[…] Durante largos años, pues, el acercamiento teórico de los partidos comunistas italiano, español, francés (y también japonés y australiano) ha sido considerado como un intento fallido, un fracaso anunciado e inevitable que habría empujado a estos partidos a volver pronto sobre sus pasos (la así llamada teoría del «arroccamento» del segundo Berlinguer), quedándose a la mitad del vado, como Napolitano definió a ese período, a la espera de que algo disruptivo ocurriese para obligarles en cambiar la piel de una vez por todas.
Desde la mitad de los años 2000, sin embargo, esta apresurada forma de liquidar el tema ha quedado marginada y muchos han buscado en el eurocomunismo las raíces de evoluciones políticas posteriores a la caída del muro de Berlín. La propensión fue entonces la de considerar los años setenta casi como un momento dorado de aciertos teóricos. Básicamente, bajo dos categorías opuestas, que subrayaban la autenticidad del pensamiento comunista occidental — con el intento de culpabilizar a quienes, a finales de los años ochenta, abandonaron esa auto-referida superioridad moral, abandono considerado como el inicio del fin de la centralidad de los partidos comunistas en sus respectivas esferas electorales— o que, más bien, identificaban dentro de esas teorías los rasgos de un giro hacia la socialdemocracia que —si hubiera sido llevado adelante y no abandonado con el final de los años setenta— habría llevado a los partidos comunistas a mantener un papel importante sin necesidad de abdicaciones […]







