Lo rural y el campo como espacio de lucha

Vuelven las protestas al campo extremeño. Una manifestación convocada por una parte de las organizaciones agrarias recorría las calles de la capital de Extremadura para llamar la atención sobre la problemática que atraviesan la agricultura y la ganadería. La protesta recogía el descontento provocado por el abandono de un sector estratégico como es el primario.

El campo está en crisis y no es de ahora, son varias décadas arrastrando las consecuencias de aplicar el neoliberalismo más salvaje en el sector primario. Pese a partir de una posición privilegiada respecto al resto de Europa, pues en la península podemos mantener los cultivos nueve meses al año mientras en otros países solo se cultiva durante tres meses a lo sumo, la realidad es que hoy es casi imposible sobrevivir en el campo si eres un campesino o campesina o pequeño agricultor o agricultora.

Esta situación empeora cada año y se materializa en la imposibilidad de tener una vida digna trabajando en el sector primario. La zarpa del capitalismo ha destrozado todo e impuesto un sistema de producción que trata a los productos agrícolas y ganaderos no como alimentos para satisfacer las necesidades del pueblo sino como mercancía susceptible de acumulación de capital.

NECESARIA BATALLA DE IDEAS

El problema del campo, por extensión de todo el medio rural, es una situación que requiere un análisis de fondo y un terreno que necesita ser abordado con rigor, sin simplificaciones pseudointelectuales que suelen utilizar el paradigma de grupo mínimo (fenómeno que se produce cuando atribuimos a un colectivo general características que tiene una parte de ese colectivo o grupo, meter a todos en el mismos saco) para hacer análisis de situaciones y de colectivos. Esto suele ser muy dañino, dado que no ayuda a la principal tarea que nos incumbe, que es la construcción de marcos de referencia que en el mundo rural y en el sector primario tienen nombres muy claros y se constituyen en base a intereses contrapuestos.

Así podemos construir un marco en el ámbito concreto del mundo rural y del sector primario que tiene un actor protagonista (pequeños productores que cada vez con más dificultad viven del trabajo que desempeñan en el campo o pequeños ganaderos que a duras penas sacan adelante sus explotaciones), actores antagonistas (grandes multinacionales de la distribución, terratenientes, actores políticos y legislativos que sirven a intereses corporativos) y actores observantes (gente a la que no afecta el conflicto de modo directo pero se pueden ver afectadas por la problemática como en el caso de los consumidores).

Lo que aquí nos jugamos es una salida de futuro que va más allá de un simple debate táctico, lo que está sobre la mesa es un proyecto estratégico de qué tipo de sociedad queremos construir. Así tenemos por ejemplo una movilización causada por el abandono del mundo rural y la dificultad de pequeños productores para vivir de su propio trabajo, aquello que Marx llamase reproducir sus condiciones de vida.

Para poner un ejemplo concreto, podemos señalar que el coste de recoger un kilo de aceitunas, sin demasiados medios técnicos ni maquinaria, es de aproximadamente 0’85€ al sumar todos los gastos de mano de obra y medios empleados en la recogida, mientras que el precio medio del kilogramo rara vez sobrepasa los 0’80€ el kilo en caso de ser una aceituna de calibre mínimo para considerarse de primera. Esto lleva a una situación en la que el valor (tiempo socialmente necesario para la producción) rara vez se corresponde con el precio (habitualmente influido por leyes cargadas de subjetividad como medio de cambio) y esto supone una amenaza para la supervivencia del mundo rural.

Es preciso plantear un debate acerca del descontento provocado por el sistema actual de producción que no está enfocado a satisfacer necesidades sino a producir mercancías. Es por eso que nuestros intereses de clase chocan frontalmente con organizaciones de terratenientes y señoritos, como ASAJA (Asociación Agraria de Jóvenes Agricultores), que no viven de su trabajo sino del sudor ajeno y que están tratando de orientar una movilización legítima que reclama mejores precios de productos para tratar de incidir además en el coste de producción, y lo hacen cuando señalan que en Extremadura hay 100.000 desempleados mientras la producción está en el campo sin coger.

