Si tuviéramos que definir el capitalismo industrial en base a sus características, sin lugar a dudas una de las primeras que se nos vendría a la cabeza sería la enorme conflictividad existente en el ámbito laboral, fruto del antagonismo de clases inherente a la propia estructura económica.
En un contexto en el que el centro de trabajo -y prácticamente de socialización- más habitual eran las fábricas, nos encontrábamos con un conjunto de trabajadores y trabajadoras que se identificaban como tales y que compartían un modo de vida y unas aspiraciones vitales ciertamente similares. Colectivos de la clase trabajadora comúnmente homogéneos que se organizaban para defender sus derechos. Del otro lado, el capitalista, propietario de los medios de producción, que solía nombrar a encargados, si bien su presencia y autoridad eran destacables en los centros de trabajo a pesar de esta delegación de funciones.
Los conflictos laborales se planteaban de forma directa, puesto que existía una identificación del contrario en un antagonismo semiperfecto. No obstante, los cambios dentro del sistema capitalista han planteado nuevas problemáticas, las cuales afectan al ámbito de la creación y desarrollo de conflictos laborales fructíferos.
Primeramente, cabe analizar rápidamente el fenómeno de la globalización. En el mundo de hoy encontramos una “división internacional del trabajo”, lo que nos debería llevar a pensar en nuevas fórmulas de lucha que operen en escala supranacional. Una mundialización del capital exige más que nunca una internacionalización del conflicto, por lo que se deben potenciar las condiciones materiales necesarias, así como las de subjetivación.
En cuanto al desempeño del capital en este nuevo escenario, encontramos un factor clave como es la deslocalización, que no es más que una huida de capitales hacia lugares donde al invertirlos en el factor trabajo se obtiene una mayor rentabilidad que la que se tendría al invertir en el país de origen. En consecuencia, las grandes empresas ya no se ven obligadas a afrontar el conflicto, puesto que siempre tienen la oportunidad de deslocalizar alguna fase del proceso productivo que haya dado problemas o pocos beneficios en el país de origen o deslocalizar la producción entera.
No obstante, y aunque esto no suceda, al existir esta amenaza la conflictividad laboral ya no es tal, en tanto que se produce de manera desigual, además de que se ven obligados a participar de las negociaciones agentes como el Estado. Así pues, en esta fase del capitalismo, y para revertir la tendencia decreciente de la tasa de ganancia que opera en el largo plazo, el capitalista utiliza a su favor el temor a la deslocalización para conseguir aumentar la productividad -sea vía ayudas del Estado o mediante un aumento de la jornada laboral- sin alterar sus costes, o disminuir los costes -vía reducción de salario o “flexibilización laboral”- y aumentar los ingresos mediante fondos del Estado, con el fin de lo que los beneficios sean constantes en el tiempo o puedan adquirir una tendencia ascendente.
Dificultar los conflictos laborales fructíferos
Por otra parte, observamos la creación de nuevas figuras laborales, las cuales favorecen al capital en el ámbito económico pero que gozan de una mayor importancia por las consecuencias organizativas que traen consigo y los efectos en la creación de identidades colectivas. Es el caso de los falsos autónomos. Este probablemente sea el ejemplo más conocido pero ni de lejos es el único, puesto que podríamos considerar que estamos en el mundo de la diversificación, aunque no de la diversidad. La creación de distintos estatus ajenos al trabajador tradicional, los cuales tienen la finalidad -entre otros propósitos- de poder ofrecer a la persona una compensación en términos subjetivos o de reconocimiento ante la creciente inseguridad laboral y pérdida de las condiciones materiales de vida.
De este modo, si el trabajo fordista se caracterizaba por la homogeneidad, la sociedad postfordista lo hace por lo contrario. Esto dificulta la capacidad de aglutinar demandas, generar marcos de pensamiento colectivos e identidades conjuntas, además de dificultar la generación y el desarrollo de conflictos laborales fructíferos.
Finalmente, cabe considerar la evolución paulatina pero continuada de la función social de los sindicatos. En esta dirección, distintos estudios señalan la burocratización de los mismos, así como el surgimiento de lo que podríamos considerar intereses de subsistencia o de sindicato ajenos a los de las personas trabajadoras a las que representan. Probablemente sean estos dos factores los que han propiciado un cierto paso de los sindicatos como lugares de organización de la clase trabajadora en el conflicto a canalizadores del mismo, cuando no conciliadores. Esto no indica que los sindicatos actuales no sean útiles, ni mucho menos el tan necesario sindicalismo. Se trata de señalar lo que supone una disfunción en la lucha de las personas trabajadoras.
En conclusión, la globalización, en tanto que proceso supranacional, dificulta el planteamiento de nuevas conflictividades que se configuren en el plano estatal. Además, el papel del Estado como mediador para evitar el vaciamiento industrial del país, sumado a la complejización formal de las estructuras empresariales y la evolución de los sindicatos, ha provocado que en buena parte de los sectores de trabajo ya no exista una conflictividad laboral en sí sino como representación. La conflictividad laboral fructífera está desapareciendo en pos de una proyección de la misma mediante una serie de mediadores y un elevado número de representantes, tras los que se esconden los verdaderos sujetos políticos del conflicto.
En esta línea, un conflicto gestionado por terceros pierde parte de su esencia y probablemente su totalidad cuando en la práctica está gestionado comúnmente -de manera más o menos directa- desde arriba. De esta manera, se pasa de una disputa entre antagónicos por la imposición de su voluntad en el proyecto colectivo a lo que podríamos llamar el estado de gobernanza. En definitiva, el proyecto material y de subjetivación mediante el cual la élite pretende eliminar la conflictividad en pos de la integración de los representantes del conflicto en el proyecto de sociedad sobre el cual tiene el control.
Lo que encontramos no es más que la pretensión de difuminar la lucha de clases en pos de una gestión interna de las desavenencias en el marco del proyecto neoliberal, en el cual gozan de un enorme peso los representantes y mediadores en detrimento de los sujetos conflictivos que se pretende que queden escondidos con la intención de que ocurra lo mismo con el propio conflicto.
Tenemos que prepararnos y organizarnos en los centros de trabajo para poder combatir esta nueva fase del capitalismo.
BIBLIOGRAFÍA
Marrero Rodríguez, R. (2014). Sindicatos y sindicalismo en la España actual.







