Hace diez años desapareció físicamente Marcelino Camacho. Fue un referente cotidiano de la lucha y del acierto en la línea sindical y política. Y lo sigue siendo porque no es solo un dirigente histórico, de esa historia que a veces se piensa en términos de pasado. Reivindicar su recuerdo no es solo un acto de justicia o de celebración de una lucha muchas veces heroica, imprescindible, sino también es un acto de actualidad plena y de apuesta por un futuro no domesticado.
“Marcelino vive, la lucha sigue”, dice el comunicado del PCE publicado el 29 de octubre, a los diez años justos de su fallecimiento.
Desarrollar la memoria de Marcelino es una tarea política y social necesaria, ya que su propia vida conlleva la imagen de un proyecto complejo y articulado de avance más allá de lo permitido. Sus discursos no eran ofrendas personales ni piezas de mercado, ni siquiera proclamas encendidas por las urgencias electorales. Eran una apuesta concreta que siempre llevaba la intención subyacente de unidad y organización. Siempre trataba las cosas desde el punto de vista de la necesidad de organizar social y políticamente los discursos. Sin voluntarismo pero sin resignación. Trataba de organizar la rebeldía y las necesidades de transformación desde el punto de vista de la conciencia de clase y la situación concreta de las relaciones sociales de producción. Un proyecto que a veces se podía alejar en el futuro pero que era concreto porque la verdad es siempre concreta. De ahí que su proclama famosa (más bien popular) “ni nos domaron ni nos doblaron ni nos van a domesticar”, si se sitúa bien, se verá que al final es una llamada concreta, quizás algo alarmada, al futuro de la lucha, tal como hizo desde la tribuna en el VI Congreso de CCOO. Una proclama que se traducía, y se traduce, como una llamada concreta para preservar la independencia (la autonomía sindical y de clase) frente al poder en cualquiera de sus versiones.
Su mensaje de lucha, basado en el par presión/negociación, era una apuesta permanente por el cambio y por la mejora de los derechos de los trabajadores que conectaba plenamente con el malestar de aquella izquierda sumergida que, a través de la autoconvocatoria, saltó a las calles en 2011 señalando la crisis de representatividad y gritando “sí se puede” contra el dogmatismo de la resignación, precisamente en un momento en que empezaban los recortes y retrocesos que nos han traído a la situación actual.
Marcelino no estaba anclado en la fase anterior y, aunque murió en el límite de ese empeoramiento, su lucha contra la desmovilización y la desorganización era la respuesta clave para la siguiente fase. Por eso se le echa mucho de menos a Marcelino en una situación nada boyante de la clase trabajadora de este país. Y basta para ver esta situación un somero recorrido a ciertos hechos de la última década. Desde el recorte brusco, tan explícito, de los derechos por parte de Zapatero, que cedía de plano ante las presiones de la Unión Europea sin plantearse ninguna forma de oposición. La reforma laboral de 2010, abaratando el despido entre otras medidas igualmente negativas. La reforma de las pensiones de 2011, aumentando la edad de jubilación. El repliegue general de las fuerzas progresistas que daba paso electoralmente a la derecha, con una escalada mayor de agresiones en el seno del recorte de libertades propiciado por la ley mordaza. La reforma de 2012 precarizó insoportablemente la contratación y siguió debilitando la negociación colectiva. El nuevo ataque a las pensiones en el 2013. En una fase en que el centro de gravedad de las movilizaciones se desplazaba a las mareas sectoriales y los movimientos sociales. Desembocando todo, a pesar de las nuevas luchas, en un panorama desolador que exige como mínima opción alternativa la derogación de las reformas laborales, incompatibles con un modelo de relaciones sociales basado en los derechos fundamentales y en el funcionamiento aceptable del Estado del Bienestar.
En estos tiempos difíciles echamos de menos a Marcelino. Echamos de menos la lógica esencial que él mantuvo: sin movilización no habrá negociación real ni se producirá el avance de los derechos. Y repitió el relato correspondiente sin descanso: “Lo posible es lo que nos permiten. Lo necesario es lo que debemos hacer. Quienes cambian el mundo son los que luchan por lo necesario“.
Solo la izquierda transformadora podrá asumir y difundir su memoria revolucionaria como uno de los motores necesarios para los cambios en profundidad que la realidad nos está demandando y, desde luego, como un factor organizativo cierto a fin de concitar la voluntad social que pueda reivindicarlos y luchar por ellos. Que la memoria real, histórica y vital de Marcelino tenga una proyección como referente de futuro va a depender de la congruencia entre el proyecto político y social de nuestros días y el de la trayectoria que pretendemos reclamar.