Si antes poníamos el ejemplo de lo que está pasando en la aceituna, ahora hay que poner el ejemplo de lo que está pasando justo al lado. En una búsqueda rápida en la web de ayudas de la Política Agraria Común (PAC) se puede comprobar cómo este año Juan Metidieri Izquierdo y Ángel García Blanco -líderes de ASAJA en la región- han ingresado 179.799,96€ en subvenciones. Una cantidad nada reseñable para estos señores que han llegado a pedir que no se abone el salario mínimo a los trabajadores y las trabajadoras del campo. (elsaltodiario.com)

Es clara la intencionalidad y la atribución de responsabilidad en la persona que se ve obligada a vender su fuerza de trabajo en forma de jornales y esto debe hacernos pensar qué intereses defienden y qué orientación van a tratar de dar a un descontento causado por unas condiciones en las que grandes multinacionales controlan el modo de producción en un sistema en que los productos agrícolas y ganaderos no tienen la finalidad de satisfacer necesidades de alimentación sino de ser mercancías que tienen como objeto servir a los intereses de la acumulación del capital y de los beneficios.

De este modo encontramos entidades a nivel nacional con cuotas de mercado superiores al 30%, con poder suficiente para fijar precio y condiciones de producción, lo que hace que los pequeños agricultores, aunque cuenten con tierras de cultivo no pueden disponer de la producción (poseen la propiedad jurídica pero no material de la producción) y esta se ve sujeta a las condiciones que fijan las grandes corporaciones. (mundoobrero.es )

Conviene por tanto señalar y establecer una diferenciación clave entre quienes viven de su propio trabajo (campesinado y pequeños agricultores y agricultoras) y los grandes terratenientes y propietarios que viven de la clase trabajadora del sector agrícola. Estos además han estado cuestionando de forma sistemática mejoras como la subida del Salario Mínimo Interprofesional porque han elegido aumentar sus beneficios ahorrando en coste de mano de obra en lugar de cuestionar el sistema de producción.

DESPOBLACIÓN Y CONCENTRACIÓN

Necesitamos una apuesta estratégica por un mundo rural vivo pero con políticas de fondo, no de forma. Se trata de elegir qué tipo de sociedad queremos construir y aquí hay que enmendar la plana a algunas posiciones que dicen que el ecologismo no es asumible en el mundo rural.

La cuestión aquí es qué ecologismo, no si ecologismo o no, porque necesitamos plantear un sistema de producción alternativo, construyéndolo de forma gradual porque el actual, en el que entregamos la producción a grandes multinacionales, no resulta eficaz ni siquiera para fijar población. En la provincia de Cáceres se ha perdido en los últimos años un 14’64% de la población, con una tasa de desempleo juvenil del 55’92% en la región.

Resulta necesario un modo de producción diferente, que esté basado en un sistema que busque la soberanía alimentaria para lo que es preciso una producción ecológica que beneficie precisamente a los pequeños productores, que son los que pueden asegurar una producción de calidad. Además hay que desempolvar la reivindicación de la Reforma Agraria, repartir hoy las tierras es más necesario que nunca. Cualquier persona que quiera dedicarse a la agricultura o ganadería tiene que tener acceso a la tierra. (mundoobrero.es )

Esto requiere de la implementación de mecanismos que permitan reducir intermediarios para proteger a los productores que nunca podrán competir con las grandes multinacionales del sector.

El sistema absurdo en que vivimos impone una competencia que se establece en términos de clase con una parte de la población estructuralmente vinculada al sector de la fuerza de trabajo (jornaleros y pequeños productores) que no puede decidir si se presenta en el mercado vendiendo el producto de su propio trabajo (cerezas, ciruelas, fresas y otros productos) por una necesidad estructural en que las grandes corporaciones como Carrefour, con una cuota de mercado superior al 5%, tienen la capacidad de fijar los precios aunque no se correspondan con su valor real, y el resto de instancias que conforman la otra clase que tiene el monopolio de la compra de mercancías y que impone unas relaciones económicas que consisten en separar a la población de sus condiciones de existencia, partiendo de lo cual la competencia de la que se ocupan los miembros de la sociedad civil (pequeños agricultores, ganaderos y jornaleros) tiene que ver exclusivamente con la venta de mercancías, productos del campo y carne o leche en caso de la ganadería.

