Lindano, el pesticida de O Porriño

Enterrados durante la dictadura, estos otros restos del franquismo nos siguen envenenando la vida.

O Porriño es un municipio de Pontevedra de unos 20.000 habitantes, situado a 14 kms de Vigo. Su cercanía a la ciudad más grande de Galicia hace que su localización sea estratégica. Es salida hacia Portugal y sur de la península, por lo que constituyó y constituye un buen asentamiento para gran cantidad de industrias.

Hasta principios de los 90 en todo el Estado se producía lindano (Huesca, Vizcaya o Pontevedra), el isómero gamma del hexclorociclohexano, insecticida persistente, tóxico y bioacumulable, totalmente prohibido en la Unión Europea desde 2008 (sustancia peligrosa prioritaria) y declarado cancerígeno por la Organización Mundial de la Salud en 2015. En el caso de O Porriño, de 1947 a 1964 la empresa Zeltia comercializó pesticidas e insecticidas ZZ con este principio activo. Los residuos de una producción muy ineficiente (6 a 10 toneladas por 1 de producto), se estima que unas 1.000 toneladas, fueron depositadas en terrenos cercanos denominados Gándara de Torneiros, de propiedad municipal, cedidos temporalmente a esa compañía.

Estos restos fueron utilizados, con el consentimiento y la colaboración de empresa y ayuntamiento, para parchear caminos o relleno de fincas al compactar muy bien y ser un buen método de pavimentación. Cuentan que el propio personal de la fábrica lo usaba a título particular. El olor del lindano impregnaba toda la zona. Niños y niñas jugaban sobre él, llegando a usarlo como tiza para hacer dibujos. La convivencia con este veneno fue continuada y normalizada en el día a día durante décadas. Las empleadas que lo manipulaban directamente en la fábrica eran identificadas en las verbenas por un olor que no conseguían sacarse de encima: as mozas de Zeltia cheiran (huelen) a ZZ.

Una vez finalizada la cesión, sobre estos terrenos se construyó un colegio de educación infantil y primaria que entró en funcionamiento en 1971 y un primer polígono de viviendas de protección oficial en 1975. Estas parcelas están en Torneiros (4.000 habitantes). El área de mayor concentración de lindano alberga, a día de hoy, dos escuelas de educación infantil y primaria, un instituto de enseñanza media, una guardería, un centro de mayores, un centro de educación especial, un edificio administrativo de usos múltiples, un campo de fútbol, una iglesia, cinco polígonos de viviendas sociales y el Parque do lindano. Cuando llegaron las familias al polígono III, su agua provenía de pozos hasta conectar a la red municipal un par de años después.

El Parque do Lindano

A finales de los 90, fruto de una mayor información y concienciación de la población, surgen los primeros signos de alarma social y movilización vecinal, tanto en la localidad vecina de Mos (también con residuos) como en la que podemos denominar zona cero de Torneiros. Aquí se hace un estudio que remata con la construcción de un área recreativa en una parte del barrio, única sin edificar, supuestamente descontaminada en su totalidad. Se inaugura en 2001 de mano de Manuel Fraga. Denominado popularmente Parque do Lindano, curiosamente no se le dio un nombre oficial. Se vende el relato de que el problema está solucionado cuando realmente sigue enterrado en todo el enclave y diseminado bajo carreteras, caminos y fincas particulares de los términos municipales de O Porriño y Mos. Y a saber en dónde más.

A finales del 2017 vuelve a aflorar en otra zona de la que no se tenía conocimiento, más rural, con la realización de unas obras de saneamiento. Más de 80 personas afectadas por exposición a la inhalación del tóxico y con diferentes síntomas. No existe un protocolo de actuación sanitaria ni medioambiental y empieza el enredo de competencias entre administraciones. Muchos de los pozos están además contaminados. Las familias en contacto con el veneno durante décadas y acumulándolo en sus organismos por ingesta y vía cutánea. Se les dota de traída municipal y se reasfalta el camino sin descontaminarlo. A esto se une la noticia de que los controles de la Confederación Hidrográfica Miño-Sil han detectado y puesto en conocimiento de la Consellería de Medioambiente la presencia de niveles altos de lindano en el río Louro (afluente del Miño) desde hace varios años.

Lo único que hemos conseguido desde la Plataforma Antilindano da Louriña y el Grupo Municipal Eu-Son do Porriño (Esquerda Unida), con la ayuda de Ecologistas en Acción, manteniendo el tema vivo en los medios, es un nuevo estudio en la zona cero para trazar un plan de descontaminación y una visita al Parlamento Europeo para unir nuestra petición a la de otras zonas del Estado español como Aragón o Euskadi.

Venenosos restos del franquismo

Podemos hablar de víctimas directas e indirectas pero realmente afectados somos todos los que vemos vulnerado nuestro derecho al medio ambiente y el de las generaciones futuras y que desconocemos, aunque tenemos fundadas sospechas en casos concretos, cómo afecta y seguirá afectando a nuestra salud. Es un tema con muchas aristas, desde el abandono de las instituciones a la resignación de la mayoría de la población y las maniobras para desacreditar cualquier reclamación bajo acusaciones de alarmismo e histeria.

Tal vez la única lectura que no se ha hecho todavía es la de clase. Vigo tuvo crecimiento acelerado y caótico en los 60 y 70. El desarrollo industrial generó una oferta laboral que arrastró mano de obra numerosa desde el interior rural de Galicia. Estas familias se instalaron en barrios obreros con viviendas de protección oficial de la propia ciudad pero otras muchas acabaron en Torneiros, junto a una amplia comunidad gitana dedicada a la venta ambulante y proveniente de Castilla-León. Así O Porriño, también villa industrial, adquiere la condición de patio de atrás de Vigo.

Toda esta situación se reduce al fin y al cabo a un problema de clases populares. Mientras los de arriba y los tecnócratas en las instituciones siguen a lo suyo, un barrio de familias trabajadoras levantado sobre sobras de la producción industrial que nunca fueron mercantilizables. Cuando el negocio deja de ser rentable, nadie se hace cargo y la basura se la come la gente humilde. La sociedad Zeltia fue pasando por distintos accionistas, cambios de denominación y escisiones que, unidos al paso del tiempo, hacen imposible exigir responsabilidades legales.

Enterrados durante la dictadura, estos otros restos del franquismo también siguen entre nosotros, envenenando la vida en silencio.

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