El acelerado avance técnico, económico y poblacional mundial hace urgente la reunificación europea que comenzó el imperio romano. Pero aún lo dificulta la ambición sin límites de su superviviente ideológico, el Romano Pontífice, que nunca hizo un puente real sino que aprovechó las divisiones políticas para consolidar su poder.
Tras rechazar a la Europa del Este, la ortodoxa, su ostentosa corrupción ideológica y económica originó nuestra peor y más sangrienta división, la Reforma protestante. San Pedro fue construido con la venta simoníaca de indulgencias e impuestos a las prostitutas que aliviaban a los peregrinos. Por lo tanto, como dijo entre otros el obispo Casaldáliga, debería ser transformado (como el Valle de los Caídos, añadamos) para reunir a los verdaderos cristianos.
Hoy día, el papa Bergoglio no procura la reunificación ideológica europea en el pequeño campo que aún les queda a las ideologías religiosas, como intentaron algunos de sus predecesores. Más aún, al cumplirse los cincuenta años de las relaciones del Vaticano con la Unión Europea y tras reclamar él la unidad continental, en lugar de reconocer sus enormes responsabilidades y procurar enmendarlas en lo aún posible sigue exigiendo mantener su estatuto especial y sus incontables privilegios políticos, jurídicos, económicos y educativos.
Por si esto fuera poco, exige a los demás ayudar a los necesitados en esta crisis económica y sanitaria y consolidar así nuestro tejido social pero su contribución sigue siendo ridícula, muy, muy anticristiana.
¿Qué institución, presumiendo de lo contrario, sigue siendo todavía la que más nos divide?







