El MAS vuelve más fuerte, esta vez con Luis Arce

El pueblo boliviano votó contra el golpe y recuperó la democracia

La huelga política, popular y masiva logró que la dictadura convocara elecciones y las perdiera. La ultraderecha golpista se quedó en un 14%. Se temió un nuevo golpe militar

El pasado 18 de octubre se produjo una histórica victoria electoral de la izquierda en el centro de América del Sur. En Bolivia, el MAS (Movimiento Al Socialismo) lograba mayoría absoluta con un 55,1% de los votos y ganaba en primera vuelta. Carlos Mesa, expresidente neoliberal y candidato del centro derecha obtuvo el 28,8% con Comunidad Ciudadana, y Luis Fernando Camacho, el candidato de la ultraderecha, fanático religioso y fascista, obtuvo con Creemos, su partido, tan solo el 14%.

Las consecuencias positivas de esta gran victoria de la izquierda van a ir más allá de Bolivia, porque se quiebra la tendencia regional de éxitos de la derecha, y tendrá consecuencias continentales. Ya ha tenido un efecto claro en Chile impulsando la participación popular en el plebiscito que ha decidido impulsar un proceso constituyente, pero pronto veremos que tendrá un efecto similar en los próximos procesos electorales en Venezuela, Perú y Ecuador.

El pueblo de Bolivia recuperó la democracia en estas elecciones de forma absolutamente pacífica (robada por un golpe cívico-militar que obligó a dimitir a Evo Morales justo hace un año ahora) y derrotó a la dictadura de Jeanine Áñez y a su terrible y brutal ministro del Interior, Arturo Murillo. Pocas veces se ha visto cómo una dictadura golpista y fascista se ve obligada por una huelga política popular y masiva en agosto a convocar unas elecciones en octubre que no quería convocar, y a perderlas después por una enorme movilización invencible que ha apostado por continuar el proceso de cambios al servicio de las grandes mayorías sociales que impulsó durante catorce años el compañero presidente Evo Morales desde el gobierno.

Rotundo NO al neoliberalismo, el expolio y la dictadura

El pueblo boliviano ha votado contra el golpe y por la democracia, pero también contra el neoliberalismo y en defensa de sus recursos naturales, y en apoyo a las conquistas de la revolución. El gobierno de los EEUU no ha ocultado que entre sus objetivos estratégicos está apoderarse del Litio que existe en Bolivia en cantidades increíbles para beneficiar a las trasnacionales de las comunicaciones y la electrónica.

Hace un año, los EEUU y la derecha boliviana impulsaron un golpe de estado destinado a abortar el triunfo del MAS en las elecciones presidenciales de 2019. Esta operación fue apoyada por los gobiernos derechistas de América Latina y por la vergonzosa complicidad de algún organismo internacional como la OEA, que cuando Evo sacaba una ventaja de diez puntos a sus oponentes políticos, denunció ‘irregularidades’, pero dejó que la oposición política y los medios de la derecha acusaran a Evo de fraude electoral y abrió la puerta al golpe.

Las razones de una rotunda victoria

¿Pero por qué esta victoria electoral tan contundente que muchos no esperaban? ¿Cuáles son las razones de fondo? Claramente el MAS ha recuperado electorado desencantado por el desgaste natural de 14 años de gobierno, al comparar los logros de la gestión de Evo con el desastre de la dictadura de Áñez y Murillo el pueblo lo ha tenido claro.

Mucho ha tenido que ver en la victoria electoral la indignación y el hartazgo ciudadano con un gobierno de facto al que no había votado nadie y con una presidenta incapaz que fue investida con la banda presidencial por un militar en un parlamento casi vacío y tras un golpe de estado del ejército contra Evo Morales en el momento en que este obtenía una clara victoria electoral de diez puntos en 2019.

