Carlos Saura ha sido sin duda uno de los grandes cineastas de nuestro país, director de películas extraordinarias como La caza o Deprisa, deprisa, que han retratado con profundidad la atmósfera moral y la historia de España en las últimas décadas. O de otras maravillas como Bodas de sangre o Carmen, que plasmaron con belleza las tragedias rurales de Lorca y la hondura del flamenco.
En abril de 2003 tuve la gran fortuna de asistir como invitado a la proyección de El séptimo día, la película en la que Saura, tomando como referencia el guion del escritor Ray Loriga y utilizando como punto de partida la matanza de Puerto Hurraco, realizaba «un ejercicio sobre la violencia». Recuerdo que al final de la película, en un breve coloquio, Saura argumentaba que no le gustaban las películas de Tarantino por su habitual banalización de la violencia.
A aquella sesión asistimos escasamente 12 ó 15 personas. Los responsables de la Junta de Extremadura, a pesar de haber sido invitados, se ausentaron, como también lo hicieron algunos representantes del mundo cultural extremeño. Cómo iban a asistir, claro, si se habían dedicado a despellejar a Saura, sin haber siquiera visto la película. Ibarra la tildó de «morbosa» y acusó al director aragonés de «paparazzi» y de intentar «ganar cuatro duros haciendo llorar a los demás a costa de una situación (la extremeña) que ya no es lo que era». Francisco Muñoz, por su parte, ínclito Consejero de Cultura por entonces, calificó a Saura como «un director mediocre«. Es bueno recordarlo: ese era -y sigue siendo en gran medida- el estilo de los gobernantes extremeños, la marca caciquil de la casa.
Por aquellas fechas -en julio de 2003- escribí un artículo para Conciencias, el boletín que publicaba Izquierda Unida de Extremadura. Este es un fragmento: «La reacción de la Junta y de algunos de los popes del mundo de la cultura nos recuerda cuál es el tejido del poder en Extremadura, la persistencia, más allá de los años y de los regímenes políticos, de un poder visceralmente alérgico a cualquier discurso que no controle, que no emita, que no manufacture, que no responda a la imagen oficial.
Carlos Saura no va a hacer una película sobre Extremadura. Pero aunque fuese así no tendría porqué pedirle un salvoconducto ideológico al gobierno regional. ¿Por qué entonces la histeria, el toque de rebato, ese argumentario reaccionario mezcla de victimismo y de insufrible «patriotismo»? ¿Por qué este coro provinciano, palurdo, abochornante, cuando se trata además de un director de cine, que es por otra parte un sello de garantía cultural, de rigor y de ausencia de oportunismo?
«Extremadura soy yo». Esa es la cuestión de fondo, la pervivencia y el afianzamiento de un sentido patrimonial por parte del poder que lleva incluso a licencias como las que se permitió el Presidente de la Junta reprochando a Reyes Abade la participación en la película, él que es precisamente Medalla de Extremadura. No te has enterado aún de que quien condecora manda, caballero. No te has enterado aún de que la medalla de Extremadura es en primer lugar una demostración de lealtad a «mi» visión de Extremadura.
Vuelve el poder por donde solía. No son nuevos ni ocasionales estos eructos de ordeno y mando, estos sarpullidos del abuso. Algunos lo saben bien. O te doblegas o sufrirás las consecuencias. Y lo grave no es sólo el solipsismo de los que mandan, la incapacidad para asumir cualquier mirada crítica que no coincida con su autorretrato de vanidad, la aversión hacia el que piensa con su propia cabeza. Lo grave es cuánta gente disfruta aún alquilando su inteligencia, acomodando su rebeldía, meciendo su creatividad en una subvención a la que tienen derecho, agasajando al falso mecenas, justificando el discurso de la servidumbre.







