Los días 24 y 25 de septiembre se celebrará en la Universidad de Chapingo (México) el I Congreso Internacional de Inteligencia Artificial. Sería bueno que los expertos españoles en la materia participaran en el mismo para apoyar la formación de conocimiento solvente del problema que está provocando gran preocupación a escala internacional.
La Inteligencia Artificial (IA) está transformando el campo cultural y la creación artística. Su uso es cada vez más corriente entre los artistas y literatos. Olga Tokarczuk, escritora polaca que recibió el premio Nobel en 2023, ha reconocido que la utiliza para apoyarse en su trabajo. La situación es drástica para la creatividad humana: puedes pedir un poema a un chatbot y te lo servirá en breves segundos con las características solicitadas. Los críticos aseguran que no es posible distinguir una obra escrita por la IA de otra escrita por una persona humana, y la sospecha se cierne sobre las obras galardonadas en los premios literarios. Solo resta confiar en la honestidad de los ganadores de la distinción —y el dinero que reporta—.
Esta cuestión es importante porque el sentido común de la ciudadanía depende de la difusión de la cultura en la sociedad. Como la IA solo puede reproducir y recombinar el conocimiento que los seres humanos le proporcionan —no tiene subjetividad ni puede crear innovación—, una cultura que dependa de la IA se estancará y a largo plazo degenerará. Sin embargo, el problema del arte es solo el aspecto más llamativo de una problemática más amplia.
En Madrid se estrena este mes de septiembre una comedia satírica sobre la IA y la histeria que ha provocado. Es una típica actitud del genio español, ridiculizar el peligro y reírse de las incoherencias humanas, para asimilarlas. Pero lo cierto es que cuando instituciones solventes como la ONU llaman la atención sobre el tema, se nos impone reflexionar. Se supone que la IA tiene una función auxiliar para la toma de decisiones humanas; sin embargo, esta tecnología ha empezado a actuar por su cuenta. Este verano han saltado las alarmas, porque un experimento ha permitido a los programas de IA saltarse los controles y realizar una actividad no programada. Este hecho ha provocado reacciones en varios niveles. La ONU afirmó que la IA representa una “amenaza existencial” para la humanidad. OpenAI, una empresa que utiliza esta tecnología, ha detenido el entrenamiento de su modelo Astra por motivos de ciberseguridad. Una Carta abierta, titulada Un llamamiento a la acción colectiva en materia de ciberdefensa, firmada por 128 empresas tecnológicas, consultoras y bancos, afirmaba que empresas privadas y servicios públicos esenciales corren el riesgo de que los ciberataques basados en la inteligencia artificial se generalicen, volviéndose más sofisticados.
Por otro lado, en una carta abierta, We must act now: a statement on AI’s transformation of the economy, un grupo de economistas e investigadores de IA, incluyendo dieciséis premios Nobel, llamó a prepararse urgentemente ante los impactos económicos de una IA cada día más poderosa. Hace ya tres años, más de 20.000 firmas apoyaron una declaración, pidiendo que se tomen medidas cautelares sobre el uso de la nueva tecnología. El propio Bill Gates, magnate de la informática, ha opinado que se debería frenar su desarrollo, aunque es pesimista sobre esa posibilidad. Por el contrario, en una actitud completamente desafiante, el presidente de Argentina, Javier Milei, ha propuesto una ley al Congreso para eliminar toda regulación de la nueva tecnología.
La IA se presenta como una nueva revolución tecnológica que está comenzando a transformar las relaciones de producción en el campo del trabajo cognitivo y cultural. En 2023, el Banco Mundial estimaba que el número de trabajadores en la introducción de esta tecnología en la producción, oscilaba entre 154 y 453 millones de trabajadores en todo el mundo, el 12% de la fuerza laboral total. Se trata de trabajadores precarios de economías periféricas, mal pagados y en condiciones laborales pésimas, que proporcionan plusvalía relativa para las inversiones de capital. Por otro lado, la IA sustituye a los trabajadores cualificados y bien pagados que forman las clases medias de las economías desarrolladas. Todo un negocio para los empresarios.
Es un proceso típicamente capitalista para recuperar los beneficios superando la depresión económica, que ya fue analizado en el siglo XIX por Marx y Engels en El capital. La revolución tecnológica es el medio utilizado por los capitalistas para recuperar sus beneficios tras un largo periodo de depresión económica, transformando el mercado de trabajo y sustituyendo trabajadores cualificados por peones no profesionales. De ese modo, la nueva tecnología crea ganancias extraordinarias sustituyendo profesionales por peones, provocando paro y descensos salariales. El actual proceso económico consiste en la sustitución de trabajadores cualificados en las economías centrales del capitalismo liberal por esas capas de obreros explotados en la periferia que alimentan la IA. Esta es probablemente una causa directa de la oposición a la IA que ha estallado este verano entre los intelectuales y empresarios de las sociedades desarrolladas.
Esas protestas por la pérdida del empleo se suman a la percepción del peligro que representan las nuevas tecnologías. No se puede obviar que el asunto es realmente delicado y afecta las formas en que se produce la cultura, y por tanto, la conciencia y la subjetividad humanas. El reto es enorme y parece claro que el sistema liberal en crisis tendrá dificultades para afrontarlo con éxito. La IA no resuelve el caos que ha invadido las democracias formales, donde los movimientos sociales de extrema derecha son cada vez más fuertes y están accediendo al poder político en numerosos estados. Más bien tiende a agravar el problema, creando un mundo falsificado y aparente, donde se anula la personalidad humana.
Sin embargo, esta tecnología se está desarrollando con fuerza en un contexto muy diferente: la República Popular China (RPCh). La cuestión clave, respecto de esta transformación de la producción, no es el control imposible de la IA por las sociedades liberales —como reconocía el propio Bill Gates—; más bien consiste en saber si los estados que conforman el bloque asiático —me refiero al bloque alternativo de la OCS (Organización de Cooperación de Shanghái) que incluye además de China a India, Pakistán, Irán, la Federación Rusa, las naciones turcas de Asia central y Bielorrusia— tendrán recursos suficientes para asimilar creativamente la nueva revolución tecnológica dentro de una civilización racional y humanista. El tiempo nos lo dirá.
El tiempo y la confrontación bélica. Otro grave problema que presenta la tecnología es que su infraestructura en los centros de datos requiere enormes cantidades de energía, con lo que resulta insostenible, además de ser una fuente suplementaria de calentamiento global. Esa característica exacerba la guerra por los recursos energéticos que está en marcha. Con el agravante de que la propia IA está siendo utilizada para perfeccionar la violencia letal del moderno armamento, lo que nos pone directamente frente a la distopía de la rebelión de las máquinas contra la humanidad.
Mientras tanto, cabe confiar en la racionalidad humana, que ya ha superado numerosas pruebas en la historia de la especie; es necesario tomar partido por lo que parece la vía más prometedora para salir de la actual crisis sistémica. La constitución de una sociedad que se oriente hacia el socialismo, es en nuestros días más necesaria que nunca.








