El pueblo unido de Cali

Por esa experiencia concreta de cómo se administran históricamente la injusticia y el hambre, tenemos a la gente movilizada en las calles, soportando una de las oleadas de violencia policial más atroces que se recuerden en la historia reciente de Colombia
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Foto: colombia.as

El señor Mora es el director de recursos humanos de uno de los grandes ingenios del valle del río Cauca, al suroccidente de Colombia, y es famoso por sus singulares tácticas de comunicación con los empleados. Al menos dos veces al mes, este astuto hombre de negocios se pasea por los cientos de hectáreas que cubren los monótonos dominios del ingenio y se dedica a repartir helados entre los trabajadores que cortan la caña en medio del calor sofocante. Una vez que ha logrado atraer a una buena cantidad de corteros sedientos alrededor de su camioneta 4×4, Mora da inicio a su ya tradicional sermón acerca de los beneficios de trabajar en su empresa. Ustedes son como hijos de esta empresa, dice Mora, que siempre acaba la charla motivacional con una advertencia: nada empaña el bienestar de los trabajadores salvo los indígenas. Si los indios, dice, logran quedarse con todo esto, si el gobierno no hace nada y esa gentuza se apodera del ingenio, ustedes lo van a perder todo. Los indios son unos inútiles, son sus enemigos, remata Mora, que solo deja de sonreír en ese instante. Luego recupera el buen humor habitual y continúa su recorrido por los cañaduzales, repitiendo aquí y allá la operación de los helados y el sermón.

Esas advertencias se comprenden mejor si tenemos en cuenta que en los últimos veinte años los corteros se han unido en varias ocasiones a las protestas organizadas por los indígenas que emprendieron un proceso lento pero sostenido de ocupación de tierras de los ingenios.

Esa estrategia paternalista del señor Mora es solo un minúsculo ejemplo de toda una cultura señorial colombiana que se remonta a los tiempos coloniales y se basa en la invención fantasiosa de unas relaciones supuestamente armónicas entre explotadores y explotados, una demagogia igualitaria que a duras penas logra disimular la violencia racial y de clase.

Cali está sitiada por la caña. Caña hasta donde llega la vista. Desde la cordillera central hasta la occidental, caña y más caña, un auténtico mar muerto de fibra verde sacudida por el viento que funciona como una especie de sustancia aislante pero también como una sucesión de telones monocromos donde se juega el teatro barroco de la ilegalidad. Es allí, en los cañaduzales, donde los grupos armados ligados al narcotráfico van a desaparecer los cadáveres. Y es a través de sus laberínticos caminos por donde la droga que se extrae en las montañas llega hasta las rutas del Pacífico, rumbo al resto del mundo.

El pueblo de Cali sabe dónde está parado, cómo funciona su territorio, quienes mandan, quienes llevan y quienes traen. En definitiva, el pueblo de Cali conoce cuál es la economía política, legal e ilegal, que sostiene toda su vida cotidiana. Y es por ese conocimiento, por esa experiencia concreta sobre cómo se administran históricamente la injusticia y el hambre, que hoy tenemos a la gente movilizada, tomando las calles y soportando una de las oleadas de violencia policial más atroces que se recuerden en la historia reciente de Colombia.

Rabia y dignidad furiosa

Estas manifestaciones no se explican solo en el marco estrecho de la oposición a la reforma tributaria o en la coyuntura de crisis social provocada por la pandemia. Estamos ante un acumulado histórico de luchas, resistencias y aguantes colectivos que parecen haber encontrado, por fin, una ocasión para aflorar al unísono, apenas un año y medio después de un primer estallido interrumpido por la emergencia sanitaria. Y para horror de todos los señores Mora de la región, se ha vuelto a producir la tan temida alianza entre sectores populares.

Marchan juntos el movimiento estudiantil y los indígenas, los maestros, los trabajadores y los miles de jóvenes desempleados, sin acceso a la educación, a quienes el Estado les está negando el futuro. Marchan las asociaciones vecinales, el activismo feminista, los sindicatos, las distintas expresiones del movimiento negro, los músicos y los artistas. Y buena parte del personal médico estaría marchando si no estuviera atendiendo a los enfermos de la pandemia que ya no caben en las salas de emergencia mientras el gobierno anuncia que no enviará vacunas a Cali si no cesan las protestas. Marchan los sin techo, los hambrientos, los desarrapados que no caben en ninguna denominación colectiva, los que no tienen nombre ni mucho menos apellido.

Con la ciudad militarizada en manos de Eduardo Zapateiro, un general de bolsillo de la extrema derecha que ha suprimido toda autoridad civil en el manejo del orden público, las redes se han llenado de videos y testimonios que dan cuenta de las acciones criminales de la policía y de los antidisturbios.

En las calles de Cali, como en todo el país, flota una atmósfera de esperanza pero también de incertidumbre. De rabia y dignidad furiosa pero también de miedo. El miedo a que el ejército y la fuerza pública, fieles a una reconocida tradición nacional que ha llenado nuestra literatura de imágenes atroces, masacren una vez más al pueblo que juraron defender.

(*) Escritor colombiano, autor de las novelas Los estratos y Elástico de sombra.

Fuente: jacobinlat.com

/ Jacobin (*)

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