Con este sistema de producción la supervivencia del mundo rural está amenazada. Según datos del Banco Mundial, en la actualidad un 55’7% de la población mundial se concentra en entornos urbanos mientras en la década de los 2000 era un 46’6%. En el caso de nuestro país este porcentaje aumenta, siendo la población urbana en 2019 el 81%. Como señala David Harvey, la concentración de población en áreas urbanas no es casual y persigue un objetivo estratégico que es agrupar a la población para aumentar mecanismos de dependencia, dado que la producción de alimentos quedará relegada a grandes corporaciones de la alimentación, produciéndose así una pérdida de soberanía.

Es por eso que necesitamos un sistema de producción alternativo al actual para que no tengamos un control del espacio concreto por grandes multinacionales y en especial en nuestra región, como zona periférica exportadora de productos que suministren empresas agroalimentarias que consiguen productos a bajo coste, pagando precios paupérrimos y aumentando así sus beneficios, mientras la población de estas zonas rurales se ve obligada a aceptar condiciones cada vez peores en las que desarrollar su empleo.

Por ello es necesario que planteemos iniciativas de carácter cooperativo que permitan enfrentar el poder de grandes multinacionales de la alimentación y que sea capaz de fijar población mediante un sistema de producción ecológico basado en el fomento de iniciativas que permitan un reparto de tierras para el uso social. Además de la articulación de mecanismos públicos que permitan distribuir esa producción, como es el caso de residencias públicas o comedores escolares que permitan así un consumo de calidad de productos que aumente la soberanía alimentaria.

ARTICULACIÓN DE UNA RESPUESTA

En lo relativo a los movimientos que se están dando en el campo, es preciso establecer una distinción si queremos hacer un diagnóstico adecuado y alejarnos de infantilismos en el análisis de problemas que sufre el mundo rural. Es necesario diferenciar la propiedad basada en el trabajo propio (el caso de pequeños productores agrícolas y ganaderos) de la propiedad privada capitalista (grandes multinacionales y distribuidoras como Mercadona y sus prácticas monopolistas). Tenemos ejemplos concretos, como es el de la leche, que pagan en algunos casos a 0’32€ el litro mientras venden a 0’80€. (20minutos.es)

Tenemos que dar la batalla y evitar que sean los terratenientes quienes, bajo la supuesta defensa del medio rural, persigan poner en juego una de las tendencias del capital como es el aumento de la tasa de explotación debido al progresivo aumento de la productividad y aprovechando condiciones estructurales como la alta tasa de desempleo, especialmente en el sector juvenil del 55’92% – a la que Marx y Engels llamaban ejército de reserva-, que facilita la imposición de condiciones de trabajo leoninas, al existir menores alternativas de empleo.

Es fundamental articular mecanismos para evitar una construcción social con agentes humanos desvinculados unos de otros, con un sistema de competencia basado en el cálculo de opciones y estrategias enfocadas a reportar la máxima cantidad posible de beneficios individuales.

No hay sociedad que pueda sobrevivir a la ruptura de vínculos comunitarios, vecinales o grupales mientras son sustituidos por relaciones de mercado que utilicen a nuestro mundo rural como mera mercancía susceptible de servir a beneficios de grandes corporaciones, como estamos viendo con las macrogranjas o proyectos mineros en el caso de Extremadura, que se sirven de la alta tasa de desempleo y la falta de oportunidades en nuestra región. (rebelion.org)

Por eso es preciso trabajar en la construcción de alternativas inclusivas, que sean capaces de canalizar el descontento en construcciones colectivas de personas que realmente trabajan el campo y de consumidores que deben ser sujetos de soberanía alimentaria, consumiendo productos de calidad y aumentando los márgenes de beneficio de los productores directos.

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