Siria, fin del ostracismo

Siria es un indispensable actor diplomático, del que ya no se puede prescindir por más tiempo
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Faisal Mekdad en el 60 aniversario del Movimiento de Países No Alineados en octubre en Belgrado | ruptly.tv/

Pese a padecer una agresión armada y un bloqueo humanitario, político, económico y diplomático sin precedentes, Siria rompe el cerco. Primero se impuso militarmente a la coalición de potencias regionales y globales que, sirviéndose de la internacional yihadista y otros grupos de orígenes y apoyos no menos oscuros, pretendieron cantonalizar Siria según criterios étnicos y confesionales ajenos a la cultura y las prácticas sociales del país. También buscaban imponerle el neoliberalismo económico para controlar sus recursos agrícolas y energéticos y de paso desmontar el Estado social sirio, garante desde la independencia de los derechos de campesinos y obreros y de la promoción de las mujeres, las primeras en votar en el mundo árabe en 1949.

A partir de la victoria militar se inició el inexorable retorno a Damasco de los diplomáticos de aquellos gobiernos que en 2012 se prestaron a la retirada de embajadores y otras prácticas más parecidas a la extorsión que a la diplomacia. Maniobras impuestas por los interesados en descuartizar el Estado sirio o debilitarlo al máximo. Muchos se retiraron porque estaban mal informados o por confundir sus deseos con la realidad, lo que impide desarrollar una política exterior consistente.

Algunos gobiernos de la Unión Europea cerraron sus embajadas y representaciones comerciales y culturales al carecer de una política exterior propia internamente consensuada. Ello les llevó a dejarse arrastrar por las pulsiones neocoloniales de una Francia que tiene atragantada a Siria desde las cruzadas. También por la indisimulable parcialidad alemana en Oriente Medio. Es el pasado germano lo que permite a la entidad israelí condicionar las políticas alemanas en la región. Lo mismo que Turquía, cuyos vínculos históricos y demográficos con Alemania explican, por ejemplo, la política comunitaria respecto a los desplazados sirios en 2015. Entonces el islamista radical Tayyip Erdogan estrenó un medio de presión que le reportó beneficios económicos y parabienes de una UE que, sin embargo, se escandaliza cuando otros hacen con emigrantes y refugiados lo mismo que el político neotomano.

Antes del Brexit, al eje franco-alemán se sumaba un Reino Unido responsable de la usurpación de unos territorios palestinos entregados al sionismo. Desde el fiasco de la crisis del Canal de Suez en 1956, Londres definió su estrategia internacional a partir de la “relación especial” con Estados Unidos. De ahí que actúe movido por su dependencia de Washington y su afán por justificar el acuerdo Sykes-Picot con Francia y la Declaración Balfour, origen de muchos de los males padecidos por la región desde hace un siglo.
Mientras la República Checa, con la prestigiosa diplomática Eva Filipi al frente de su embajada en Damasco, demostró que ser un entusiasta estado atlantista no está reñido con tener una política exterior independiente. Al comienzo de la crisis siria el joven canciller checo preguntó a su embajadora, quien desde su dilatada experiencia le dijo que el gobierno sirio no iba a caer, entre otras cosas porque tenía mucho más apoyo que aquellos que protestaban sin contar con una base social suficiente ni mucho menos una estructura política que unificara las demandas inicialmente tan legítimas como heterogéneas y dispersas.

En ese contexto resultaba obvio que la protesta podía ser instrumentalizada por el islamismo político sirio, ultraconservador en lo social y neoliberal en lo económico, que ya había protagonizado dos revueltas armadas. Una ideología que sistemáticamente ha rechazado la mayoría del pueblo sirio, para el que la unidad territorial, el carácter aconfesional del Estado y la protección socioeconómica que ofrece son irrenunciables. Así lo expresaron los sirios a la Comisión King-Crane en 1919 y desde entonces en todas y cada una de las constituciones que han regido sus destinos. Cuando han tenido que defender militarmente el carácter multiétnico y multiconfesional de la sociedad siria y las estructuras políticas que lo protegen, lo han hecho. Entre 1920 y 1946 frente a Francia y su proyecto imperialista cantonalizador. Después frente al expansionismo monoconfesional israelí y en tres ocasiones cuando un islam político vinculado a los terratenientes y ajeno a la cultura de la mayoría de los sirios se ha manifestado por la vía armada. La embajadora Filipi conocía bien la historia siria y su canciller la escuchó.