La señora Áñez dijo entonces al mundo que no era una golpista, que no gobernaría ilegítimamente porque solo era una presidenta interina y que como tal cumpliría el mandato constitucional de convocar elecciones en tres meses. Pero no lo hizo, no las convocó en febrero y desde entonces las convocó y desconvocó dos veces más sin comprender que el pueblo rechaza las mentiras. Durante casi un año el gobierno de facto consideró a Bolivia como su finca, saltándose la Constitución y tomando decisiones de gestión todos los días, ilegal e ilegítimamente. Y lo hizo además con corrupción, con racismo y desprecio al indígena, con censura y violencia estatal, reprimiendo al pueblo y violando sus derechos humanos tal y como acaba de hacer público un detallado informe de la Universidad norteamericana de Harvard, que afirma incluso que el gobierno golpista se sirvió de grupos paramilitares para lograr imponer un duro control social de la población, cometiendo masacres como las de Sacaba y Senkata, donde el ejército asesinó a 22 jóvenes y se produjeron más de 200 heridos. Muchos han exigido ahora en Bolivia justicia para las víctimas y Arce ha prometido con acierto que no habrá impunidad para quienes las ordenaron y ejecutaron.

En lo social y económico, el gobierno de Jeanine Áñez se ha dedicó estos once meses a privatizar servicios, suprimir derechos, anular políticas públicas al servicio de las grandes mayorías y controlar los recursos naturales para ponerlos al servicio de las élites. Su gestión de la pandemia ha sido un desastre y el pueblo era consciente de que Áñez estaba gobernando al servicio de la oligarquía boliviana y de los intereses de Estados Unidos, cuya embajada se volvió a instalar en La Paz y había tomado el mando en el país.

Durante el gobierno de facto el pueblo boliviano ha recordado más que nunca los logros de los 14 años de gobierno democrático y popular de Evo Morales: se acabó con el analfabetismo, se nacionalizaron los hidrocarburos al servicio del interés general, se crearon cientos de escuelas, decenas de universidades y hospitales, miles de viviendas, se redujo enormemente la pobreza y la desigualdad. El crecimiento económico ha sido el más alto de América Latina y la riqueza no solo ha crecido, se ha redistribuido. El país se estaba empezando a industrializar. El pueblo no ha querido volver a los años oscuros de golpes militares, pobreza, deuda y dictadura.

Los días previos a las elecciones presidenciales, Maite Mola, vicepresidenta del Partido de la Izquierda Europea (PIE), y yo mismo viajamos a Bolivia formando parte de una Delegación del PIE para ayudar al proceso democrático como observadores internacionales. También los compañeros Gerardo Pisarello y Lucía Muñoz, de Podemos. El ambiente en la calle estaba tenso, se percibía a la vez la posibilidad de un fraude electoral para impedir una victoria del MAS, el miedo incluso a un nuevo golpe militar, pero también era palpable el vivo deseo de un pueblo de recuperar la libertad, la soberanía y el destino de la patria en sus manos.

Que los observadores internacionales españoles sufriéramos el acoso de un ministro del Interior autoritario y psicópata, o que fuéramos víctimas de una conjura fascista de Vox y de OK Diario en suelo boliviano, ni nos amedrentó ni impidió que cumpliéramos nuestro papel de Observación Internacional, incluso con éxito. Tampoco nos quitó la alegría de la madrugada del 19 de octubre, cuando en las noticias se daban los datos electorales y en la calle se oían canciones, gritos de alegría y fuegos artificiales. Se celebraba no solo el triunfo de un gobierno popular y democrático, se celebraba la derrota de la dictadura y la recuperación de la democracia.

Con enorme satisfacción y en nombre de IU, el pasado 8 de noviembre asistí a la toma de posesión de Luis Arce como presidente de Bolivia junto a los compañeros Enrique Santiago, Manu Pineda, Idoia Villanueva y Gerardo Pisarello. Siete horas duraron los desfiles de organizaciones populares, movimientos de izquierda, sindicatos y cooperativas bajo el balcón presidencial del Palacio Quemado. El pueblo es consciente de su victoria, y tiene un gobierno y tiene un presidente. Nunca la lucha fue más orgullosa e internacionalista.

Responsable de Política Internacional de Izquierda Unida

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