Celebramos el 50 aniversario de la publicación del Informe del Club de Roma en 1972 sobre Los Límites del Crecimiento. En este mismo año se celebró la Conferencia de la ONU sobre el Medio Ambiente en Estocolmo con la asistencia de 113 países, y se creó el PNUMA, Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente. Aquel año representa el momento histórico en el que la humanidad comenzó a toma plena conciencia de los problemas que su crecimiento desmesurado estaba creando para la biosfera. Sin embargo, en estos 50 años apenas se ha avanzado en la protección de la vida. Por el contrario, el deterioro del medio ambiente es peor que nunca. Los condicionamientos ecológicos sitúan a la humanidad contemporánea ante una crisis de consecuencias incalculables.
Situemos esos problemas. En primer lugar, el capitalismo agota las fuentes de toda riqueza terrestre: la tierra y el trabajador (Marx, El capital, vol.I, cap.13). El agotamiento de los recursos naturales –especialmente las fuentes de energía barata producida por la fosilización de los seres vivos desde el pasado lejano- amenaza con terminar el crecimiento económico, entendido según los criterios capitalistas basados en el crecimiento del PIB (Producto Interior Bruto). Un primer aviso de ese agotamiento es la escasez de combustibles anunciada para este invierno –cuya causa directa es la guerra de Ucrania y la confrontación con Rusia, pero cuya causa permanente y con proyección futura es el derroche energético de las sociedades mal desarrolladas por el capitalismo-.
En segundo lugar, la contaminación y envenenamiento de los ecosistemas terrestres por un sistema económico que descuenta sus efluentes tóxicos de los costes de la producción. El planeta Tierra se convierte en un estercolero pare recibir los desechos de la civilización industrial, que se desarrolla sin considerar los estragos que causa en la naturaleza. Plásticos acumulándose en los océanos y en las células de los seres vivos, radioactividad dispersada por las centrales nucleares, alteración de los genomas por la investigación bioquímica, toda clase de venenos utilizados en la agricultura para incrementar el rendimiento, producción industrial de carne, enormes basureros en los alrededores de las ciudades, tala indiscriminada de bosques, etc. Dentro de este capítulo está también la escasez cada vez más acuciante de agua potable, por causa de la contaminación de los acuíferos y la modificación en los regímenes de lluvias por el cambio climático.
En tercer lugar, estamos viviendo la sexta gran extinción de especies vivas en la historia terrestre, la cual ha sido provocada por la actividad humana. El Informe Planeta Vivo de WWF nos descubre que la Tierra ha perdido el 68% de su biodiversidad desde 1970. Una proporción alarmante que nos sitúa ante una catástrofe incalculable para la vida terrestre, y que amenaza directamente a la propia vida de la humanidad. Se hace necesaria una nueva concepción de la vida basada en la cooperación entre especies, y no en la competencia y la dominación como afirma la ideología liberal dominante en nuestra civilización.
El fracaso del Informe del Club de Roma para reorientar el desarrollo humano es comparable al fracaso de la investigación de Marx y Engels para la creación de un nuevo modo de producción socialista. La constatación de los límites del crecimiento se opone directamente al desarrollo capitalista de las fuerzas productivas, que se basa en el mito de un despliegue infinito y omnilateral de las capacidades humanas. Hoy en día sabemos que los límites de la Tierra hacen imposible esa falsa utopía. Y sabemos también que el capitalismo es un sistema que no puede sobrevivir sin sobrepasar esos límites; y a la vez sabemos que es muy difícil cambiarlo, después de haberlo intentado en el siglo pasado.
Una de las razones del fracaso del socialismo consiste precisamente en no haber comprendido cabalmente el problema ecológico del crecimiento económico. La ideología liberal ha contaminado las ideas socialistas, de modo que los comunistas han compartido la idea progresista del desarrollo infinito. Sin embargo, el marxismo se opone al liberalismo desde sus mismas raíces en la Ilustración. Pues la raíz del pensamiento comunista moderno se encuentra en Rousseau, quien en polémica con los liberales nos advirtió de un déficit moral en el desarrollo de las ciencias y las artes, esto es, en el desarrollo económico basado en la tecno-ciencia, en el conocimiento aplicado a la producción. Esa idea anti-liberal resuena en los textos de los jóvenes Marx y Engels, especialmente dentro de La ideología alemana: toda fuerza productiva en el capitalismo es al mismo tiempo una fuerza destructiva.
Una interpretación ingenua de esa observación llevó a pensar que bastaba con nacionalizar los medios de producción para resolver el problema. Pero la acción política de los comunistas debe asumir un objetivo más complejo: detener ese desarrollo aparentemente productivo y realmente destructivo del capitalismo. Resolver los problemas ecológicos originados por la producción capitalista nos exige la destrucción del estado burgués. No para sustituirlo por el poder de las empresas transnacionales, al servicio de las cuales se encuentra ese estado; ni por un estado productivista, que imite el desarrollo capitalista intentando mejorarlo; sino para construir una forma diferente de organización social, el estado ético que propugnaba Gramsci, el estado fundado en la organización de los trabajadores y en el sentido común del pueblo emancipado.
De ese modo, el ecologismo entronca con la tradición marxista, la rejuvenece y le da su pleno sentido contemporáneo. Además se alía con el feminismo, puesto que la emancipación de las mujeres es la mejor solución para detener el crecimiento de la población mundial que alcanzará ya los 8 mil millones de seres humanos en noviembre, según las estimaciones de la ONU. Lo que constituye un importante problema desde el punto de vista del equilibrio ambiental. La tasa de natalidad disminuye drásticamente cuando las mujeres pueden decidir autónomamente el número de hijos que quieren tener –como demuestra la reciente historia del Estado español, si comparamos la situación femenina en el franquismo y en la democracia posterior-. Los lugares del mundo donde la población crece desmesuradamente son aquellos donde el patriarcado forma parte de las costumbres arraigadas en la sociedad.
Y también el ecologismo es pacifista, pues las guerras constituyen un importante derroche de energía y materiales, afectando gravemente a los ecosistemas terrestres. En definitiva, en el siglo XXI cultivar el marxismo es ser ecologista, apelando a sus raíces en la Ilustración republicana y rechazando la ideología liberal como una falsa emancipación. Un siglo de luchas comunistas sin éxito por transformar el modo de producción nos muestran que no es tarea fácil. Lo que no debe ser un obstáculo para seguir intentándolo. Nos va la vida en ello.