LA RESISTENCIA DIPLOMÁTICA DE UN ACTOR IMPRESCINDIBLE

Otros europeos, como Rumanía, Hungría, Austria, Suecia o Chipre, hace ya mucho que retomaron de una u otra forma la relación con Siria. Los latinoamericanos con embajadas en Damasco nunca se fueron y hoy operan a pleno las de Argentina, Brasil, Cuba, Chile y Venezuela, desplegando una importante actividad cultural. Como la República Checa y otros, participan también de la reconstrucción económica de una Siria que ha perdido el 35% de sus infraestructuras básicas, o acompañan al pueblo sirio en un duro posconflicto que tiene a más del 75% de la población en la pobreza y con salarios medios de 25 euros mensuales que un Estado en pie pero menguado apenas puede apuntalar mientras lucha contra las carencias y la corrupción. Junto a los cientos de miles de muertos, heridos, mutilados y desplazados, ese es el legado de la “primavera árabe”.

Panorama agravado por la pandemia, con los hospitales de la mitad de las gobernaciones sirias al máximo de su capacidad, dificultades para diagnosticar a través de PCR y una lenta campaña de vacunación que en parte depende de la cooperación internacional y ésta de la política y la diplomacia. Una y otra exigen definiciones previas, más aún cuando como ocurre en varios países europeos el gobierno no es monocolor y sus socios tienen visiones alternativas sobre la acción exterior. También se requiere comprensión de esas realidades y paciencia por parte del potencial Estado receptor. Solo así se podrá ir más allá de unas relaciones de mínimos circunscritas al ámbito de la seguridad, capítulo en el que Siria ofrece mucho al contar con la mejor base de datos del mundo sobre terrorismo yihadista.
Diplomáticamente Siria ha hecho sus deberes. Los dos polos rectores de la política exterior, la Presidencia de la República y el Ministerio de Exteriores y Expatriados, no han escatimado esfuerzos para, apegados al Derecho Internacional y a los usos y costumbres de la acción diplomática, sembrar lo que ahora recogen. Siria nunca cerró embajadas, al frente de las cuales siempre han estado experimentados diplomáticos profesionales capaces de soportar el aislamiento y acoso a los que algunos han sido sometidos por aquellos que cerraron sus embajadas en Damasco por motivos políticos, aunque esgrimieran razones de seguridad u otras desmentidas por la República Checa, los gobiernos latinoamericanos y muchos más.

Igual capacidad de resistencia diplomática han demostrado los representantes sirios ante organismos internacionales, empezando por la ONU, donde la hostilidad promovida por las potencias enemigas del Estado sirio ha sido evidente. Tampoco se ha retirado de la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas, en la que una maniobra franco-estadounidense forzó la suspensión del derecho a voto de la República Árabe Siria, hoy representada en la OPAC por su ex encargado de negocios en España, el embajador Milad Atieh.

Damasco ha vuelto a ser el lugar en el que hay que estar para moverse en el complejo Oriente Próximo y Medio. No hay día en que el presidente Bashar el Asad, el canciller Faisal Mikdad o los vicecancilleres Bashar Jafari y Ayman Sousan no reciban a líderes de otros Estados o delegaciones ministeriales. Uno de los últimos en pasar por la capital siria ha sido el canciller de Emiratos Árabes Unidos, potencia del Golfo hoy con relaciones políticas, diplomáticas, económicas y de cooperación con Siria al máximo nivel.

Después de entrevistarse con el presidente, el canciller emiratí dejó claro que lo ocurrido en Siria ha afectado a todos los países árabes. En otras palabras, sin Damasco el bloque político árabe no existe. Así lo entienden otros, desde una Argelia que reclama la vuelta de Siria a la Liga Árabe o Egipto y Jordania, también con sus relaciones con Damasco ya a pleno rendimiento. Tanto que el gas egipcio circulará por Jordania y Siria para llegar como gas o convertido en electricidad a un Líbano que sufre su peor crisis financiera, económica y energética. Se reactiva así la concertación en lo que es la principal región del bloque árabe, aquella que tiene a Siria como pivote comercial, energético y de unas comunicaciones aéreas que ya se han restablecido, orillando así las medidas coercitivas unilaterales de EEUU y la UE que castigan a Siria y a quienes comercian o se relacionan con ella. Sobre todo una Siria que es un indispensable actor diplomático del que, como reconocen el ex embajador estadounidense Robert Ford y la hasta ayer igualmente beligerante revista Newsweek, ya no se puede prescindir por más tiempo.

(*) Profesor de la Universidad Complutense de Madrid y autor de Siria en perspectiva (Editorial Complutense)

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