cada vez más imperante caridad de los bancos de alimentos, ni muchas cosas más.
No queremos volver a la antigua normalidad
Ha tenido mucho que ver con este estado de cosas, además y desde luego de la pinza del bipartido (producto de la consagración del régimen del 78), que a nivel estatal ha atenazado a la clase obrera, con sus prácticas antisociales, sus austericidios, sus privatizaciones y sus políticas de capitalismo de amiguetes, el llamado nacionalismo canario.
Y perdonen la expresión pero es que así es como se ha conocido tradicionalmente (“los nacionalistas canarios”), a los miembros del partido hegemónico en las islas, también conocido como Corrupción, digo Coalición, Canaria, que tradicionalmente ha barrido prácticamente hasta los penúltimos procesos electorales. Este partido es directamente responsable de la gran estafa que ha tenido a los canarios como víctimas propiciatorias, vendiéndoles bonitas palabras acerca de la bondad del gofio y las manchitas de color marrón que distinguen al plátano canario del que no lo es, todo amenizado con mucho toque de bucio (que es un instrumento tradicional canario, precolonial, fabricado a partir de una caracola marina).
Y con estos mimbres hemos llegado al actual Estado de Alarma. Este desastre planetario del COVID19 ha demostrado algo que los comunistas ya sabíamos, que el capital, privado del trabajo asalariado y sin hombres y mujeres en condiciones de vender su fuerza de trabajo por un salario cuyo importe es exponencialmente inferior al beneficio que de dicho trabajo obtiene, tratado como una mercancía más, y cuyos costes han de ser reducidos al mínimo imprescindible como el resto de mercancías, es sencillamente… humo. Nada que se pueda comer, ni vender, ni comprar.
La pandemia ha demostrado que el capital, sin la fuerza de los trabajadores, es sencillamente nada. Simplemente se enmohece en las cámaras acorazadas, languidece en los discos duros de ordenadores de última generación, desaparece, como desaparecido está ahora, en sus factorías, sus comercios transnacionales franquiciados, sus hoteles cerrados. La enseñanza que cabe extraer de esta lección de marxismo que nos da la Historia, de esta demostración empírica de los postulados comunistas, es que no cabe intentar siquiera, al menos sin la oposición que cada vez más fuerte va a encontrar el capital, tras una mayor conciencia de clase que la pandemia ha contribuido a crear, volver a la antigua normalidad.
Muy mal repartidos los ingresos del turismo
¿Alguien es tan ciego de creer que la paralización de la sociedad que ha producido la supresión del trabajo, de golpe y plumazo, no va a traer como consecuencia ineluctable la constatación por la clase trabajadora de que su fuerza es imparable, la toma de conciencia de su verdadera fuerza, como motor de la economía? ¿No habrá nadie que concluya que la nueva normalidad que se avecina debe pasar ineludiblemente por el apoyo y autoorganización de los trabajadores, que en última instancia tienen en sus manos, y en su fuerza de trabajo, el progreso y la prosperidad, y no en el reforzamiento del capital?
Consecuente es, y mucho, la postura de la derecha frente al fin del Estado de Alarma. Ni basada en criterios científicos, ni siquiera en el de sus primos catedráticos, ni en otro argumento más que la pura necesidad del capital de alimentar su maquinaria de fabricar, además de bienes de producción, y como por casualidad (nada casual), ricos más ricos y pobres más pobres. Sintomáticas las palabras de Casado tildando de ruina y descalabro la desescalada gradual y en fases que propone el gobierno. Hay prisa porque el trabajador trabaje, aunque se muera, y el capital recoja su beneficio.
Creemos aquí, desde las Islas Canarias, que la nueva normalidad debe abordar imperativamente una serie de cuestiones. Frente a los que promueven el inmovilismo, o aún mas grave, apoyan el regreso a tiempos más pretéritos, donde el orden y la placidez proporcionados por la ausencia (y prohibición) del debate político, asentaron el actual régimen del 78, con pilares hundidos en el fango y en la corrupción, aquí se nos ocurre que sería una buena idea democratizar la sociedad, y dar más poder a los ciudadanos y ciudadanas que van a tener que sufrir (por muy optimista que uno sea) las consecuencias de la pandemia.
Las Islas Canarias, todo el mundo lo sabe, tienen una fuente importante de ingresos en el sector turístico. De lo que todo el mundo no es tan consciente (los canarios/as bastante más) es de que esos ingresos están muy pero que muy mal repartidos. Llámense grandes tour-operadores, propietarios de cadenas hoteleras o navieras de cruceros, los beneficios que estas grandes empresas obtienen de la industria turística tienen muy poco que ver (nada, en realidad) con los bajos salarios y los empleos precarios de camareras, agentes de viajes o maquinistas de un crucero, por poner sencillos ejemplos.
Reforma agraria
Las Islas Canarias tenían desde hace mucho tiempo una industria que desapareció de un plumazo cuando Felipe González Márquez decidió, siguiendo las órdenes de los inventores de la mayor estafa legal de todos los tiempos (la creación de la UE y su correlativa privatización de las imprentas de papel moneda), iniciar el proceso llamado de reconversión que finiquitó una importantísima parte de la industria española, enviando a engrosar las filas del paro a legiones de españoles/as. Aunque quizá en otras comunidades pudiera notarse más, en el archipiélago canario afectó muy notablemente a la industria tabaquera, que antes era una referencia para todos los fumadores del Estado y un importantísimo nicho de empleo para los trabajadores canarios.
Empezó en esa época (la del primer gobierno del PSOE) la radical transformación de España en un país de camareros y a la fecha actual no se comprende ni el abandono del campo, cuando hay tierras disponibles sin cultivar, sistemas de recogida de aguas pluviales y trabajadores canarios desempleados, ni que no se acometa una profunda reforma agraria que permita a las Islas Canarias alcanzar la soberanía alimentaria y de paso dar empleo a muchísimas personas. Tampoco se comprende que carezcan las islas de cualquier tipo de industria de transformación de productos agrarios (el tomate, por ejemplo, un cultivo tradicional canario, por no hablar de la planta tabaquera, hoy prácticamente abandonados) que permitiera convertir el paro galopante en oportunidades de empleo.
La nueva normalidad, después del coronavirus, no puede ignorar estas realidades, legislando por y a favor de la industrialización de las Islas Canarias, en la medida de sus posibilidades climatológicas, orográficas y geográficas, y con una reforma agraria justa que persiga el fin que los comunistas defendemos mediante una lapidaria pero certera frase: La tierra es del que la trabaja.







