Marcelino entró en el despacho, dejó la chaqueta sobre el respaldo de la silla y le dijo a Rafa, su compañero:
-Bueno, ¿qué es lo que ha habido esta noche, eh? ¿Qué tenemos, tío? ¿Te lo has pasado bien?
Rafa se pasó la mano sudada por la frente, arrugó la cara y se ajustó la pistolera en el cinturón, tirante por la carne que le desbordaba la camisa.
-Lo de siempre –respondió.
Marcelino se sentó a su lado. Sobre la mesa se encontraban las declaraciones de los detenidos, expedientes, algunas carpetas y bolígrafos mordisqueados en un extremo. El cenicero estaba desbordado de colillas y había vasos de papel vacíos con restos de café y el papel de plata con el que se habían envuelto bocadillos.
-¿Cuántos, Rafa?
-No te lo creerás.
-Venga, dilo de una vez.
-Ciento diecisiete.
-Coño –exclamó Marcelino-. Nada menos.
-Treinta moros.
-¿Treinta?
-Sí, treinta. Y sesenta y cuatro putas. El resto, mendigos, locos y un tío que decía que era capitán del Ejército de no sé dónde y que quería asilo político.
-¿Han declarado todos?
Rafa suspiró.
-Seis han preferido irse para el Juzgado.
-Vaya noche, ¿no?
-Una noche jodida. ¿Y tú qué tal?
-Estuve en el cine con la parienta, pero me dormí y se cabreó, no me habla –apoyó los codos en la mesa pringosa-. Pero ya se le pasará.
-Dicen que en Centro, el otro día, llegaron a ciento ochenta y nueve. Eso hace…
-Veintitantos la hora –respondió Marcelino.
-A las tres de la mañana esto estaba lleno. Se juntaron todos y tuve que mandarlos al pasillo y me vino a ayudar Pepe Luis.
-¿Qué Pepe Luis? ¿El de Getafe?
-Sí, ese listo que ha pedido el cambio a la Brigada Interior, ese tan guaperas. Pero no dábamos abasto. Esto parecía una feria, me cago en la leche. Bueno, tú vas a tener más suerte, me parece, Marcelino. Esto, por las mañanas es otra cosa.
-Tendré lo mío, no te creas.
-¿Para qué me habré hecho poli, eh? ¿Me lo quieres decir? –Rafa se encogió de hombros. Era su gesto favorito-. Y no voy a poder dormirme hasta la noche, ya ves.
-Oye, se me olvidaba, el comisario acaba de llegar y quiere verte.
-¿El comisario? ¿Y qué coño le pasa a ése ahora?
-Debe ser por lo del moro. ¿Es verdad eso que han contado del moro?
Rafa se adelantó en la silla.
-¿Quién te lo ha contado?
-El de puerta.
-¿Quién de puerta? ¿Vicente?
-No sé, da igual, hombre.
-Es que me joden los cotillas.
Marcelino titubeó.
-Alguien ha telefoneado al Defensor del Pueblo. El moro tiene las dos piernas rotas y conmoción cerebral. A lo mejor la palma, ¿te das cuenta?
-Te juro que no lo toqué, dio una carrera y se tiró por la ventana, el muy imbécil. Tenía un busca y captura por atraco.
-La va a palmar.
Rafa se puso en pie de golpe y observó durante unos segundos la ventana abierta que dejaba entrar la claridad lechosa y sucia del patio y se puso rígido, los hombros apelmazados y el rostro encogido, como si le hubieran dado una patada.
-Te juro que se tiró por la ventana, Marcelino. El muy imbécil. Te juro que no lo toqué.
-A mí no tienes que decirme nada, Rafa. Pero el moro ese está jodido en el hospital.
-Déjame que te diga…
-A mí no tienes que decirme nada, tío, ¿comprendes? Yo no soy el comisario.
-No tenía que haber escogido el turno de noche, de día es más fácil. De noche vienen todos esos cabrones colgaos o con el mono. El otro día vomitó uno en la mesa. Esto no hay quien lo aguante –dijo Rafa.
-¿Le pusiste la mano encima?
-No lo empujé, si es eso lo que me estás preguntando. Le…, bueno…, quiero decir que le di un par de hostias, en realidad, nada. Es que me sacó de mis casillas, se puso a decirme no sé qué de sus derechos y me insultó. Me llamó madero de mierda y me empujó.
-¿Tienes testigos?
-¿Testigos? ¿Cómo voy a tener testigos, eh? Pepe Luis vino después, cuando se lo llevaron al hospital, me cago en la leche. Un expediente es lo que me hacía falta.
-Búscate algún testigo, uno de los que esperaban aquí. Revisa los nombres y hablas con ellos, seguro que alguien declarará a tu favor.
-Ya, ¿pero quién me quita a mí el expediente, eh?
-Pero te libras de ir a juicio, tío. Y no se entera la prensa, porque si se entera la prensa, te empapelan. Los periodistas están deseando joder a policías… Les encanta eso de las torturas, los malos tratos, ¿entiendes?
Rafa asintió, pensativo.
-Le di dos hostias bien dadas, nada más, y el muy imbécil se fue a la ventana y se tira. Estaba loco, te lo juro, un loco.
-Es que ha declarado, ¿sabes? Antes de perder el conocimiento se lo ha contado todo a un médico y a los camilleros. Ahora está en coma.
-¡Me cago en la leche puñetera. Qué suerte tengo!
-Búscate un testigo.
-Claro, claro… ¿Y cómo está el comisario?
-Cómo va a estar, echando chispas.
Rafa se puso la chaqueta y se acomodó la corbata.
-Vamos a ver qué pasa.
-Bueno…, que tengas suerte –dijo Marcelino.
-Te digo una cosa, no vuelvo a coger el turno de noche. Conmigo que no cuenten.







