Un año sin Julio

Fue político sin dejar de ser maestro. Me encuentro con él en sus escritos y entrevistas. Nos dejó herramientas para pensar, para que la gente pensase por ella misma

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Ha pasado ya un año sin Julio. Han sucedido tantas cosas… La pérdida de la normalidad y la reconstrucción post-Covid, las vacunas y las farmacéuticas, Madrid y la libertad, Colombia, Palestina y los Derechos Humanos, la salida de Pablo Iglesias del Gobierno, la situación insostenible en las fronteras, las inspecciones contra la explotación de las temporeras del campo… ¿Cómo analizaría Julio todas estas cosas? ¿Qué enfoques diferentes a los convencionales haría? ¿Cómo lo explicaría para que se entendiese?

Y sin embargo, a pesar de la orfandad, basta repasar Atraco a la memoria para encontrarnos con su pensamiento y su análisis. Basta leer de nuevo, Vivo como hablo. Combates de este tiempo para hallar muchas de las claves que le permitían ordenar el pensamiento y el análisis. Claves que, generoso como fue, nos ha dejado en artículos, conferencias, entrevistas y en la memoria. Quisiera destacar cuatro aspectos de esta herencia que llevo clavadas dentro.

El primero es que Julio Anguita fue político sin dejar de ser maestro. Muchas referencias a la filosofía, a la historia, a la poesía, a la ética y a los derechos, sencillas, comprensibles, sin florituras ni excesos de erudición. Herramientas para pensar, para que la gente pensase por ella misma. Ningún grito, ninguna estridencia. Rigor, silencios para dejar espacio a la asimilación, no para alentar el grito o el aplauso. Mucha pasión política, pero nada de ocurrencias precipitadas.
El segundo es que la política requiere esfuerzo. “Nunca he improvisado”, decía. Sus horas de estudio, reflexión y de soledad se devolvían a la sociedad en un discurso político que transmitía información, propuesta, reflexión, emoción y deseo de futuro.

El tercero, es su radical voluntad de sumar en torno a algunos acuerdos mínimos. Fue un hombre refractario a las luchas de egos y a las broncas eternas dentro de los colectivos. Discutidor y respetuoso, si se compartían los principios, cambiaba lo que hiciese falta. Lo intentó hasta el final. En su último manifiesto, «El hoy y el mañana: razones para nuestro compromiso», queda recogido un programa de mínimos a impulsar para que la política no se deje a la gente por el camino y sea coherente con la crisis que atravesamos.

El último es la valentía para no callar y, también, la prudencia y cautela para no precipitarse detrás de una noticia mal analizada o un bulo. Julio detestaba la conversión de la política en un espectáculo simplón y estridente.

Echo de menos al político y maestro, pero me encuentro con él en sus escritos y entrevistas. Un legado valioso que hay que interiorizar, que hay que pasar por el cuerpo para ser capaces de recrearlo con la coherencia y la credibilidad de Julio. No basta con repetir sus palabras, hay que hacerlas carne.

Pero sobre todo, echo de menos al amigo cariñoso y divertido, mis visitas a Córdoba y los desayunos con Agustina y con él. Nos empeñaremos en hacer vivir a ese Julio dentro de nosotras.

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