Solo sí es sí, hasta que todas seamos libres

La familia, la propiedad privada, y el Sí es Sí

La ofensiva contra la Ley del Sí es Sí carga con munición de décadas. La misma que disparó contra las que defendieron el divorcio, el aborto libre, o que pusieron nombre a la violencia de género
Feminismo. Porque fueron, somos. Porque somos serán.
Foto: IU

Comencé a escribir este artículo sin saber bien qué podría decir sobre la Ley del Sí es Sí y la importancia de defenderla desde lugares como este, desde Mundo Obrero, pero ¿qué pudiera contar aquí que no se haya dicho ya? 

Podría decir que es una Ley necesaria, que surgió de la calle, de la rabia y la dignidad de las feministas, al calor de una sentencia judicial que colmó el vaso de décadas de injusticia, cuando un juez vio “jolgorio y regocijo” en una violación grupal a una joven de Pamplona. Pero eso ya se ha dicho.

Podría decir que es una ley valiente, porque la violencia sexual ha sido durante siglos patrimonio de la España del “de eso no se habla”; de las mujeres y las niñas que callaron, que no les dejaron contarlo, que tuvieron miedo, o vergüenza…pero que nunca consintieron la violencia que sufrieron. 

Aunque eso ya se ha contado.

Podría decir también que es una ley optimista, porque no fía todo a la cárcel y al castigo, cuyos límites las comunistas bien conocemos, sino que mira hacia el futuro, hacia lo que hace a una sociedad mejor. Por eso habla de educación sexual, de reparación simbólica y económica, de sanidad pública o de derechos para las víctimas. 

Pero creo que eso ya lo han explicado.

Podría hasta decir que es una ley un poco kamikaze, un poco audaz, porque se ponía de frente a todos aquellos hombres que llevan siglos disfrutando de la impunidad del silencio, de los pactos entre togas y corbatas, haciendo de la violencia sexual uno de sus privilegios. Esta ley miraba a los ojos al patriarcado, a  todos esos que cierran acuerdos con “volquetes de putas”, que meten mano a la empleada que tiembla de miedo, que se deslizan en silencio en la cama de la niña, que se emborrachan en manada para violarte contra una marquesina. 

Pero hasta eso ya se ha dicho.

Y aunque todo eso se haya dicho, todavía no es suficiente para que muchas personas crean y defiendan esta ley, más allá de las filias y de las fobias personales, de los cálculos políticos, o del ruido y de los silencios de los medios; defenderla por necesaria, por valiente, por optimista y hasta por kamikaze. Porque la ofensiva contra la Ley del Sí es Sí carga con munición de décadas. La misma que disparó contra las que defendieron el divorcio, el aborto libre, o que pusieron nombre a la violencia de género. La misma que quiso a las mujeres calladas, disciplinadas y metidas en casita. La misma que construyó un Régimen a la medida de los vencedores, de sus hijos y de sus nietos. Que no nos engañen con la trampa tecnócrata o el prestigio del experto, no a las feministas, que sabemos bien que hay méritos, prestigios y galones que, cuando agitas, se quedan huecos.

Así pues, ¿qué más podría yo decir? En eso estaba pensando, cuando, esta misma semana, la actualidad se nos puso por delante. Las declaraciones de la Ministra de Justicia, comentando que una herida era suficiente para probar una agresión sexual, explicaban con brillantez y en una sola frase, a qué nos referíamos cuando subrayamos lo importante que era dejar de diferenciar entre abuso y agresión, y llamar violencia, violencia sexual, a todas las agresiones, tengan o no sangre, arañazos y heridas abiertas. Y esa misma tarde, las palabras del principal asesor de Justicia en cuyas manos estaba la reforma penal de la ley, quitando peso al hecho de tocar a una mujer dormida, explicaban en muy pocas palabras por qué es esencial defender el concepto mismo del consentimiento. 

Pocos días después el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) publicaba los resultados de una encuesta sobre la violencia sexual contra las mujeres, en la que recogía la percepción ciudadana sobre el problema. Resultaba que los votantes de Vox eran quienes, en un mayor porcentaje, consideraban que hacer comentarios en redes sociales ofendiendo a una persona podía ser “aceptable en algunas circunstancias”; también eran quienes percibían en menor grado la desigualdad en España -un 46% de ellos creen que es casi inexistente- y eran también quienes consideraban en mayor número que los comentarios sexuales no deseados a una mujer podrían ser aceptables en algunas coyunturas, y le quitaban hierro en el caso de que fueran chistes a una trabajadora. Por supuesto, eran también quienes de forma más mayoritaria, -el 53 por ciento de ellos- consideraba aceptable pagar a una mujer por tener relaciones sexuales. 

A la vista de estos resultados, y de todo lo vivido en estos últimos meses, convendría recordar algo que quizá no se ha dicho tanto: y es que aunque la violencia machista y la sexual existe en todas las clases -y en todas las ollas cuecen agresores, cómplices o puteros- sólo hay una ideología que la sustenta como parte de su tuétano, de su razón de ser, del orden de sus cosas. Una ideología que quiere seguir controlando la sexualidad, la familia, y la propiedad, incluídas las mujeres, y follarse a todas ellas cuando le viene en gana. Y que esa ideología tiene clase. Por eso ley que defienda el derecho de todas, también de las más vulnerables, de las más precarias, de las que más han callado, a obtener justicia y reparación feminista es una Ley que no podemos dejar caer, ni como feministas, ni como comunistas. 

Ninguna conquista en la lucha de las mujeres se narró en las crónicas de su tiempo alabando su moderación, su prudencia, su serenidad o su inteligencia; más bien fueron narradas como soberbias, histéricas, radicales y peligrosas, pero eso (también) lo sabemos, como sabemos eso de la historia y sus absoluciones, y como sabemos que o nos narramos nosotras, o serán otros quienes cuenten una historia donde nos dimos por vencidas. Y aunque ya se haya dicho, siempre es hermoso recordarlo: solo sí es sí, hasta que todas seamos libres.

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